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    El artefacto perfecto

    De la idea al libro, un manual de la editora argentina Patricia Piccolini

    “Los buenos libros no son naturalmente buenos; la bondad de un libro es fruto de un arduo trabajo, tanto más arduo cuanto más complejo sea el libro en cuestión”, asegura Patricia Piccolini en De la idea al libro. Un manual para la gestión de proyectos editoriales. Esta afirmación que parece de sentido común, no lo es. Surge de su experiencia de 30 años como editora independiente, en la que trabajó para editoriales, dirigió colecciones y conformó equipos fuera y dentro de Argentina. En todo este tiempo, Piccolini ha visto los problemas que surgen cuando las etapas en el proceso de edición no se cumplen y se detectan tarde, muchas veces con el libro ya publicado. Docente desde 1992 en la carrera de Edición de la Universidad de Buenos Aires (UBA), que dirigió desde 2015 hasta 2018, está a cargo de un módulo en el Diploma en Edición del Claeh en Montevideo y ha dictado cursos, charlas y talleres en varios países. En 2020 será codirectora de un posgrado de edición y diseño que se comenzará a dictar en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA. La primera parte de su trabajo es una exploración del mundo del libro, con una breve historia, datos curiosos sobre las diferentes formas que ha adoptado el libro según las culturas, que van desde las tablillas de arcilla al rollo, biombo o códice, que es el formato del libro que hoy conocemos. La segunda parte es un manual sobre las etapas del proceso de edición con los errores más comunes y sugerencias para evitarlos. En el prólogo, Tomás Granados Salinas afirma que la verdadera vocación de Piccolini es viajar. Lo singular es que ha unido esa vocación con la otra, la de “hacedora” de libros, porque de sus viajes ha sacado ideas, ha recogido anécdotas y ha adquirido varios ejemplares inusuales. A punto de partir a los Valles Calchaquíes en Salta, “mi patria chica por adopción”, aclara, mantuvo por teléfono la siguiente entrevista con Búsqueda.

    —¿Cómo surgió este libro?

    —Tomás Granados Salinas, quien está a cargo de la colección Libros sobre Libros del Fondo de Cultura Económica, me invitó a escribir un libro en 2013 sobre los procesos de edición. Me pidió un índice, un abstract de cada capítulo y se lo mandé. Le interesó, me dio dos años para escribirlo y me tomé tres. La colección trata sobre libros, tanto desde el punto de vista técnico como histórico, y es de referencia central para todo el mundo de habla hispana. Para este libro no hice una investigación especial, sino que recogí mi trabajo como docente en la UBA, claro que con más detenimiento.

    —¿Qué libros te han sorprendido más en tus viajes?

    —No he viajado todo lo que quiero, pero sí lo hago bastante. En mis viajes trato de buscar libros para estudiar y también producciones diferentes, que tal vez se puedan replicar. Pero desde hace un tiempo empecé a interesarme por los libros distintos a los códices, que son los que usamos nosotros, a buscar otras formas en las tradiciones culturas diferentes a la occidental. Estando en Indonesia, me encontré con un universo que desconocía, sobre todo en Bali. El Sudeste Asiático está influido por dos culturas clásicas: la china y la india. En el caso de Bali, influyó la cultura india, que tiene toda una tradición de libros en hoja de palma y manuscritos. Lo que me interesó mucho es cómo en Bali perduraron los libros manuscritos hasta bien entrado el siglo XX en convivencia con los libros impresos. En un anticuario compré un libro lontar, un manuscrito hecho con hojas de palma lontar, de allí su nombre. Tiene forma de cortina veneciana, quiere decir que es diferente al códice, y también a otras formas que adoptaron los libros antiguos, como biombo, abanico o rollo. En este caso, me motivó la curiosidad por la forma y la vida de este libro. Esa misma curiosidad me ha llevado a hacer cursos sobre libros japoneses antiguos o de la tradición china. Me interesa tener un panorama un poco más amplio, pero no a nivel de investigación, sino porque en las clases ayuda a tomar perspectiva y a no pensar que la tradición de uno es la única. Hay formatos que pueden usarse, por ejemplo, el biombo, que es maravilloso y lo usan algunas colecciones. Me parece que los estudiantes tienen que conocerlo y que, para ciertos proyectos, se pueden proponer.

    —¿Cuáles son los libros de proyecto editorial?

    —Generalmente si le preguntamos a cualquier persona, incluso a muchos editores, qué es un libro, responderán que es el fruto de un original de autor contemporáneo con un trabajo de mediación de la editorial y después de la imprenta. Pero en realidad los libros no necesariamente son de autor, ni los autores son necesariamente contemporáneos. Llamamos libros de proyecto editorial a aquellos que se piensan en un contexto editorial con un equipo que los lleva a cabo. La responsabilidad intelectual es de la editorial o del editor: la idea general, cómo se piensa el libro, los contenidos, los índices, el público. Es el editor quien contrata a uno o varios autores para que hagan los textos, quiere decir que la autoría no es previa a la decisión de editar un libro. Así se hacen los libros de contenido enciclopédico, los diccionarios y los libros escolares.

    —En estos libros hay un difícil equilibrio entre la originalidad o innovación y el objetivo para el que se crean. Uno de tus ejemplos es un libro escolar que no entraba abierto en el banco de clase…

    —No hay que perder el objetivo para el que se crean los libros. También hay que tener en cuenta que el producto no puede ser un catálogo de ocurrencias. Pero eso depende de los libros que a uno le interese hacer. Yo soy más clásica, me gustan los libros despojados, bien balanceados, no me gustan los que son muy estridentes o que parezcan un catálogo de muchos atributos innovadores. No es el caso de ese libro escolar que puse como ejemplo, que fue una idea muy interesante, pero incompatible con su uso real, porque no fue pensado para la escena de lectura en clase. Cuando un niño lo abría, se chocaba con el libro abierto de su compañero.

    —Algo en lo que insistís es en la figura del editor. ¿Qué pasa en lugares donde se publica mucho pero no existe claramente un editor?

    —Los libros no se hacen solo en editoriales. Hay muchos que surgen en empresas públicas o en organizaciones donde el trabajo editorial no está profesionalizado. Todavía tenemos bastante desdibujada la idea de editor, porque también le llamamos así al que tiene una editorial, entonces perdemos de vista que también existen los editores que no son dueños y que trabajan haciendo libros con un estándar internacional, es decir, que puesto en una librería de cualquier lugar del mundo no desentona. Si no hay editor, o alguien que haga las veces de tal, suele suceder que los libros fallan. A veces los correctores trabajan en la estructura de un libro y terminan siendo editores, claro que no se les paga como tales. Lo que yo planteo es que la figura del editor es fundamental. Pero no es una ocurrencia mía, no es mi versión de cómo se hace un libro. Lo que hago es contar cómo es el proceso de edición para que el libro alcance el estado internacional de calidad editorial.

    —En el ámbito universitario se publica mucho y no siempre se sigue un proceso profesional en la edición. ¿Es así?

    —Está cambiando de a poco la edición universitaria, algo se está moviendo. En general en las universidades se piensa en personas cultas para encargarse de la edición. Eso está bien, pero no alcanza, tiene que tener conocimientos editoriales para organizar bien el proceso. Lamentablemente hay mucha edición universitaria que es mala. Lo triste es que se tiene una buena materia prima. Es el ámbito donde se produce conocimiento, es un semillero de capital intelectual que no se aprovecha o se aprovecha mal. Entonces el conocimiento, las ideas y los debates no llegan en forma adecuada a quienes tienen que llegar, porque si el libro está mal hecho, falla en su función comunicativa. Muchas veces en el ámbito universitario se escribe para alimentar el currículum o para discutir con los colegas, pero no hay una vocación por comunicar bien a los lectores finales de esa publicación.

    —En general se piensa que los jóvenes huyen del libro, sin embargo, la carrera de edición de la UBA ha crecido mucho. ¿Cuántos estudiantes recibe por año?

    —La carrera se creó en 1992, en acuerdo con la Cámara del Libro, y funciona en la Facultad de Filosofía y Letras. Es una carrera masiva, recibe unos 400 estudiantes por año. A quienes ingresan en general les gusta leer y se vuelcan a la carrera porque es corta y pueden tener una salida laboral. El problema es que cuando se reciben con 20 o 21 años tienen poca lectura que no sea recreativa, están en plena formación como lectores. Entonces les cuesta saber cómo elegir un texto, cómo valorar la calidad, cómo darse cuenta cuándo se está frente a un autor, que es central en la edición. Muchas veces no se dan cuenta de los problemas que tiene un texto, pero otras no valoran lo bueno que puede ser ese texto, o viceversa.

    —En tu libro señalás una serie de problemas que pueden surgir por no seguir las etapas del proceso de edición. Por ejemplo, que el título de portada no sea el mismo que el de cubierta. ¿Con qué otros problemas te has encontrado?

    —La mayoría de los problemas de los libros se localizan al comienzo de las tareas de edición. Y si no se solucionan al comienzo, después empeoran. Ahora haciendo limpieza encontré los papeles de un libro casi terminado que me ofrecieron para sacarlo de una emergencia. Cuando empecé a trabajar vi que tenía unos huecos donde iban imágenes. Lo que faltaban eran mapas que necesitaban un espacio muchísimo mayor al que se había dejado, con lo cual había que tocar todo, sacar texto de ese lugar y colocarlo en otro. Este libro había estado en manos de una persona que había sido elegida no por su competencia editorial, sino porque se dedicaba a la venta de libros y se suponía que conocía a sus lectores. La misma editorial no reparó en que para hacer libros se necesita algo más que conocer a los lectores. Armó todo el libro, pero en determinado momento se dio cuenta de que no podía seguir adelante. Está lleno el mundo de la edición de ejemplos de este tipo, sobre todo en los libros que son más complejos que los de ensayos o las novelas. Cuando hay imágenes, texto, gráficas, los libros son más complejos. A veces lo que está mal hecho no es por falta de dinero, porque hay libros en los que se invierte mucho. Pero si no se respetan las etapas, el libro se hace mal y es un gasto de dinero y esfuerzo terrible. Por eso el posgrado que se abrirá apunta a que editores y diseñadores aprendan a trabajar con libros de factura compleja.

    —Otra idea que manejás es que el mejor trabajo de edición no se nota…

    —Digamos que para darse cuenta de un trabajo bien hecho hay que conocer de la profesión, creo que solo así se puede decir: “Qué bueno el editor que pensó este libro y organizó de esta forma el trabajo”. Al lector común un libro le gusta o no, pero no lo analiza de ese punto de vista. Sí se da cuenta del mal trabajo porque es el que deja huellas.

    —¿El libro digital cambia en algo el proceso de edición?

    —El libro es un artefacto perfecto, no hay que agregarle o sacarle nada. Es más o menos el mismo libro que el veneciano del siglo XV, porque como invento es perfecto, por eso sigue funcionando. Aclaro esto porque los libros digitales, que a mí me encantan, todavía no son perfectos, aunque irán evolucionando y van a ser mejores dentro de unos años. Ahora, todo lo que tiene que ver con cómo pensar el libro, el trabajo con los autores y con el texto es exactamente el mismo que con el libro en papel. Lo sustantivo se mantiene igual.

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