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    El artista Rodrigo Fló expone en el Museo Torres García una muestra con 23 piezas que vinculan el arte abstracto con la palabra

    Un artista entre molinos y gigantes

    La muestra se llama Dicen… y los puntos suspensivos no son arbitrarios. Quien visite esta serie de 23 pinturas que se exhiben en el Museo Torres García podrá completar lo que sigue con su propias palabras. Porque en esta exposición de Rodrigo Fló, las pinturas abstractas se combinan con sonidos y con relatos que provocan asociaciones libres y, posiblemente, otros relatos. “Me interesa mucho la relación entre la palabra y la pintura, cuando la palabra no es determinante. Ambas pueden jugar con autonomía y diálogo. Para esta serie tomo las palabras de Cervantes, me pareció que permitían ese juego”, dice el artista a Búsqueda en un recorrido por la muestra.

    Cervantes, o más precisamente un fragmento del episodio del Quijote frente a los molinos de viento (capítulo VIII de la primera parte del Quijote de la Mancha), está presente en un video en el que conviene detenerse antes de mirar las pinturas en la sala. El sonido del video es grave, misterioso, sugerente. Sobre fondo negro se leen primero las palabras del artista: “Dicen decidores que son molinos, molinos de viento, no gigantes como aquellos de los cuentos. Dicen decidores que son gigantes, no molinos como aquellos de los cuentos”.

    Realizado cuando se estaba preparando la muestra, el video marca la forma de contemplar esta obras: se “ven” brazos y ojos, lanzas y escudos, cabezas y caballos o gigantes monstruosos, aunque allí no estén representados. El sonido por momentos se asemeja al de los engranajes de una máquina que se pone en movimiento o a golpes y vibraciones. Es entonces que la imaginación vuela llevada por el Quijote y sus palabras seleccionadas para el video:

    “La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes.

    —¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.

    —Aquellos que allí ves –respondió su amo— de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas”.

    En el siglo XXI, bombardeado por relatos múltiples de dudosa veracidad, Fló relaciona sus obras con las palabras de Cervantes sobre qué es real y qué no. “En el proceso de preparación de la muestra empecé a trabajar con el material y a jugar con zonas de las obras. Simultáneamente estuve trabajando unos audios y sonidos, y en un momento me di cuenta de que tenían que ver con una composición general y que casaba muy bien con la pregunta de los molinos y gigantes. Me gustó jugar con la cámara, con las zonas de las pinturas y el con el clima que genera el sonido. Se produce un contrapunto con lo expuesto en la sala y se dan relaciones que antes no se percibían. Creo que eso pasa porque en la pintura hay relaciones de color, espacio, ritmo, tensión, elementos inconscientes que están ahí. Todo eso es muy difícil de poder asirlo desde una definición. La pintura tiene en sí el poder de establecer un vínculo con quien mira”.

    Como parte de su trayectoria artística, Fló trabajó durante años en la realización de audiovisuales en ciudades europeas y también en Venezuela, donde se dedicó al cine animado y a la ilustración, pero desde hace mucho tiempo abandonó esos trabajos de tipo colectivo y experimenta en obras más autorales.

    Para estas pinturas, que no tienen título, utilizó un acrílico negro-verdoso y colaboró con el tono de óxido y de hierro de los colores, usó el rojo, las sombras, algo de amarillo y de grafito y con pocos materiales trabajó sin interrupción, como en una secuencia. “Tiene que ver con el fluir, con el inconsciente de la acción, con la mano que se mueve sin estar señalizada y con la mirada. Quise que todo eso operara fluidamente. La elección del material me ayudó mucho, ayudó a la unidad de la secuencia”.

    En el origen de su carrera artística hay un nombre: Guillermo Fernández. A su taller iba con su padre, el filósofo y teórico de arte Juan Fló (Montevideo,1930-2021), y mientras los adultos conversaban, él se ponía a pintar. “Esa fue una gran experiencia que me definió. Guillermo Fernández fue un gran tallerista y formador, no solo de pintores. Por su taller pasaron arquitectos, diseñadores, dibujantes. Él trabajaba con el lenguaje de la pintura, con el lenguaje visual, y con propuestas para cada uno de los participantes. Cuando regresé a Montevideo en 1986, yo venía con otra experiencia, pero él seguía siendo un referente importante. Tenía una mirada aguda, crítica y de aportes”. Ambos artistas mantuvieron una relación de intercambio y de amistad hasta la muerte de Fernández, ocurrida en 2007.

    En sus inicios, hubo también un par de muestras que lo marcaron. Una fue en Buenos Aires en 1968, que reunió a pintores modernos del siglo XX: De Cézanne a Miró, que también vio con su padre. La otra fue en Montevideo, una muestra de Paul Klee en el Museo de Artes Artes Plásticas, a inicios de los 70.

    Después llegó su viaje a Italia, donde estuvo becado en animación en el estudio de Luis Camnitzer. Vivió en Barcelona, en París y más adelante en Venezuela. En su residencia en Barcelona estuvo en contacto con la obra de Miró, que ya estaba presente en su casa desde su infancia. Algunas obras de Dicen… recuerdan a Miró, aunque no lo tuvo presente en el proceso de crearlas.

    Otra de su faceta artística es el grabado, que aprendió junto a otros maestros como Luis Solari y Anhelo Hernández. Para Fló, su etapa de grabador le dio mucho aporte a la pintura y lo hizo pensar en la técnica y en la superficie. “Una de las cosas más interesantes del grabado es que uno trabaja metal, madera, yeso, una cantidad de recursos posibles, y cuando hace la primera impresión se encuentra recién con el resultado. Hay una acción diferida. La pintura es muy inmediata, esto que hice en esta muestra con el fluir de la mano, casi de forma inconsciente, en el grabado no puede hacerse. Es un arte expresivo por un lado y muy pensado por otro. Pero ese ejercicio de hacer y ver qué pasa es muy enriquecedor desde el punto de vista técnico. Un grabador con mucha experiencia adquiere la capacidad de ir imaginando lo que saldrá en la impresión. Pero imaginar no es ver. El resultado no es imaginado. El grabado tiene un área muy neurótica”.

    Fló ha expuesto su obra, que obtuvo distinciones y premios, en muestras individual y colectivas en varios países. En 2011 su anterior exposición, también en el Museo Torres García, se llamó Acordes, y allí pintura y palabra se encontraron sin estridencias. En Dicen… la propuesta es otra, pero sus obras continúan buscando las palabras.

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