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    El avance de la “transición demográfica” que vive el país acarrea problemas a su economía

    escribe Aníbal Peluffo

    Cuando los uruguayos se enteraron que en 2011 se haría un nuevo censo de población, se generó cierta expectativa. ¿Cuántos seremos? Tal vez se pueda, por fin, dejar de hablar del “paisito” de los tres millones, pensaron algunos. Los primeros resultados mostraron que la cantidad de habitantes es prácticamente la misma que 16 años atrás y provocaron similar desilusión que la de un niño que recibe un par de medias como regalo de cumpleaños, mientras que algunos gobernantes y políticos se preocuparon. Entre los expertos, el mediático censo no deparó sorpresas y se congratulan de que logró colocar en la agenda pública una serie de problemas de índole económica asociados a la etapa avanzada de la “transición demográfica” que, como Cuba, vive Uruguay.

    El censo enfrentó diversas dificultades y el relevamiento de datos demoró prácticamente tres meses más de lo previsto. Según los datos primarios, en Uruguay residen 3.251.526 personas, aunque esa cifra se incrementará en seguramente unos 100.000 más cuando se adicione el porcentaje que no pudo ser contabilizado (“omisión”).

    Aun antes de hacerse público el resultado preliminar del censo, el primero en decir que se trataba de una “triste noticia” fue el presidente José Mujica. También la diputada blanca Ana Lía Piñeyrúa y exministra de Trabajo, quien llamó la atención sobre los peligros que acarrea ese fenómeno sobre la sostenibilidad del sistema de seguridad social.

    Economía y población. Para algunos expertos, los problemas para Uruguay no son de cantidad de población, sino que tal vez lo principal sea la estructura de edades y la distribución territorial de los habitantes, por los desafíos económicos que conllevan.

    Consultado por Búsqueda, el economista y demógrafo Juan José Calvo explicó tres aspectos en los que las características de la población uruguaya pueden tener un rol decisivo en la economía del país: el  “bajísimo” crecimiento, la elevada “tasa de dependencia” que se da por la estructura envejecida de la población y la “costosísima urbanización” con fuerte concentración en las áreas costeras. Esos asuntos ya han sido motivo de estudio y eran previsibles antes del último censo, pero hoy “por lo menos se habla” de los mismos en ámbitos de decisión política, resaltó el experto.

    El análisis demográfico muestra que el país se encuentra avanzado en la “transición demográfica”,  lo que significa que los niveles de natalidad y mortalidad se estabilizaron en valores bajos, y con ello la estructura por edades de la población avanza hacia el envejecimiento. Solo Uruguay y Cuba se encuentran en esta fase de la transición dentro de América Latina; en el resto del mundo muchos países recorrieron el mismo camino décadas atrás.

    Por otro lado, la tendencia a la emigración de personas que se corrobora desde mediados del siglo XX es otro factor que contribuye a la baja tasa de crecimiento de la población.

    Población óptima. La tasa o ritmo de crecimiento de la población de Uruguay de los años más recientes aún no se conoce, ya que los datos del censo son preliminares. Lo que es prácticamente un hecho es que será baja y positiva. Sin embargo, eso no es necesariamente una mala noticia.

    No existe una relación directa entre el tamaño de la población y el desarrollo económico de los países. De hecho, existen casos de elevados niveles de desarrollo con bajo volumen demográfico y viceversa. Por ello, la suposición de que una tasa alta de crecimiento poblacional favorece una mayor expansión de la economía es un argumento “simplista”, opina Calvo, ya que las ventajas de una escala más grande se podrían conseguir a través de los mercados externos.

    Además, es necesario tomar en cuenta la “inversión demográfica” que insumen las poblaciones que crecen más deprisa. Ese concepto, introducido por Alfred Sauvy, refiere al gasto en infraestructura que requieren los “nuevos” habitantes. Ese tipo de inversión “distrae” los recursos hacia esos fines en vez de ser destinados a los bienes de capital físico, como la maquinaria y tecnología, asociados más directamente al crecimiento económico.

    No hay cálculos de una “población optima” para Uruguay, pero cada cierto tiempo ha surgido la “idea descabellada” del Uruguay de los 10 millones, comentó Calvo. Eso, añadió, es algo imposible, ya que requeriría que las mujeres pasen a tener un promedio de cinco hijos y al mismo tiempo lleguen inmigrantes, como a principios del siglo pasado. 

    Dentro de los escenarios “posibles” calculados recientemente por Daniel Macadar, Adela Pellegrino y Calvo, el de mayor tasa de crecimiento, con un incremento “sustancial” de la tasa de fecundidad y un nivel de inmigración “optimista”, la población de Uruguay se situaría en algo más de cuatro millones en 2050.

    Para Calvo, “no tiene mucho sentido plantearse como un objetivo el crecimiento demográfico”. 

    Envejecidos. La estructura por edades de la población genera otros desafíos a la economía uruguaya; los datos surgidos del censo muestran una profundización del envejecimiento. 

    La relación porcentual entre quienes tienen 65 años o más y los de 15 a 64 —denominada tasa de dependencia— pasó de 20,6% en el censo de 1996 a 21% en 2004 y a 21,7% en 2011.

    Esa característica de envejecimiento demográfico genera tres tipos de dificultades: de sostenibilidad del régimen de seguridad social, de encarecimiento del sistema de salud y de escasez de mano de obra en el mercado laboral en momentos de auge económico.

    Desde el punto de vista previsional, los cambios en las tasas de reemplazo y en el número de cotizantes son de las variables que más afectan los ingresos y egresos del sistema, conforme con proyecciones del Banco de Previsión Social.

    Las alternativas son escasas, según Calvo, ya que no hay chances de aumentar los nacimientos (algo que a su vez no es una solución inmediata), tampoco hay gran margen para incrementar la cantidad de gente que se vuelque al mercado laboral (las tasas de actividad están hoy en sus máximos históricos) y el retorno al trabajo de personas jubiladas no es una solución de largo plazo, si bien se ha practicado en algunos casos. Por otro lado, el fomento del trabajo juvenil se debe realizar sin descuidar la educación para no comprometer la productividad futura de la economía. 

    Pero esos problemas no son exclusivos de Uruguay. La mayoría de los países desarrollados se encuentran en fases más avanzadas de la transición demográfica y han actuado frente a la falta de mano de obra apelando a otras herramientas, principalmente el fomento de la inmigración. 

    Países industrializados como Alemania han otorgado permisos temporales de trabajo a extranjeros para contar con personal que permita sostener el crecimiento de algunos sectores económicos. Si bien esas políticas traen aparejado, otro tipo de problemas, de índole social, han sido exitosas en los países donde se aplicaron y según la visión de Calvo es un escenario “altamente probable” en Uruguay si se extiende el actual período de bonanza económica. En concreto, ese experto ve factible en un futuro el arribo al país de trabajadores asiáticos, además de inmigrantes de la región.

    “Estamos en plena bonanza económica, nos vamos a volver atractores de población de la región y estamos teniendo retorno importante de uruguayos”, había reflexionado en enero, en una línea similar, la demógrafa e investigadora del Programa de Población de la Facultad de Ciencias Sociales, Carmen Varela (ver Búsqueda Nº 1.646).

    En el pasado ya ocurrieron oleadas de inmigrantes y desde el gobierno se ve con buenos ojos el fomento de la llegada de trabajadores extranjeros. De hecho, el presidente Mujica ha insistido con el tema en reiteradas oportunidades.

    Ese tipo de reflexiones y las instancias de diálogo acerca del empleo y la seguridad social que promueve el Poder Ejecutivo muestran un renovado interés desde el ámbito político en temas vinculados a la evolución demográfica de Uruguay.

    Problema “gordo”. El mayor problema económico vinculado a la población es la distribución territorial, según Calvo: “Ahí tenemos un problema gordo”. Si bien la urbanización en sí misma es un proceso beneficioso desde el punto de vista económico y “no hay razones para ruralizar el país”, la localización y organización de este proceso es lo que puede resultar problemático, argumentó.

    En Uruguay, la urbanización es de baja densidad y con una gran ocupación de los suelos. Constituye, opina ese demógrafo y economista, una versión “de las más costosas” de la urbanización, con altas tasas de crecimiento demográfico en la franja costera y con “el requerimiento de una inversión muy importante en la instalación de servicios como caminería, saneamiento, seguridad, telefonía y salud, mientras al mismo tiempo se vacían espacios de la ciudad donde esa infraestructura de base ya está disponible”. 

    Con ello, “el Estado debe desviar una cantidad muy importante de recursos para la inversión demográfica, debido al tipo de poblamiento que se está dando en algunas zonas”, sostuvo. “La Ciudad de la Costa es el ejemplo perfecto de lo que jamás tendría que haber ocurrido”, remarcó Calvo. A su juicio, se trata de “un disparate” desde el punto de vista macroeconómico, porque primero se establece la gente y luego hay que instalar los servicios, lo que es mucho más costoso que hacerlo desde antes. El otro componente de alto costo que es más difícil de contabilizar es el daño ambiental que provoca ese tipo de urbanización, indicó.