Con valores históricamente altos en el mundo para la soja y la carne, las exportaciones de esas mercaderías desde Uruguay crecieron fuertemente y ello arrastró al agro y a otros sectores conexos de la economía. ¿Sigue siendo el país básicamente un vendedor de materias primas o empezó a agregar más valor a sus productos?
Algunas gremiales empresariales, como la Unión de Exportadores, han señalado con preocupación que en el actual ciclo de commodities valorizados se dio una “primarización” de las ventas, es decir que cobraron más relevancia los envíos de mercaderías con mínima o nula elaboración como muchas de las de origen agropecuario. Lo mismo advirtieron economistas como Gustavo Bittencourt, e incluso el presidente del Banco Central, Mario Bergara, reconoció tiempo atrás que Uruguay padece algunos síntomas de la llamada “enfermedad holandesa” asociada a una explotación de recursos naturales que genera fuertes ingresos de divisas con efectos nocivos sobre otros sectores de la economía.
Carlos Paolino, quien dirige la Oficina de Programación y Política Agropecuaria (Opypa) del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, tiene una visión más optimista. “No es solo un efecto precio, hay un progreso técnico” en el agro “que está asociado a un cambio estructural en la economía”, y eso llevó a que actualmente “para Uruguay la explotación de las actividades intensivas en recursos naturales, lejos de ser una maldición se está convirtiendo crecientemente en una bendición”, afirmó a Búsqueda este ingeniero agrónomo que cuenta además con un doctorado en Economía cursado en la Universidad de Campinas.
Paolino analizó esta temática en un documento publicado a fines de diciembre.
Cambios.
Uruguay aumentó 2,5 veces su participación en el comercio internacional, al mismo tiempo que se profundizó la predominancia de los productos de origen agropecuario y agroindustrial en las exportaciones, al pasar de representar cerca de 60% en 1985 a más de 77% en 2011, según datos citados por ese jerarca.
Las exportaciones del sector agropecuario crecieron a un ritmo promedio de 20% anual, lo que se explica en un 9% por aumento de precios de los productos y 11% por mayor volumen. “Al desagregar ese indicador para ver qué hay detrás del volumen se observa que más de la mitad es por progreso técnico”, enfatizó en su análisis.
Comparó que entre 2000 y 2011 “la carne y la lana mantienen su importancia pero aparecen los cereales (trigo y arroz) y oleaginosos (soja) con aumentos significativos” en su peso en las exportaciones sectoriales. En ese período, la participación en montos se mantuvo en 29% en el caso de la carne, la lana bajó de 11% al 4%, y los cueros cayeron de 20% a 5%, mientras que los granos aumentaron de 17% a 34%, la madera y derivados crecieron de 8% a 13% y los lácteos lo hicieron de 10% al 12%. En base a eso reconoció que “el aporte de los sectores del agro y la agroindustria, que se apoyan en la dotación de recursos naturales, constituye el sostén histórico de la inserción comercial internacional, rasgo que se profundiza en los últimos años”.
Por otra parte, el titular de la Opypa resaltó que la productividad del agro uruguayo creció un 2,1% anual en promedio en los últimos 30 años. Si se analiza al interior del sector, el aumento fue superior en la agricultura de cereales y oleaginosos que en los otros rubros.
“En esos últimos años son precisamente los aumentos en los niveles totales, expresados en el indicador de la productividad total de factores, los que explican el crecimiento agropecuario y no la mayor dotación de factores de producción (aumenta la dotación de capital pero decrece el trabajo)”, comentó.
Considerando todo eso, afirmó que “la economía uruguaya atraviesa un proceso de crecimiento y de cambio estructural pronunciado, hubo incorporación de progreso técnico y un aumento de los rendimientos parciales y de la productividad total de los factores de producción, en general, y muy en particular en el sector agropecuario”.
Planteó que “la discusión de fondo” es si lo alcanzado hasta ahora en cuanto a crecimiento económico “es suficiente para montar un país sobre la base de los recursos naturales”. Eso “es todo un desafío. Sabemos que tenemos que aprovechar esta oportunidad histórica para desarrollar una base tecnológica cada vez más avanzada y un país más sofisticado desde el punto de vista de su especialización”, analizó. Los casos de Nueva Zelanda y Australia “demuestran que eso es posible”, añadió, y sostuvo que ello está relacionado con “el diseño de las políticas públicas”.
Para Paolino, “se practica habitualmente la falsa oposición en forma sistemática, contraponiendo tecnología con producción primaria y perdiendo la perspectiva de que la especialización productiva en muchos casos tiene que ver con agregar valor a aquellos productos en los que se tienen ventajas comparativas naturales”. Agregó que los “aspectos institucionales, la estabilidad de las reglas de juego, la construcción de capacidades en innovación en puntos clave de la competitividad agropecuaria moderna, la promoción del desarrollo rural para lograr niveles crecientes de integración social en el medio rural, están definiendo con claridad que para Uruguay la explotación de las actividades intensivas en recursos naturales, lejos de ser una maldición se está convirtiendo crecientemente en una bendición”.
Aclaró que “para que eso continúe así se requiere seguir implementando y profundizando las políticas públicas” mencionadas, “cuyo soporte institucional ampliado —combinando diferentes esquemas de gobernanza— son absolutamente cruciales, para no duplicar esfuerzos y garantizar el mejor aporte, tanto del sector público como del privado en esta carrera por el desarrollo del país”.
¿Maldición o bendición?
El concepto de maldición de los recursos naturales alude a la idea de un crecimiento económico que puede ser efímero, mientras duren los precios altos o la disponibilidad de dichos recursos.
Consultado al respecto por Búsqueda, Paolino recordó que “Uruguay lo vivió a mediados del siglo pasado, cuando una expansión agrícola sin cuidados erosionó el recurso suelo y casi que lo terminó en zonas cercanas a Montevideo”. En esos años, en Canelones y otros puntos del país se plantaba principalmente trigo y remolacha. Los registros de la Dirección de Estadísiticas Agropecuarias señalan que en 1957 se sembraron 1,6 millones de hectáreas, y 53 años después, en 2010, se batió ese récord con 1,7 millones de hectáreas.
Teniendo en cuenta ese antecedente, el titular de Opypa resaltó la importancia de las políticas que implementará Ganadería este año con los planes de uso y manejo de los suelos que obligan a adoptar prácticas de cuidado del recurso, como las rotaciones de cultivos y otras (ver Nº 1.696).
En cuanto a las prioridades estratégicas en las políticas agropecuarias, el jerarca indicó que “los bienes públicos son indispensables para mejorar la competitividad sectorial”, como es el caso de la sanidad, la información estadística, la trazabilidad ganadera (identificación individual del ganado), entre otros. La política comercial para la apertura, la consolidación y la diversificación de mercados, en base a la articulación entre los actores públicos y privados, es otro factor clave.
Planteó la idea de “montar las bases de una nueva competitividad, que aliente al sector privado a formar bienes de club (que no sean rivales entre los miembros pero que sean parcialmente apropiables por ellos)”. A modo de ejemplo citó la creación de mesas tecnológicas de diversos cultivos o los conglomerados (clusters) de competitividad.
El agronegocio concentró en promedio un tercio de los recursos que promovió la ley de promoción de inversiones entre 2008 y 2011, lo que a juicio de Paolino “indica que se están destinando inversiones hacia otros sectores, lo que mitiga los posibles efectos negativos de la maldición de los recursos naturales”.
Destacó además “el muy alto porcentaje” —cerca de 35%— de los proyectos financiados por la Agencia Nacional de Investigación e Innovación que están vinculados al sector agropecuario y agroindustrial.