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    El chancho, el lomo y el odio

    El argentino Ernesto Laclau provee ideas a los regímenes populistas latinoamericanos. Residente en Londres desde hace 44 años, Laclau podría ser uno de los innumerables intelectuales de la diáspora continental, esos que llevan décadas haciendo gárgaras en sus burbujas existenciales. Pero la fascinación que sus escritos han causado en la pareja Kirchner lo ha catapultado a una reducida fama local (si bien él está convencido de que trabaja “para la eternidad”, según declaró modestamente en una entrevista a “La Nación” el 17 de noviembre último).

    Autoidentificado con el “posmarxismo”, Laclau considera que el populismo es una reacción natural a un sistema burgués inefectivo y oligárquico. Es decir enemigo del famoso pueblo. A diferencia de quienes señalan al populismo como un sistema autoritario, Laclau lo define como algo autóctono, como la “esencia nacional” que representa (conviene atarse los cinturones antes de seguir leyendo…) la única vía para lograr una sociedad pluralista y popular.

    Quien constate que esta disparatada visión del populismo se estrella contra la amarga realidad debe tener clemencia hacia Laclau: después de todo, la culpa no es suya sino de quien le rasca el lomo.

    Según la teoría laclauniana, la inmensa variedad de voces y particularidades existentes en el universo popular deben canalizarse a través del líder, prisma por el cual pasan las diversidades. Y es que el caudillo representa al pueblo en todas sus manifestaciones, deseos, sueños e intereses. Solo a través del líder es posible profundizar y garantizar la verdadera democracia. Este menjunje de contradicciones llevó a Laclau a declarar que Hugo Chávez era “un gran demócrata”.

    Ahora bien, ¿es posible distinguir entre diferentes populismos? Todos ellos son antielitistas. Todos ellos proponen una manera radicalmente diferente de representación popular. Todos se basan en la relación vertical entre un líder carismático y un pueblo amaestrado. Todos desprecian la democracia parlamentaria, el sistema de partidos políticos y las instituciones republicanas. Todos son, en definitiva, intolerantes en extremo e igualmente enemigos del derecho de manifestación de las minorías.

    Laclau no presenta herramientas para distinguir las posibles diferencias entre un Chávez y un Mussolini (más allá de que Mussolini fue capaz de dirigir un complicado aparato estatal durante décadas mientras que Chávez no estaba en condiciones de dirigir un kiosko familiar).

    Quien quiera penetrar el legado teórico de Laclau puede (intentar) leer su opus La razón populista, de 2005. Se recomienda hacerlo munido de dos o tres diccionarios pues la rusticidad del planteo teórico viene cubierto de una gruesa capa de palabrerío esperpéntico.

    Más allá de todos los artilugios y fuegos artificiales conceptuales y de la prostitución que Laclau hace del lenguaje, en la base de su mensaje hay una idea tan simple como contundente y despreciable: el odio es el motor de la historia. El posmarxista Laclau cultiva el amor por la lucha de las clases sociales con la misma dedicación que Marx, aunque a diferencia del alemán le niega a un sector social determinado (las clases trabajadoras) cualquier rol dirigente en el proceso de cambios y depone ese papel en las manos del caudillo.

    De esa manera, el supuesto posmarxismo de Laclau no es otra cosa que un premarxismo patéticamente anacrónico pero fiel a la tradición que desde tiempos inmemoriales ha dominado la vida en el mundo mediterráneo y que luego se ha difundido globalmente mediante las repetidas conquistas militares, pues lo que Laclau hace, en realidad, es idolatrar el uso del odio y el resentimiento que ya un Julio César o un Marco Antonio supieron explotar hace 2.000 años.

    No hay aquí lugar a dudas: Laclau considera (y es la base misma de su teoría) que solo el antagonismo social permite crear “una sociedad más sana”. El papel del líder es doble: por un lado debe cultivar el odio social, por el otro debe impedir que ese odio se vuelva incontrolado.

    Preocupado por los rumores de cambio de rumbo en una Argentina cuyas reservas —comidas por el pago de intereses de una deuda que hoy supera largamente a la de la crisis del 2002 y la creciente importación de energía— solo alcanzan para pocos meses, Laclau exhorta a no “licuar el modelo”. Argentina debe seguir así, sostiene. Y añade: Cristina es muy moderada comparada con Perón. Por eso, insiste, el modelo debe profundizarse. Y advierte: cualquier apertura de diálogo con los opositores y los organismos mundiales sería un grave error.

    Leer a Laclau es un excelente ejercicio mental. Sus teorías y la puesta en práctica de las mismas por parte de varios gobiernos de la región aclaran todas las preguntas que uno pueda hacerse sobre las causas y consecuencias de la actual situación continental.