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    El cineasta argentino estrena Misántropo, su nueva película

    Damián Szifron nunca se fue

    Ha vuelto y se encuentra viajando en el tiempo desde entonces. Pasaron ocho años del estreno de su último largometraje, y ahora el cineasta argentino Damián Szifron (Relatos salvajes, Los simuladores) tiene una nueva película bajo el brazo: Misántropo. Es por ella que se ha visto, durante semanas, ocupado en su promoción y respondiendo tres clases de preguntas: qué ha hecho en la última década, qué lo trajo de nuevo detrás de las cámaras y qué hará de aquí en adelante. Pasado, presente y futuro de una de las voces más poderosas del cine latinoamericano.

    Tras el éxito internacional de Relatos salvajes (2014), Szifron entró en la etapa más ambiciosa, y frustrante, de su carrera. La película que le dio a Ricardo Darín el nombre de su cuenta de Twitter (@BombitaDarin) hizo que Hollywood abriera sus puertas y las ofertas comenzaran a materializarse. Las oportunidades que los estudios estaban dispuestos a darle vinieron limitadas en su forma: películas de superhéroes, producciones destinadas a los servicios de streaming y propiedades intelectuales reconocibles pidiendo ser resucitadas fueron algunas de ellas.

    Szifron (47 años) fue un niño de cine y de televisión, con recuerdos vívidos de las películas de Steven Spielberg en la pantalla grande y seriales de aventuras semanales como El increíble Hulk en la pantalla chica. Un proyecto de adaptar y modernizar la serie El hombre nuclear para el siglo XXI pactó su desembarco oficial en Hollywood, pese a que el director jamás llegó a instalarse allí por completo. Sí acumuló centenares de millas aéreas.

    La película, que tenía a Mark Wahlberg como protagonista, jamás llegó a filmarse y el director se adentró lentamente en lo que la industria se conoce como el development hell (el infierno del desarrollo): un estadio de incertidumbre en el que las grandes producciones cinematográficas avanzan y retroceden sin llegar jamás a que alguien grite finalmente “¡Acción!”.

    En diálogo con Búsqueda, describió ese período de su trabajo de manera menos religiosa y más científica. “Es como si te dijese que es la materia oscura”, expresó. “Una sustancia que los científicos tardaron mucho en registrar. Había cálculos que no se explicaban por aquello que se veía, entonces comprendieron que también había algo que no se veía, y que es difícil de medir, que es la antimateria”.

    Tal vez sea la distancia de un periplo que hoy da cuenta de los cambios significativos en la política y economía de Hollywood, pero hoy Szifron encuentra consuelo en los proyectos que pudieron ser y no fueron. Entre sus motivos se encuentra un pensamiento crítico y a contracorriente de una industria en donde el término historia perdió la batalla contra la palabra contenido.

    “Entre las cosas que uno produce hay un montón que, gracias a Dios, no se materializan. Creo que sobra más de lo que falta”, expresó. “Hay buenas películas, pero el problema es que hay muchas malas y hay un gran caudal de películas y series que se hacen y no le importa ni a los que las hacen”.

    El cineasta, que imaginó su versión de El hombre nuclear como una película inspirada en los thrillers políticos de 1970 (década que cita con frecuencia) y como una crítica al complejo industrial-militar de Estados Unidos, ve en sus luchas creativas, sus concesiones; y en sus derrotas, un camino necesario que le tocó recorrer.

    “A la distancia, es como esas relaciones de parejas que no funcionaron”, señaló. “En el momento la gente dice: ‘hay que hacerlas funcionar’. Después te das cuenta de que no tenía que ser. Siempre trato de hacer lo mejor. Hay historias que se pueden filmar, otras que no, pero las que no se producen terminan generando otras y llevándote al proyecto adecuado”.

    Misántropo puede verse desde hoy en salas de cines. Filmada en Montreal entre enero y marzo de 2021, la película evidencia la destreza con la que el director puede trabajar en una industria foránea, con actores de renombre bajo su mando, y cumpliendo con las demandas del esquema de producción de Hollywood. Es, además, una crítica ferviente a algunos de los aspectos más tenebrosos de la sociedad estadounidense bajo uno de los géneros cinematográficos dominados por ese país: el suspenso policial.

    Empieza a lo grande. Szifron, que como director y guionista suele pensar sus proyectos a partir de una imagen disparadora, se aferró a la idea de un “volcán” de frustración, odio y abandono en la forma de un asesino que dispara, escondido y a la distancia, contra una veintena de ciudadanos durante los festejos de Año Nuevo en la ciudad de Baltimore.

    Las víctimas caen como moscas, el caos reina y el cineasta, que introduce su película con un plano de una ciudad invertida (señal de que nada es como parece en el sueño americano), apuesta a una fórmula familiar con una protagonista, una joven policía con un pasado traumático, encargada de atrapar a un villano silencioso y letal en un laberinto que también arremete contra la posesión civil de armas y hasta la industria cárnica.

    “El corazón de la película pasa por un espectador sumergido en una aventura policial”, describió. “Hay una amenaza clara: un asesino disparando sin ningún grado de represión. Es alguien que perdió los estribos, con un cortocircuito en la cabeza, un volcán que acumuló tensión y negatividad durante muchísimo tiempo y ahora entró en erupción. Además de eso es un tipo recontraentrenado, como si tuvieras a Jason Bourne o a John Rambo sueltos y no parando de matar”.

    Al frente está Shailene Woodley, actriz difícil de encasillar dentro del sistema de las estrellas estadounidense. Su comienzo se dio en 2011 con la oscarizada Los descendientes, donde interpretó a la hija de George Clooney como una joven sensible y atormentada, y su fama creció a partir de 2014 con la saga Divergente, que formó parte de la ola de adaptaciones de novelas fantásticas dirigidas a jóvenes. A mediados de 2010, Woodley se alejó de los papeles convencionales y tuvo un protagónico en la serie Big Little Lies de HBO. Su colaboración con Szifron se enmarca dentro de una tendencia entre los actores y actrices jóvenes interesados en participar de forma más activa en el cine y por ello figura como productora de Misántropo, donde interpreta a Eleanor Falco, una policía reclutada por un agente del FBI (Ben Mendelsohn) por la perspicacia y empatía que demuestra para comprender el accionar del asesino.

    Mendelsohn, actor australiano con dosis iguales de aplomo y carisma, refleja con su personaje, el investigador Geoffrey Lammark, el peligro dentro del entramado que los servicios de seguridad y de inteligencia de Estados Unidos enfrentan en su relacionamiento con la clase política y de medios de comunicación masiva. Tanto él como Eleanor deben sortear una burocracia estatal que demanda resultados rápidos sin importar si el costo son más víctimas.

    “Me interesaba la cantidad de tensiones y conflictos innecesarios que este equipo de investigación tiene que atravesar para hacer su trabajo. Cómo tienen que gastar energía en calmar egos, discutir con estúpidos, seguirle la corriente a gente que lo único que quiere es presentar resultados. Esa tensión y circo que se genera era, al mismo tiempo, un obstáculo interesante que daba cuenta de los conflictos sociales y del nivel de elitismo y de frivolidad que se vive en una sociedad como esa. De alguna forma también es lo que el ‘monstruo’ de la película, si se quiere, está atacando y cuestionando”.

    No es difícil reconocer que la dinámica de negociación constante de Falco y Lammark se asimile a la de un cineasta y el estudio que lo contrata. Szifron reconoce esos paralelismos. “Hay una analogía entre lo que viven los héroes dentro de la historia y lo que vive el equipo creativo detrás de la película para hacerla. La investigación es difícil para los personajes, como es difícil hacer una película. Creo que hay un diálogo que se fue produciendo casi en paralelo”.

    Una vez finalizada Misántropo, Szifron continuó con sus batallas frente al sistema de estudios. Una de ellas, que perdió, corresponde a un nuevo título para la película. En Estados Unidos, fue renombrada como To Catch a Killer, que remite a To Catch a Thief (Para atrapar al ladrón) de Alfred Hitchcock. Incluso con esa derrota, y con la trama de su película, el director se siente más cerca, salvando las distancias, de los cineastas del Nuevo Hollywood que idolatra.

    “Las películas que más me gustan del cine americano son tremendamente críticas de Estados Unidos y del sistema de estudios”, contó. “Los directores que más me gustan son los que se han fundido, que han sido marginados y rechazados. Entre todas esas situaciones tienen películas que son valiosísimas. Si uno piensa en Francis Ford Coppola, Brian De Palma o William Friedkin, son gente que ha tenido unos choques monumentales con lo que se llama Hollywood, con la industria del cine. Si vos no te oponés, se convierte en una maquinaria de hacer cosas que no están muy buenas. El elemento artístico del cine, en un contexto en donde el negocio es tan importante, es más difícil de defender, está menos dado por sentado”.

    Mientras Misántropo acumula espectadores en Argentina, recibe loas por la crítica francesa y tomates por parte de la estadounidense, Szifron viajará al próximo Festival de Cannes, donde formará parte del jurado de la Palma de Oro presidido por el cineasta sueco Ruben Östlund (El triángulo de la tristeza).

    A su regreso, se embarcará en su próximo proyecto: una película de Los simuladores. La serie, que ganó nuevas generaciones de fanáticos tras su pasaje por Netflix, pasará al cine con los cuatro actores originales. En este momento, el cineasta se encuentra en etapa de escritura del guion y con intención de empezar a filmar sobre octubre de este año.

    Szifron enfatiza que en su mente siempre se encuentra, primero, la figura del espectador. Como cinéfilo, odia el pop y aboga por la experiencia de ver las películas dentro de una sala, que espera se mantenga en todas sus producciones.

    “Soy espectador desde que tengo memoria. Empecé a ver cine a los tres años. La primera película que me voló la cabeza en el cine fue Superman de Richard Donner. Se produjo un vínculo de mucha intimidad que conservo hasta el día de hoy. Veo una película y todo lo demás se apaga y me siento con libertad frente al trabajo de alguien y lo trato de apreciar en toda su profundidad. Trato de conectarme con las películas desde la inocencia, que no quiere decir ingenuidad”.

    Vida Cultural
    2023-05-10T23:01:00