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    El cometa Somers

    Carros llenos de leña esperan su momento al fondo de un teatro desnudo. De a poco las astillas van invadiendo el escenario. Caen de las mesas que ofician de camas. Tac. El golpe seco, repetido mil veces, tac, tac, tac, se vuelve banda sonora. Tac. Ssssssshhhhhhh. Ramas con hojas secas son izadas con cuerdas desde el piso a lo alto de la escena. Ssssshhhhhhh. El sonido crocante del rozamiento contra el piso se vuelve banda sonora. Recuerda al del oleaje de una playa. Sssssssshhhhhh. Una fila de focos alineados inunda de luz al público, lo encandila y deja el escenario en tinieblas. Y en silencio. Una actriz se desnuda y camina con la mirada perdida por los pasillos de la platea; comienza el misterioso derrotero del personaje protagónico de esta historia. Dos actrices que ofician de narradoras serruchan un tronco que oficia de cuello. Tac. La cabeza cae al piso. Caen otros troncos. La mujer desnuda toma su cabeza y se la vuelve a colocar. Un rato después, la mujer desnuda invita al público a seguirla fuera de la sala. El Solís se vacía en tres minutos, y 850 personas quedan reunidas en torno a una gran hoguera, en la explanada del teatro, sobre la calle Buenos Aires. La madera que alimentó la escena en su estado natural es ahora el combustible para iluminar el acto final. En el balcón lateral del Solís se lee en un cartel luminoso: “Comedia Nacional Arde”.

    Cierra el círculo. El final de Estudio para la mujer desnuda, la obra de Leonor Courtoisie, versión libre de La mujer desnuda (la primer novela de Armonía Somers), escrita para la Comedia Nacional, conecta con el desembarco de Gabriel Calderón al frente de la compañía oficial montevideana. En ese momento, el director estableció el leitmotiv “El teatro arde” como punto de partida conceptual de su gestión, iniciada justo a continuación de la crisis derivada de la pandemia, la mayor que sufrió el medio cultural, al menos desde el retorno a la democracia.

    Con esta primera puesta en escena en el Solís en esta nueva etapa de la Comedia se alinearon los astros y sucedió algo que para muchos puede ser inesperado, pero que otro tanto esperaba con ansia: que un espectáculo teatral uruguayo se transformara en un acontecimiento cultural por sus virtudes artísticas y no solo por las polémicas de turno (de hecho, la autora lo predice en el programa de mano, cuando define el estreno como “un acontecimiento propio”).

    También era impensable que una obra de teatro deviniera en pocos días en tema de conversación en círculos no asiduos a las tablas; que esos mismos rostros ajenos a los escenarios coincidieran noche tras noche; que las redes y los medios se hicieran eco en forma recurrente de un título en cartel; que se agotaran las 12 funciones programadas; que en la semana previa a las últimas funciones hubiera gente pidiendo entradas en redes al clamor de “necesito ver esta obra”; que al día siguiente a la última función, el domingo 1º, la actriz protagonista postee en Instagram: “Invocamos a Armonía. Armamos un altar. Ensayamos y ensayamos. Bocetos, estudios, fracasos. Nos desnudamos. Desnudamos al Solís. Y sucedió. El público acompañó. Fue un ritual compartido. Rodeamos un pozo. Acontecimiento propio y colectivo. Gracias infinitas hasta las estrellas, que ya están muertas”,

    El teatro montevideano ofrece al público en cada temporada unos dos centenares de títulos de varios géneros. La Comedia estrena una decena por año. En los últimos años hubo puestas sobresalientes como Labio de liebre y La ternura. Hacía tiempo que el teatro local hacía méritos para que sucediera un acontecimiento como este. Hacía falta que la chispa se reuniera con el combustible adecuado.

    Claro, no sucedió con cualquiera de los más de 50 espectáculos en cartel en Montevideo. Sucedió con el debut con la Comedia de esta dramaturga, actriz, poeta y narradora nacida en 1990. Entonces, más allá de los otros astros que confluyeron en la inusual alineación (inicio de gestión nueva, buena promoción y buen despliegue comunicacional del director, descubrimiento teatral de una gran narradora, fogón multitudinario y luces en la explanada), la razón fundamental de este éxito fue el boca a boca disparado desde la primera noche, el 9 de abril. Y detrás de esa aceptación está, sin dudas, el olfato de Courtoisie para detectar el potencial escénico de la primera novela de Somers, y su buena mano para llevarla al teatro, tarea harto difícil si las hay porque por lo general un novelista escribe sin pensar en coordenadas de representación. Para ello fue importante también la intervención de Laura Pouso en el rol de dramaturgista, una tarea intermediaria entre el texto y la escena, que brinda al dramaturgo las claves necesarias para transformar la palabra escrita en acción teatral.

    Porque al verla, quedó claro que la versión de Courtoisie no se preocupó por seguir la narración al pie de la letra, sino en ir directo a su hueso conceptual, que es pura (y poderosa) metáfora de una liberación y emancipación femenina y de una utópica igualdad entre los géneros que en 1950, cuando se publicó el libro, era una posibilidad muy lejana en el tiempo, en el espacio y en el debate público: una mujer se desnuda, se corta la cabeza y se la vuelve a colocar en su lugar, lo abandona todo y se aparece en una comarca rural donde lógicamente provoca un escándalo y donde su presencia lo altera todo, irremediablemente. Ya lo dice Courtoisie en el programa de mano: “La mujer desnuda es una novela imposible, imposible de adaptar al universo escénico”. Habla de “pensar su resonancia como un gesto terco para transgredir las utopías y hacerlas concretas, reales”, de invocar “el mito de Armonía Somers, bordando con hilos de oro una oralidad dispersa” y de “ocupar un teatro de voces que nos preceden, imaginar un fuego, volver a la caverna, cortarnos la cabeza y empezar”.

    Como sus palabras, su teatralidad es puro alarde poético. Y cuando encandila a la platea con la batería de reflectores es puro desafío al público: “Siempre hay algo más importante que la anécdota, tantas veces prescindible. Me gusta que rastreen ese algo más, porque así como existe un oficio de escribir hay también un oficio de leer”.

    Allí, en su gran poder de trascendencia a lo literal —en este caso, a la escena—, está una de las —sino la— clave del éxito de Estudio para la mujer desnuda. Nada de lo que vemos es lo que vemos. Todo está cubierto con ese especial ungüento metafórico cuya receta se guarda bajo siete llaves. Porque algo similar sucedió en el lejanísimo 2019 cuando Courtoisie llenó la mesa del living de su casa con espectadores durante las mañanas para contarles una historia de su familia en Casi sin pedir permiso, para volver a invitarlos a la misma casa, meses más tarde, a presenciar el final de la obra, que era la tala de un gran árbol en el fondo. Y algo similar volvió a suceder cuando condensó esa historia y le agregó más ficción y más realidad en Irse yendo, la novela que publicó el año pasado.

    Entre los puntos altos de esta representación brilla nítida la actuación de Florencia Zabaleta, en uno de sus mejores trabajos en los 13 años que lleva en la Comedia. El elenco acompaña en forma dispar, con algunos destaques y algunas entregas un tanto fallidas. No es sencillo el desafío de empardar el candor de este personaje protagónico que tiene el poder de ensombrecer todo lo que se le acerca. Es más, perfectamente esto podría haber sido un monólogo, con la narración esencial a cargo de la misma actriz. Pero no, se trata de un espectáculo de gran porte, y allí también radica su belleza, porque el cúmulo de información sensorial que esta obra instala en los sentidos del espectador (imágenes, sonidos, aromas, texturas) es abrumador. No es, sin embargo, una obra de buenos diálogos ni de filosos espadeos verbales, ni tampoco de personajes profundos y contradictorios; tampoco es una pieza que encierre demasiadas connotaciones psicológicas en los personajes, que son bastante esquemáticos dentro del cuento que se narra; ni siquiera es una obra que brille por su riqueza textual. Incluso por momentos el relato se empantana, se entrevera, y genera ciertas dudas sobre el rumbo que va a tomar. Pero justo a tiempo, la mujer desnuda irrumpe en ese pueblo y lo deja patas arriba.

    Estudio para la mujer desnuda es pura escena, pura proyección simbólica, pura explosión de sentido encarnado en esa mujer que explota en mil pedazos y genera una onda expansiva que lo sacude todo. Es pura resignificación. 72 años después de una historia que, como un cometa, vuelve a surcar el cielo y a opacar a todas las estrellas. Es de esperar que ante un paso tan fugaz, el cometa Somers vuelva a verse en el Solís en una segunda temporada.

    Vida Cultural
    2022-05-05T00:06:00