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Los grados de delirio y profundidad con los que los directores Andrew Stanton y Angus MacLane trabajan en esta película merecen elogios singulares. Como espectador uno no puede más que agradecer y asombrarse, una vez más, con la aventura que se brinda en la pantalla. Por más que tarda en encontrar el rumbo y el ritmo, articulando de forma fluida comedia, drama, aventura y humor, la historia de Buscando a Dory, secuelade esa maravilla de la animación llamada Buscando a Nemo(2013),se arma a medida que la propia protagonista, Dory (Ellen DeGeneres en la versión en inglés), personaje secundario del filme anterior, lucha contra las dificultades provocadas por su inquietantemente complicada falta de memoria de corto plazo, y sale en busca de su familia. Lo hace cuando, de repente, recuerda que en algún momento tuvo un papá y una mamá. La dimensión simbólica de la anécdota se expande en la confrontación de esta intensa y olvidadiza criatura subacuática de ojos inmensos frente a sus problemas para recordar: la raíz misma de la palabra “recordar” significa “volver a pasar por el corazón” (en la Antigüedad se suponía que el asiento de la memoria estaba en el pecho, en el corazón, que viene del latín “cordis”), y lo que Dory hace, poco a poco, de manera fragmentada, es precisamente eso. Lo que implica que esta historia también es, en una de sus varias capas, una aventura por recuperar los tesoros del corazón.
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El molde es más o menos similar al de la incombustible Buscando a Nemo, también dirigida por Stanton, uno de los titanes de los estudios Disney Pixar. Hay una búsqueda, hay problemas y obstáculos durante esa búsqueda. También encuentros y desencuentros con personajes de toda clase y color. Y algunas secuencias de acción y tensión bien pesadas, como cuando las manos de los niños convierten un pequeño estanque en un infierno. El Instituto de Vida Marina de California, donde transcurre buena parte del filme, puede ser un universo demasiado peligroso, y es también donde ocurren los mejores gags.
Hasta el desembarco de Pixar en la década de 1990, la animación estuvo por lo general infundadamente subvalorada. Pixar no vino de la nada, sino como parte de una reacción a la popularidad, la legitimación y el éxito comercial e internacional del animé, en una época en que se volvieron reconocibles nombres que antes eran contraseñas —Katsuhiro Otomo, Hayao Miyazaki o Satoshi Kon—, demostrando que hacer películas adultas como si se trataran para niños, daba buenos resultados. Pixar tomó apuntes. Y desde Toy Story —quitando algunos pocos títulos, como Cars y sus secuelas—, la máquina funciona con coherencia y aceitada precisión. Pixar, y desde 2006 Disney Pixar, ha reclutado a grandes artistas (directores, guionistas, animadores, músicos, actores) y, por medio de técnicas de animación depuradas, innovación, reflexión, intertextualidad, y también sentido del espectáculo, produjo una obra maestra de ciencia ficción (WALL·E, también de Stanton), una gran película de acción familiar (Los increíbles), y una trilogía inmortal (que tiene todo: Toy Story, cuya tercera parte, dirigida por Lee Unkrich, se sale de la zona de confort de las terceras entregas y vuela al infinito y más allá), además de las aventuras emocionantes de Up, Monsters Inc y Buscando a Nemo, de la que esta producción, aunque sin llegar al nivel de brillantez —no tiene esa intensidad en el misterio y el drama— es una más que digna sucesora.
Quizás la tecnología en el desarrollo de imágenes en 3D no deslumbre tanto —es algo que depende de las expectativas de cada uno—, aunque todavía hay algo en lo que este grupo de realizadores sigue despegado: la creación de personajes con densidad y complejidad dramática que, además, son adorables. Primero, los secundarios. Regresan los peces payaso Nemo (Hayden Rolence) y Marlin (Albert Brooks), y reencontrarse con ellos, a pesar de que pueda ser breve e intermitente, es deliciosamente encantador. Pero también está Hank, el pulpo más asombroso desde Paul, el oráculo de Sudáfrica 2010. En la versión en inglés, la voz de Hank es la de Ed O’Neill, el de Casados con hijos y Modern Family. Hank pertenece a un tipo de molusco denominado imitador, un flexible camaleón marino capaz de reproducir la apariencia, la forma y la textura de otros objetos y especies. Además de ser un maestro de los disfraces, como Randall, de Monsters Inc., y un extraordinario escapista, Hank destila un malhumor corrosivo (y quizás tiene sus razones: él también perdió algo). Un amargo. Hay otras criaturas delirantes e interesantes. Como el par de leones marinos Fluke (Idris Elba) y Rudder (Dominic West), que se pasan casi todo el tiempo durmiendo al sol o soñando que duermen, cuando no le hacen bullying al otro lobo, Gerald, que evidentemente no está del todo bien. O la ballena Destiny (Kaitlin Olson), encantadora y corta de vista. O su vecino Bailey, cuyos poderosos lentes (su capacidad de geocolocalización) ya no funcionan como antes, lo que le provoca una terrible inseguridad. O Becky, un pajarraco de ojos rojos, impresentable pero en el que no queda más remedio que confiar. La versión doblaba en español es a cargo de Disney, por lo tanto es irreprochable. No obstante, las voces originales en inglés aportan otra capa, que también tiene su recompensa tras los créditos finales.
Por último, la estrella. En la línea de nuevas heroínas Disney, Dory, este pez de ojos enormes no busca a su Príncipe Azul, sino a su familia, a sus padres, y en el camino conoce más sobre su carácter. Como Merida, de Valiente, Vanellope, de Ralph el demoledor, o Riley, la adolescente cuya cabeza es buena parte del escenario donde transcurre Intensamente, Dory pelea por lo que quiere en lugar de aceptar lo establecido. Conforme avanza en sus recuerdos también progresa el relato. A medida que progresa el relato y Dory en la aventura —y también retrocede, porque su frágil memoria la lleva a equivocarse y perderse y volver a empezar— descubre más sobre su pasado, sobre sí misma. Porque este es un filme con la firma de Stanton y equipo, por lo que hay, como en la trilogía Toy Story, un acercamiento hacia lo que significa la construcción de uno mismo por medio del contacto con los demás, con los otros, los amigos, los que están de paso, los que se quedan, los que estuvieron y los que regresan (quizás a través de un mensaje que viaja por una tubería). Dory empieza a conocerse nadando, avanzando, junto a alguien, porque puede recordar, y porque alguien en un momento le confiesa que cuando estaba en apuro, se preguntaba: “¿Qué haría Dory?”. Son los momentos de gran peligro o de incertidumbre los que hacen brotar su esencia. Y aprende que cuando tiene que tomar una decisión debe hacerse una pregunta: “¿Qué haría Dory?”
Buscando a Dory (Finding Dory). EEUU, 2016. Dirección: Andrew Stanton y Angus MacLane (codirector). Guion: Andrew Stanton y Victoria Strouse. Con las voces de Ellen DeGeneres, Albert Brooks, Ed O’Neill, Kaitlin Olson, Hayden Rolence, Ty Burrell. Duración: 103 minutos.