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    El delito nunca descansa

    Nº 2125 - 3 al 9 de Junio de 2021

    En cualquier espacio, abierto o cerrado, el delito se ha movido del mejor modo en la historia del cine.

    Duro de matar ocurría únicamente dentro de un edifico, que se transformaba en una jungla de cristal en la que solo te podía salvar Bruce Willis.

    En Fuego contra fuego las fuerzas del mal y del bien se enfrentaban al aire libre, desde el asalto al camión blindado hasta la escena final en un aeropuerto, donde Pacino y De Niro se tiroteaban a la sombra de los aviones que aterrizaban y despegaban.

    ¿A quién se le ocurriría poner una bomba en un autobús escolar y que esta se active si el conductor no deja de acelerar? A Dennis Hopper en Máxima velocidad. No hay aviones seguros, ni barcos. Tampoco autobuses escolares.

    Los restaurantes y trattorias son apacibles, incluso cuando la mafia decide hacer las paces. Menos en El padrino. Allí está Sterling Hayden, que ya se ha echado la servilleta por encima de la corbata, y en este momento se le atraganta el bocado por una bala que le han metido en el cuello.

    Los ferrocarriles son especiales para asesinar y arrojar el cadáver al instante. Pero también para idear un crimen perfecto, charlando plácidamente, como en Extraños en un tren.

    Los parques de diversión están hechos para eso, para entretener y divertir. A nadie se le ocurriría que una rueda gigante en su punto más alto sirviera al inescrupuloso personaje de Orson Welles para justificar sus tropelías con la penicilina y todas las muertes que causó. Al fin y al cabo, desde las alturas la gente es puntitos, insectos, dice. Y de paso también se ríe de la democracia, como en El tercer hombre.

    Ya sabemos que las fábricas abandonadas y los edificios derruidos son los preferidos para realizar transas con coches llenos de paquetes que se cambian por otros coches repletos de valijas con dinero. Desde Contacto en Francia en adelante, hay que desarmar todos los autos y contabilizar su peso hasta el último gramo.

    También sabemos que las calles no son seguras, entonces te vas a jugar una partida de billar, pero de golpe te das cuenta de que te han acorralado, estás desarmado y solo podrás salir con vida si pensás milimétricamente tus posibilidades, con una bola de billar y un taco como máximas defensas, como en Carlito’s Way.

    En el baño te pueden ejecutar, en la cocina también. Lo mismo en el jardín o en la piscina. Les encanta derramar sangre en el agua. En la cama ni hablar. Entonces te vienen a buscar unos caballeros con gabardina y sombrero y te dicen amablemente: “Vamos a dar un paseo”. Y te llevan al centro del bosque, donde los pajaritos y el viento que mece los árboles son los únicos sonidos, hasta que… bang, bang, como en De paseo a la muerte.

    Dicen que los días lluviosos el delito disminuye. No es el caso de Paul Newman, que está a punto de resguardarse en su auto de los cántaros que caen del cielo cuando una emboscada de ametralladoras le hace ver las luces por última vez en Camino a la perdición.

    Las comisarías o cárceles tampoco son seguras. Pueden ser asaltadas como en Terminator o Asalto a la prisión 13. Pero lo más paradójico es que en el despacho del detective el propio delincuente le haga el cuento del tío y justifique su inocencia con una historia increíble llena de detalles barrocos y delirios construidos con los objetos que hay en la oficina. Lo hace el presuntamente débil Kevin Spacey y se lo cree Chazz Palminteri en Los sospechosos de siempre.

    Es que en el fondo queremos que nos cuenten un gran cuento. Así como el niño necesita que sus padres le relaten una fantasía para dormir, el adulto reclama una buena historia, aunque sea para morir con una sonrisa.

    Entonces, lo mejor es el cine. Aunque tampoco. Te pueden matar en la sala o a la salida, como a Warren Oates en Dillinger.

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