N° 1667 - 21 al 27 de Junio de 2012
Buenos Aires tuvo su semana de la novela negra con mesas redondas, películas y exposiciones
N° 1667 - 21 al 27 de Junio de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay que observar y buscar evidencias siempre, en todas partes.
Es mediodía y el restaurante Gran Victoria, frente a la Plaza de Mayo, está lleno. La mayoría de los comensales emplea su hora libre para almorzar. Los mozos van y vienen acomodando a la gente que entra, despidiendo a la gente que sale, en una palabra: trabajando como mulas. La tele está sintonizada en un noticiero con la imagen de un padre que dice que su hija ha sufrido quemaduras en el 70% del cuerpo. El padre también aclara que el fiscal pidió la cadena perpetua para el culpable de las quemaduras. Todo esto hay que leerlo, porque el bullicio de los comensales y los platos y las copas es más fuerte que el audio del televisor. Inmediatamente después, con la velocidad de los noticieros, vamos a la Panamericana, donde una toma aérea nos muestra el choque entre dos autos.
En una mesa cercana un hombre habla por su celular: “No te calentés, si cuando vamos en cana, vamos por cualquier boludez”. Está claro: de este lado tenemos al abogado inescrupuloso.
En otra mesa un tipo de cutis blanco come solo. Cuando pasa el mozo lo detiene y le da cierta explicación que tiene que ver con el plato que ha pedido y que por lo visto no es de su agrado. La explicación se basa en un par de moderados gestos que, sin embargo, tienen una extraña e intimidatoria firmeza. El mozo cambia el plato sin dudarlo. Está claro: de aquel lado tenemos al profesional de los trabajos sucios.
Todo hombre tiene sus pasiones oscuras y su precio, y por eso es potencialmente bajo, culpable, hasta que se demuestre lo contrario. Entonces, si miramos bien al resto de los comensales, también descubrimos al señor violador, a la señorita violada, al político corrupto, al policía por vocación (y también por corrupción), a la dama fatal y su marido pelele, al detective muerto de hambre, al narco y al yonqui, al fiscal pusilánime, al vengador justiciero y al asaltante de guante blanco. Todos comen entrada, plato y postre. Algunos agregan una copa de vino, otros café. No sé por qué, pero la sociedad argentina parece más rica que la uruguaya en este tipo de personajes.
Con el fin de celebrar el impulso delictivo, la necesaria persecución del delincuente y todo el maravilloso folclore que se teje alrededor de un hecho y otro, entre el 11 y el 17 de junio se llevó a cabo en la capital argentina Ban!, un festival internacional de novela policial donde las fuerzas del orden y del caos, así como los que escriben sobre esas batallas, se congregaron en el Centro Cultural General San Martín y en el Centro Cultural de España. No hubo muertos, ni siquiera heridos, solo unas cuantas balas de salva. Además, se proyectaron películas (“Monte criollo”, “La bestia debe morir” y “Alias Gardelito”, entre otras), se exhibieron historietas, que es otra forma en la que la serie negra descarga sus energías, y se juntaron en una mesa de librería autores del género, desde maestros hasta alumnos: Chandler, Hammett, Cain, Mankell, Thompson, Blake, Highsmith, Connolly y muchos más.
Según el programa de mano de Ban!, las ganancias del crimen internacional superan los dos billones de dólares anuales, en actividades que incluyen el tráfico de drogas, el juego ilegal, la prostitución y el tráfico de armas. Básicamente, lo que siempre reclaman las bajas pasiones: drogarse, apostar, fornicar y matar.
Hagamos un zoom sobre una mesa redonda de escritores. La autopsia es clara: en diez minutos ya tenemos un ADN concluyente que nos indica que son menos interesantes que los criminales o los policías.
El escritor siempre intenta mostrarse como ingenioso y para ello cuenta alguna anécdota graciosa sobre su trabajo, siempre solitario, o relata su iniciación en el cine o en la literatura, donde exhibe sus conocimientos en la materia, por lo general superiores al resto de los mortales. Además, se identifica casi siempre con el bando progresista y no le cae bien la Policía, porque la asocia con la “represión”, ni los Estados Unidos, porque son el imperialismo par excellence. Y el asaltante le resulta simpático porque es antisistema, es decir antisistema capitalista: el escritor es un fenómeno cuando se lo lee, no tanto cuando se lo escucha.
Por eso, vayamos a la segunda autopsia: los delincuentes, representados en este caso por el español Daniel Rojo. Este señor no necesita anécdotas divertidas: él mismo representa todo un cúmulo de acontecimientos literarios vividos auténticamente.
Grande y barbudo, Rojo cometió 48 atracos, casi todos durante las primeras horas de la mañana, para evitar víctimas. Las mañanas, como él mismo explicó, son más apacibles que las tardes —y sobre todo las noches— a la hora de molestar y pedir el dinero a punta de pistola. En su etapa yonqui, Dany llegó a consumir 25 gramos de cocaína y ocho gramos de heroína diarios. Dormía tres horas semanales. Robaba exclusivamente para inyectarse.
En 1991 cayó en cana. Las cárceles —quienes estuvieron allí dan fe de ello— no son buena cosa, y Dany recibió tres puñaladas en una reyerta. Dos años después, decidió dejar las drogas por completo y se ofreció como auxiliar de los asistentes sociales y de los psicólogos de la prisión. En determinado momento apareció en su vida un evangélico llamado —parece joda, pero es verdad— Ángel Santos, quien realmente lo ayudó en su intento por dejar los tóxicos, enseñándole a trabajar en serio en la recolección de la oliva, como leñador y como estibador, es decir rompiéndose el culo.
Y miren cómo termina esta historia: en una de las tantas revisiones médicas, Dany —que era portador del virus del sida— conoció a una médica (“la única que me auscultó sin guantes”) con quien se sinceró y a quien le detalló su larga, violenta y desprolija vida. Conclusión: se enamoraron, se casaron y tuvieron hijos. Hoy Dany es un ex convicto exitoso, con el dinero de los atracos y una vida nueva por delante. Va por el mundo dando charlas en las cárceles y generando esperanza para la rehabilitación de los reclusos. Empate entre el delito y la ley. “Trabajando, pagando impuestos y puteando al gobierno, también se puede ser feliz”, dice nuestro ex delincuente.
Pero hay más: Dany está azorado con la violencia que impera en el fútbol por estas latitudes. “Tío, es que no tienen por qué pagar por un puñado de vándalos quienes quieren ver un partido de fútbol en paz. A mí me jodía que la Policía se quedara con el dinero de mis robos, cosa que me ha pasado, pero que repriman a los violentos me parece necesario”.
Ahora vayamos a la mesa redonda “El arte de interrogar”, con el comisario Eugenio Zappietro (que además es escritor y guionista de historietas) y Ricardo Raúl Pedace, subjefe de la Policía Metropolitana. Hay una considerable mayor cantidad de público que en las otras mesas. El delito nunca descansa, aunque el aparato represor es popular.
Zappietro hace referencia a un viejo sabueso con quien tuvo el placer de trabajar. “Era de los que traían a los detenidos en el tren”, recuerda, “y su arte consistía en que interrogaba a toda hora y les ganaba a los delincuentes por cansancio”. Y el comisario aclara irónicamente: “Claro, eran tiempos en que las preguntas las hacía la Policía; hoy las hace el fiscal”. Las luces de la sala de conferencias disminuyen su intensidad y alguien dice: “Ahora sí se está preparando el interrogatorio”. Estallan las risas.
Zappietro continúa con las anécdotas del sabueso y remite a un famoso caso en el que fueron asesinadas dos hermanas. Mientras la Policía trabajaba en el lugar de los hechos, un funcionario estornudó y, antes de que el estornudo terminara, un jardinero que andaba por allí gritó: “Salú”. Y el sabueso reparó en ese jardinero, que a la postre sería el asesino de las hermanas.
Pedace, por su parte, explica cómo la Policía Metropolitana trabaja y hace frente a las habituales quejas sobre inseguridad pública. “Hace unos días vino una señora a la comisaría y dijo indignada que no veía pasar a los patrulleros por su barrio. ¿Dónde vive?, le preguntamos. Tal dirección, apartamento segundo B, respondió la señora. ¿Eso da a la calle?, le preguntamos. No, al fondo, dijo la señora. Bueno, ahí está una de las razones por las cuales no ve a los patrulleros, le dijimos. Pero la señora insistía. Conclusión: cada vez que pasa un patrullero por su casa, se detiene y le toca timbre. Ahora la señora se queja de que la despiertan a cualquier hora”. Más risas del auditorio.
Sobre el final de la charla, me acerco a Pedace y le pregunto si le sucedió alguna vez, en sus años de experiencia, que trabas “superiores” se hubiesen interpuesto en una investigación criminal. “Claro, a veces sucede”, responde. “Supongo que usted, como uruguayo, conoce el caso del relacionista público Gaby Álvarez, procesado en Punta del Este por la muerte de dos personas. Bueno: aquí no hubiera ido preso”.
Una vez terminada la jornada, sigo buscando evidencias en la calle, en las galerías, en el ascensor del hotel, como esa colilla con lápiz labial que alguien tiró. Debemos detenernos en una esquina y observar, como lo hace cualquier detective silvestre: el señor que se apresura con un paquete, el que habla por celular y parece tener todo el tiempo del mundo, los taxistas que se detienen en los semáforos, los que comen por la calle, las parejas que se pelean (y las que se arreglan), los que esperan en los umbrales, el que saca la basura, el que apenas se asoma a una ventana.
¿Sería posible una semana de la novela negra en Montevideo? Ojalá que sí, aunque la gran cantidad de escritores progresistas que asistirían debería ser contrastada por la presencia de una mole de derechas como James Ellroy, un tipo que va a la pelea directa, que te dice suelto de cuerpo que votó a Bush padre y a Bush hijo y que se te queda mirando con todo lo grande y malo que es.