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Dicen que Stephen King empezó la historia, no supo cómo terminarla —o le faltó interés— y se la pasó a Richard Chizmar para que hiciera lo que quisiera. Lo dudo. Estos productos son pensados a fondo. El asunto es que Chizmar, que no es ni por asomo tan conocido y eficaz como el maestro King, tiene sus laureles gracias a unos cuantos relatos fantásticos galardonados y publicados en varios idiomas. De este modo salió a dos cabezas y cuatro manos, también dicen que en un mes (eso no lo dudo), esta pequeña novela o más bien cuento que es La caja de botones de Wendy (Suma, Penguin Random House, 2018, 186 páginas), un bombazo editorial con tapas duras e ilustraciones. Un bombazo de los tan necesarios para alimentar a los millones de fanáticos de King.
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Wendy, una adolescente de 12 años de Castle Rock, pueblo cien por ciento kingiano, sube por las Escaleras de los Suicidios hasta la cima de un acantilado y se encuentra a un hombre de negro que la invita a tomar asiento a su lado. El hombre la envuelve con su labia y le regala una caja con botones de colores, siete por cada continente más uno negro. La caja tiene una palanca que dispensa exquisitas chocolatinas y monedas de plata de 1891, y también posibles desgracias a través de la botonera. Mucho cuidado con el botón que apretás, le dice el hombre de negro a Wendy, especialmente con el botón… negro.
La caja representa algo así como un pacto con el diablo: te da cosas y también te puede quitar cosas, o dañar a terceros. El asunto está en cómo lo maneja una muchacha de 12 años, con sus deseos y enfados. Se sabe que un adolescente puede ser más peligroso que un mono con navaja.
Los capítulos son extremadamente cortos y tienen suficiente aroma a King: pueblo chico, infierno grande, horror inminente. Las referencias históricas están centradas en los años 70, específicamente en lo ocurrido en la Guyana con la secta de Jim Jones y su bendita Jonestown. Muchas veces, los horrores contemporáneos parecen operar a la velocidad de un botón pulsado con todas las ganas.
También existen botones rápidos —o teclas en este caso— para generar a puro oficio este librito, que no pasa de ser un Enlatado King, con los elementos que el consumidor pide, un buen concentrado de suspenso, pero también con sabores artificiales y conservantes.