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    viernes 07 de junio de 2024

    El ebook, 15 años después

    El libro en papel resistió y resiste con inmensa fortaleza. Según estimaciones de consultoras especializadas, en el habla hispana la cifra de ventas de los libros digitales representa entre el 10 y 15% de los libros vendidos

    Se podría realizar una historia de los inventos, de las tecnologías que no funcionaron, o que fracasaron o que duraron poco. Esas tecnologías que parecían que venían a cambiarlo todo y que, por diferentes razones, no cumplieron su promesa se quedaron en el camino, y hoy son parte, precisamente, de la historia. Porque pese a que vivimos en una época de optimismo tecnológico, en la que asistimos a diario a publicidades —cubiertas o encubiertas— sobre la novedad de la tecnología como forma de “entrar en el futuro”, como “el espíritu de la época”, cierto es que a veces —y muchas veces— las cosas no fueron de ese modo.

    Tomemos por ejemplo un caso de los que ya están totalmente olvidados: la máquina de escribir eléctrica. Surgida en la década de 1920, pero popularizada a fines de los años 50 y sobre todo en los años 60, para quien no las recuerde, esas máquinas de escribir eliminaban la conexión mecánica directa entre las teclas y el elemento que golpea el papel, es decir que reemplazaba las barras de tipos por una especie de bola con letras moldeadas en la superficie, que rotaba gracias a un motorcito ruidoso. La máquina —que se enchufaba al tomacorriente igual que cualquier otro aparato eléctrico— hacía que la bola girase hasta encontrar la posición correcta, golpeando contra la cinta y el rodillo y escribiendo la letra que un instante antes se había presionado en el teclado. Toda esa ingeniería tenía una única finalidad: la velocidad. Pero esa misma velocidad hacía que, casi siempre, las teclas se disparasen demasiado rápido (el más mínimo roce hacía que la tecla se marcara involuntariamente, y no una vez, sino varias, hasta dejar escritas palabras como corazzzzzón, por dar un ejemplo). Roland Barthes, tal vez el más grande crítico literario y cultural de la Francia del siglo XX, se fascinó con ese invento y llegó a decir que, con la máquina de escribir eléctrica, “los textos ya no se escriben con la mente sino con la punta de los dedos”. Su artículo envejeció tan rápido como la máquina de escribir eléctrica.

    También hay invenciones tecnológicas que fueron dominantes durante un tiempo, que parecían hegemónicas, pero luego, como en una especie de obsolescencia no programada, cayeron en desuso. En el caso de la música las cosas se suelen dar de ese modo. ¿Cuánto duró el casete como tecnología? El walkman, como su nombre lo indica, implicaba la posibilidad de llevar la música con nosotros a todas partes. Es cierto que el casete tenía muchos defectos, las cintas se rompían o se estiraban y el sonido era malo. Entonces apareció la tecnología superadora, una que esta vez sí pensábamos que iba a durar para siempre: el compact disc (CD). Es decir, la posibilidad de comprimir sonidos sin que la calidad baje demasiado (era un poco peor —sobre todo en términos de amplitud— que los discos de vinilo, pero igualmente el sonido del CD era digno). El CD se expandió mucho más que el casete y parecía que iba a reinar para siempre. No fue el caso. Para los que todavía tienen CD (o los compran en lugares vintage) es muy difícil encontrar reproductores donde hacerlos andar. Volviendo a los casetes, en Días perfectos, la película de Wim Wenders filmada el año pasado, el protagonista, un cincuentón, todavía escucha casetes en el auto y en su casa y cada vez que se encuentra con un joven veinteañero (su sobrina, un compañero de trabajo y su novia) no entienden cómo funciona esa tecnología (no saben poner un casete en la casetera) porque nunca habían visto uno antes. La tecnología cuando muere parece no dejar rastros de su existencia. ¿Cuánto durará Spotify? Imposible saberlo. Pero ya vivimos con la certeza de que lo que parece para siempre puede dejar de existir de un día para el otro.

    A la inversa, hay tecnologías que duran desde hace cientos de años, si no desde hace miles. Por supuesto, la rueda o la carretilla, que aparecen siempre como herramientas básicas del pasaje del hombre al estado de cultura en los origines de la propia humanidad. Saber prender fuego y administrarlo pertenece a esa tradición. Un poco más reciente, pero también milenaria, hay otra tecnología que resultó un éxito insuperable: el libro. Los textos impresos. Primero, en forma de papiros, de rollos, de pergaminos. Y luego, como libro hecho a mano, que según el consenso de los estudiosos surge en la antigua civilización mesopotámica por los sumerios, en el IV milenio a. C. Con el paso de los siglos aparecieron los copistas, que copiaban los contenidos del libro confeccionado siempre a mano. Por supuesto, el modo artesanal de la confección hacía que fueran pocos los ejemplares en circulación, que eran sobre todo leídos por las élites. Hasta que hacia 1440, con la invención de la imprenta, se inventa también el modo de producción industrial del libro, algo que va a cambiar la historia de la cultura para siempre. Casi 600 años después, todavía vivimos bajo los efectos de esa revolución. La cultura del libro impreso industrialmente cambió para siempre no solo la cultura, sino la idea misma de nuestra forma de estar en el mundo. Es uno de los más exitosos —si no el más exitoso— invento tecnológico-cultural de la humanidad. Unas cartulinas que funcionan como tapas y, adentro, hojas de papel liviano, en un formato relativamente pequeño y flexible, pocos inventos tan sencillos y tan invencibles en su aceptación global.

    Pero ¿habrá llegado a su fin? ¿El e-book, el libro digital, llegó para reemplazarlo? Lanzado de manera popular, con una inmensa campaña de marketing, en la Feria del Libro de Frankfurt de 2009 (aunque su desarrollo es bastante anterior), parecía tener todo para destronar al libro en papel y pasar a ser la tecnología dominante en la lectura. Permítanme, sobre este tema, una digresión, una pequeña anécdota a modo de ejemplo: por esa época, una editorial de Buenos Aires organizó una mesa redonda sobre el estado de la edición e invitó a participar a uno de los libreros más importantes de la ciudad. Pero este aceptó la invitación solo si no se hablaba de los e-book. Cuando se le preguntó por qué, dijo: “Porque no quiero hablar de lo que me va a dejar sin trabajo”. Si los libros en papel corrían el riesgo de desaparecer, también corrían ese riesgo las propias librerías e, incluso, iba a generar también cambios muy profundos en la forma de organización de las editoriales, en donde los editores deberían reconvertirse en una especie de “gerente de contenidos”. Y también, y sobre todo, iban a traer un cambio absoluto en la forma de leer y consumir textos (porque ya no serían impresos, sino precisamente digitales). La revolución digital había llegado al libro (como antes a la música) y los cambios parecían ser igualmente irreversibles.

    15 años después, ¿eso es lo que ocurrió? ¿Qué balance se puede hacer del éxito —o no— del e-book una década y media después? Pues la primera constatación es que eso no pasó. El libro en papel resistió y resiste con inmensa fortaleza. Según estimaciones de consultoras especializadas, en el habla hispana la cifra de ventas de los libros digitales representa entre el 10% y 15% de los libros vendidos. No es poco. Pero está lejos, lejísimo, de convertirse en la tecnología dominante. En Estados Unidos la parte del mercado es un poco mayor, pero tampoco logra superar a la de los libros físicos. El e-book se fue orientando, por un lado, hacia los best-sellers y, por el otro, en los textos académicos, revistas especializadas y contenidos específicos. Es también utilizado por los profesionales de la edición y por un público joven o, incluso, adolescente. Pero muy lejos de la promesa de éxito rápido y absoluto de ese ya lejano 2009. ¿Eso implica que el e-book fracasó? Esa sería una afirmación temeraria. Las ventas de e-book aumentan, aunque no mucho, año a año. Y el mundo va cada vez más hacia las aplicaciones digitales y los soportes virtuales. No hay por qué descartar que eso termine pasando con los libros. Pero, entre tanto, estos 15 años han marcado una resistencia e, incluso, un triunfo del libro en papel. El futuro no fue como se esperaba y ahora está abierto.

    (*) Escritor, editor, columnista del diario Perfil, sociólogo del Ecole de Haute Etudes de París y caballero de las artes de Francia.

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    2024-05-22T20:54:00