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Una vez más, la vuelta a los orígenes. Si tan bien están funcionando las historias de traición, las batallas épicas, los duelos entre reinos, las tormentas de espadas, la fantasía heroica, qué mejor que ir a las fuentes, qué mejor que recurrir a ese libro inagotable y cargado de alegorías y lecciones que contiene todos los géneros. En laBiblia no falta nada, y en el Antiguo Testamento hay material suficiente para grandes éxitos de Game of Thrones: reyes dementes, aniquilación de pueblos enteros, asesinatos de mujeres y niños, hambrunas, masacres proféticas, gestas imposibles, oráculos, decapitaciones y desmembramientos, animales enfermos, pestes y plagas, catástrofes naturales y de escala desproporcionada, escenas gore donde explota la ira del hombre y de Dios.
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Y hay una historia fabulosa que ya ha sido contada, la del Éxodo del pueblo hebreo guiado por Moisés. Relato épico que Cecil B. DeMille puso en escena en Los 10 Mandamientos, con Charlton Heston como Moisés y Yul Brynner como Ramsés II, en 1956, y que incuso tiene una versión animada y musical, El príncipe de Egipto, a manos de la firma de Steven Spielberg, Dreamworks, con las voces originales de Val Kilmer y Ralph Fiennes interpretando a los hermanos enfrentados.
Ahora, el que toma la posta para recrear el segundo libro del Antiguo Testamento es el curtido Ridley Scott, cineasta británico que en su momento tuvo un debut insoportablemente genial, metiendo tres golazos de media cancha, uno tras otro: una exquisita adaptación de Joseph Conrad (Los duelistas), una novela negra futurista y cyberpunk (Blade Runner) y un viaje aterrador y fascinante allí donde nadie puede oírnos gritar (Alien, el octavo pasajero). Su filmografía posterior fue laberíntica y despareja, aunque hay que reconocer que siempre ha buscando un ángulo original, una estética cuidada (y, a veces, pasada de cuidada, tan cuidada que parece publicitaria), y ha sabido combinar intensidad épica con dramatismo íntimo (La caída del Halcón Negro), sin perder frescura y humor (Thelma & Louise).
Scott parece más que indicado para esta labor. Ha viajado en el tiempo, mostró las entrañas del Coliseo romano como nunca antes (y si se mira detenidamente, hay cierto aroma a la imponente Gladiador en Éxodo: dioses y reyes), atravesó la Edad Media en Cruzada y Robin Hood y llegó al “Nuevo Mundo” en 1492: La conquista del paraíso.
El Éxodo bíblico es, además de todo, un relato sobre el reencuentro con la identidad perdida, una historia sobre la codicia y el poder, sobre la fe y el cuestionamiento a esa fe, sobre cómo algunos hombres que buscan dominar a los demás son los menos indicados para hacerlo y sobre cómo otros que prefieren mantenerse al margen son elegidos, a su pesar, para conducir a un pueblo. Es un relato del arquetipo del héroe.
La película comienza con la historia ya avanzada, con Moisés adulto (Christian Bale, con esa expresión del que ya se está acostumbrando a interpretar a elegidos) viviendo como general en Menfis, capital del Antiguo Imperio egipcio, junto a su hermano adoptivo, el paranoico Ramsés II (Joel Edgerton: rapado, ultrabronceado, aguantando la panza y con el delineador de ojos en modo stripper), bajo el amparo de Seti, el gran faraón (John “Sí, yo también me pregunto qué estoy haciendo acá” Turturro), en palacetes tan lujosos, tan limpios y tan sobrecargados de sedas y cestas con frutas y almohadones que parecen dispuestos para un especial de Roberto Giordano o algo con estética similar.
Luego, el pasado hebreo de Moisés saldrá a la luz, se iniciará el camino del héroe, el exilio, todo de lo que se han nutrido Batman, Superman, The Matrix y Star Wars, hasta que recibirá el llamado de Dios, que no solo se le aparecerá representado en una zarza llameante, y él aceptará el llamado y hará algo al respecto. Así pasa Moisés a Moshé, de príncipe egipcio a hebreo revolucionario. Scott hace suya la historia y agrega, modifica y quita elementos y detalles, muchos de los cuales resultan originales y acertados: lo hace con la zarza en llamas, con las conversaciones entre Moisés y el mensajero que envía Dios, y lo hará más adelante con las Tablas de la Ley, entre otros asuntos.
Y gasta buena parte del presupuesto, de casi 200 millones de dólares, en la reconstrucción majestuosa de la ciudad de Menfis (que es como la estadounidense Las Vegas aunque sin neón sangrante, sin moquetas, sin limusinas y sin monumentos evocando ciudades europeas) y en su Makot Mitzrayim combinando acción real con tecnología CGI. Primero, con un brutal ataque de cocodrilos que mata a peces y pescadores y tiñe de sangre el Nilo, dando inicio al avance de las plagas que azotarán la ciudad para que Ramsés libere por fin a los esclavos hebreos de Egipto. Ranas, que luego mueren y se pudren y traen moscas e infecciones. Y la piel ultrabronceada de Ramsés II se llena de erupciones y sarpullidos. Y se enferma el ganado y cae granizo y llegan las langostas y luego las tinieblas y, con ellas, la muerte de los primogénitos que no son hebreos... Terrible todo. Incluso el propio Moisés queda sorprendido. Con Dios y con los efectos especiales.
Scott, colocando un pie en el realismo, alejándose de los desbordes de Darren Aronofsky en Noé, se guarda una sorpresa para la división de las aguas del mar Rojo. El viaje, de todas formas, es tan desordenado y tan desparejo como el casting (ustedes no van a creer, pero esa señora de allá, es Sigourney Weaver), y uno de los grandes asuntos que quizás el director quiso abordar, a todo esto, queda ahogado entre tanta vuelta. La rivalidad y el amor entre hermanos que usan espadas intercambiadas, presentados desde el comienzo del filme, es un punto en el que Scott intenta volver, mostrando cómo uno de ellos, con humildad, busca salvar al otro, cuya propia codicia y ambición se han convertido en veneno de sí mismo. El fime está dedicado a su hermano Tony, director de Top Gun, que se suicidó en agosto de 2014.
Éxodo: dioses y reyes (Exodus: Gods and Kings). Reino Unido-Estados Unidos-España, 2014. Director: Ridley Scott. Guión: Adam Cooper, Bill Collage, Jeffrey Caine, Steven Zaillian. Con Christian Bale, Joel Edgerton, John Turturro, Ben Kingsley, Aaron Paul, Sigourney Weaver. Duración: 150 minutos.