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    El engendro que se volvió mito

    Obras maestras: Frankenstein, ciencia y terror en la joven pluma de Mary Shelley

    El monstruo nació en 1816, en las afueras de Ginebra, Suiza. Allí, en un verano lluvioso e inestable, coincidieron un grupo de escritores, entre ellos el médico John William Polidori, los poetas George Byron y Percy Shelley. Y allí también había una mujer llamada Mary, esposa del poeta Shelley. Ella aún no era famosa, pero lo sería a partir del personaje que creó en ese encuentro y que le dio un lugar en el mundo literario. El grupo de ingleses allí reunidos, todos audaces, creativos y talentosos, sortearon el mal clima de verano leyendo libros alemanes sobre fantasmas y filosofando sobre temas sobrenaturales. Entonces a lord Byron se le ocurrió que ellos también podían escribir una de esas historias. Y así lo hicieron rodeados de un paisaje de montañas que se recortaban bajo la lluvia. Todo muy gótico.

    En ese momento, Mary Shelley tenía 19 años y escuchaba silenciosa las conversaciones nocturnas que mantenía su esposo con Byron. Y fue uno de esos intercambios, sobre la “naturaleza del principio de la vida”, el que despertó en ella imágenes terribles y al mismo tiempo atractivas para escribir su relato, el único que llegó a concluirse en el grupo. Finalmente, esa historia se publicó en 1818 bajo el título Frankenstein o el moderno Prometeo. En su primera edición, el prólogo lo había escrito Shelley, el poeta, quien se hizo pasar por Mary. Pero en 1831, la autora revisó la novela y escribió su propia introducción, donde explicó su proceso creativo.

    “Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada no pude dormir, aunque tampoco podría asegurar que estuviese pensando. (…) Vi el horrendo fantasma de un hombre yacente, y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello dio señales de vida y se agitó con un torpe, casi vital movimiento. Era espantoso, porque supremamente espantosas deben ser las consecuencias de cualquier tentativa humana de imitar el asombroso mecanismo del Creador del mundo. (…) Al día siguiente anuncié que había pensado una historia”.

    Fueron muchos lo que creyeron que la novela la había escrito el poeta y no su esposa, como le sucedió a Walter Scott, quien publicó una elogiosa reseña: “El autor parece revelar una insólita capacidad de imaginación poética. (…) No es poco mérito, a nuestro entender, que la historia, aunque violenta, esté escrita en un inglés claro y vigoroso, sin la mezcla hiperbólica de germanismos que suele encontrarse en las historias fantásticas”.

    Además del estilo directo y preciso, lo primero que asombra es que una joven de 19 años haya escrito esta novela de reflexiones filosóficas que pone en cuestión la moral científica. Uno de sus protagonistas es Víctor Frankenstein, un estudiante de medicina que en su afán por llegar al origen de la vida, recurre primero a la muerte, y la va a buscar a osarios y cementerios donde descubre “la degradación y la destrucción de la delicada forma humana” y cómo “la corrupción de la muerte vencía al tenor floreciente de la vida”.

    Así, entre estudios de química y de energía, el joven científico llega a dar vida a la materia inanimada y luego a “armar” un ser de grandes dimensiones a partir de restos humanos, al que también le otorgará la vida. Igual que Prometeo, que les arrebató el fuego sagrado a los dioses, el joven Frankenstein se transforma en un dios que engendra un monstruo sin nombre, pero que pasará a la historia con el de su creador en una especie de contrapunto macabro.

    Además del trasfondo de ciencia ficción, la historia de Frankenstein es también la de una venganza de ribetes románticos. Dotado de inteligencia y sentimientos, el monstruo enfrenta el miedo y rechazo de la sociedad, y experimenta uno de los sentimientos más tristes: la soledad. Por eso le pide a su creador una compañía. Víctor en principio accede, pero se arrepiente antes de darle vida a la mujer monstruosa que había “armado”. Es entonces que surge lo más bestial del monstruo, que comienza a matar, lo que a su vez desencadena otra persecución para eliminarlo.

    La novela está escrita con un estilo que mezcla el realismo con el naturalismo gótico, y asombra por la elaboración de los personajes, que van creciendo en la trama. Entonces hay que detenerse en Mary Shelley, esa joven atípica para la mentalidad inglesa del siglo XIX, y también en sus padres. Su madre se llamó Mary Wollstonecraft y murió de una infección generalizada después de parir a su hija. Había sido una filósofa pionera del feminismo, autora del libro Vindicación de los derechos de la mujer, hoy una obra clásica en esa temática. El padre fue William Godwin, un intelectual y ensayista comprometido con la libertad y la justicia, autor de Investigación acerca de la justicia política, y de Caleb Williams, considerada la primera novela inglesa de detectives, también de estilo gótico.

    Al poco tiempo de quedar viudo, Godwin se casó con su vecina, que nada tenía que ver con su primera esposa y a la que su hija Mary detestaba. Tal vez por eso, a la primera oportunidad, la joven se fugó con su enamorado, Percy Shelley, un poeta seguidor político de su padre. Cuando se conocieron, ella tenía 17 años y él 22, y estaba casado. Comenzaron a verse en secreto, en la tumba de la madre de Mary, hasta que un día la relación tomó más cuerpo y ya no pudieron ocultarse. Entonces, ante el escándalo y rechazo familiar, se fugaron junto con Claire, la hermanastra de Mary.

    Allí la biografía se vuelve un torbellino de viajes por Europa y de vida bohemia, de coqueteos entre Shelley y su cuñada, de coqueteos de Mary con un amigo de la familia. También un torbellino de problemas económicos y de muertes. Muchas muertes. Primero murió la primera hija de la pareja que había nacido prematuramente; luego vino el suicidio de Harriet, la esposa de Shelley, y el casamiento de la pareja en 1816. Ese fue el año de la visita a Suiza y del germen de Frankenstein. Pero las desgracias continuaron y la pareja perdió otros dos hijos. No es casual que en la novela el niño que mata la bestia se llame William, como la pareja le había puesto a su tercer hijo, que murió de malaria. A partir de entonces, Mary cayó en una profunda depresión, de la que solo salió cuando nació su cuarto hijo Percy Florence en 1819. Ese sí sobrevivió.

    Apenas publicado, Frankenstein se convirtió en un best seller. Sin embargo, el éxito llegó con un costado cruel y el nombre de Mary Shelley quedó “tapado” tras el de Frankenstein, y también tras el de su marido. Además sus otras obras, crónicas de viaje, cuatro novelas y un diario, nunca lograron trascender. “Mi imaginación está muerta, mi genio extraviado, mis energías dormidas”, escribió Mary en su diario. Luego se dedicó a editar los poemas de su esposo, quien murió ahogado en un accidente de barco velero.

    Más que su trasfondo filosófico, lo que proyectó a Frankenstein fue la historia de terror, sobre todo en sus versiones cinematográficas, que terminaron de asimilar el nombre del médico con el de su criatura. También a partir de esta novela aparecieron otras tantas de estilo gótico en las que los muertos cobraban vida.

    Una cabeza casi cuadrada, una frente anchísima, ojos enormes de mirada triste y un clavo que atraviesa el cuello: así fue el monstruo creado por James Whale en 1931 e interpretado por Boris Karloff. No era idéntico al descripto por Mary Shelley, pero tampoco estaba muy lejos: “Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso; los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado y los finos y negruzcos labios”.

    Después siguieron decenas de versiones cinematográficas con el monstruo cada vez con más costuras. La lista incluye una comedia de Mel Brooks (El joven Frankenstein, 1974) y llega hasta el Frankenstein, de Mary Shelley (Kenneth Branagh, 1994), interpretado por Robert de Niro, que se ajusta a la historia original. Como todo clásico, la novela tuvo infinidad de publicaciones. Una de las últimas es de 2015 y se puede conseguir en su edición de bolsillo (Penguin Clásicos).

    Inspirado en el Satán de El paraíso perdido de John Milton, el monstruo de Mary Shelley solo se libera con la muerte. Y hay que volver a leer ese final espectacular con la terrible mole lanzándose contra un bloque de hielo y desapareciendo en el agua. A partir de ese momento, pasó a formar parte de los grandes mitos.

    Vida Cultural
    2016-06-23T00:00:00