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    El español Andrés Lima dirige a la Comedia Nacional en Edipo rey, de Sófocles

    “Edipo se parece demasiado a cada uno de nosotros y refleja lo mejor y lo peor de lo que hacemos o somos capaces de hacer. ¿Cuánto es el dolor por la verdad que hace que te arranques los ojos para no verla?”, se pregunta Andrés Lima, uno de los directores españoles más relevantes de la escena de su país en las últimas décadas, convocado por la Comedia Nacional para dirigir Edipo rey, estrenada el sábado 11 en la sala principal del Teatro Solís.

    Nacido en Madrid hace 61 años, se formó como actor y rápidamente se inclinó por la dirección. Empezó en el teatro independiente madrileño en los años 80, en la compañía Animalario, cultora del teatro visceral de Antonin Artaud. “Empezamos en los bares, en los antros”, dijo a Búsqueda, entrevistado días atrás durante un alto en los ensayos de este montaje de gran porte, que incluye una docena de actores y otro tanto de diseñadores y técnicos. Como actor se destacan sus interpretaciones de Falstaff en varios montajes isabelinos (también dirigió la ópera Falstaff).

    Actuó en títulos de Lope de Vega y Valle Inclán, y también en la pantalla, donde actuó bajo las órdenes de cineastas como Milos Forman, en Los fantasmas de Goya, y David Serrano, en Días de Cine. En su trabajo tanto como autor y como director ha plasmado su visión crítica del capitalismo. Incursionó en la dramaturgia pero su fuerte es la dirección. Desde los 90 está ligado al Centro Dramático Nacional, una de las principales instituciones públicas de las artes escénicas españolas, con la que estrenó varios espectáculos. Además ha sido convocado por compañías madrileñas como Teatro de la Abadía y Teatro de la Zarzuela.

    En los últimos 25 años dirigió más de 20 espectáculos. Varios de ellos son de Juan Mayorga, uno de los popes de la dramaturgia española. También hizo Shakespeare, Arthur Miller, Harold Pinter y Peter Weiss, entre otros. Ha ganado cinco premios Max (el principal de España) a la mejor dirección, el último por Shock 1(el cóndor y el puma), en 2019, una pieza inspirada en el ensayo La doctrina del shock, de Naomi Klein, que a su vez está enmarcado en el golpe de Estado de Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende.

    En una de las ventanas de actividad escénica que se abrieron en la pandemia, en 2021 estrenó Shock 2, sobre la doctrina monetarista de Milton Friedman y los Chicago Boys. Tras dos invitaciones frustradas, la tercera fue la vencida y Lima llegó a Uruguay para cumplir su sueño pendiente de meterse con un mito que está en la base de la cultura occidental y que constituye una base conceptual con alcance literario, filosófico, psicológico y, por supuesto, teatral. A continuación, una síntesis de la charla.

    —¿Cómo surgió tu vínculo con la Comedia para hacer Edipo rey?

    —Bueno, me llamó Gabriel Calderón directamente. Admiro mucho su obra, así como la de sus coterráneos Sergio Blanco y Marianella Morena (los tres autores y directores uruguayos con mayor presencia en la escena española). Había leído sus obras pero lo conocía de antes, de haber compartido una estancia en el Royal Court de Londres con Mariana Percovich, con quien nos hicimos amigos personales pero también establecimos un vínculo teatral. Me interesó mucho lo que hacía ella. Al cabo de los años, cuando estaba en un cargo público (directora de Cultura de la Intendencia de Montevideo) me llamó para hacer aquí un Lorca, pero no pudo ser. Después me llamó Mario Ferreira cuando dirigía la Comedia y tampoco pude. El caso es que, al final me invitó Gabriel y ahora sí podía. Le dije que sí y aquí estoy, encantado. De Gabriel vi Ana contra la muerte, buenísima, y me entusiasmó su adaptación de Ricardo III, con el actor catalán Joan Carreras (estrenada en Uruguay como Algo de Ricardo y rebautizada en España como Historia de un jabalí), que ganó varios premios en España. Cuando algo me entusiasma, me dejo guiar por eso.

    —¿Y qué te entusiasmó de Calderón?

    —La potencia que tiene escribiendo. Que es puro teatro, muy atractivo, muy rompedor, pero al mismo tiempo que llega a todo el mundo. A mí me gusta mucho la concepción del teatro popular, que llega hasta el último espectador, hasta el último rincón de cada país, pero que no reniega de la profundidad en el texto o del riesgo teatral que conlleva representarlo. No creo que haya que dárselo fácil al público. El público está superentrenado y entiende todo tipo de reglas dramatúrgicas rompedoras. Hemos visto ya muchísimas cosas que hacen que el teatro sea muy rico temporalmente. Y un público habitual de un teatro grande sabe lo que es una performance, sabe lo que es el teatro por minutos, sabe lo que es el teatro épico, sabe lo que es el teatro veneciano, sabe lo que es Artaud, sabe más o menos todo.

    —¿Estás hablando de España?

    —Estoy hablando de España y yo creo que de aquí también. Porque dentro del inconsciente colectivo teatral, el siglo XX nos preñó de un montón de ideas, unas buenas, otras malas, pero un montón. Y nosotros somos hijos de ese siglo XX. Ahora mismo el teatro tiene una libertad tremenda para mostrar en el escenario lo que quiera. Y yo creo que eso es importante. Este mundo hiperconectado está revalorizando la experiencia de conectarte con el escenario. Lo puso en evidencia más que cualquier otra cosa la pandemia. Después de la pandemia, ¿cómo volvió a ocupar los teatros la gente? Pues con todo. La experiencia del encuentro, la fiesta, es una de las bases filosóficas del teatro y todas las artes vivas. El rock lo tiene muy claro. Los conciertos de rock son eso. En el teatro aún más que en la música: como no acudas, aunque sea teatro de calle, aunque sea teatro en casas, no sucede nada. Necesitamos como el pan la comunión con el público.

    Edipo rey es un proyecto original para la Comedia. ¿Lo tenías en mente y aprovechaste la invitación para proponerlo?

    —Sí, lo tenía en la cabeza. Cuando me comentó Gabriel que esta temporada quería revisar clásicos inmediatamente le dije que quería montar Edipo rey. Hace tiempo en España inicié una experiencia que se llamaba Teatro de la Ciudad, que se dedicó a investigar en la tragedia griega. Yo monté Medea y dos compañeros con los que hice este experimento, montaron Edipo y Antígona. Hacíamos talleres, investigábamos en los temas que subyacen a estas historias y sobre las formas teatrales de la tragedia griega. La tragedia griega es una fórmula teatral que ha sobrevivido desde cinco siglos antes de Cristo hasta hoy. Sigue siendo un género muy moderno, que llega muy directamente al público. Está en la esencia de cualquier otro tipo de teatro que haya habido, es la esencia del coro, de los diálogos escritos por los tres grandes: Sófocles, Eurípides y Esquilo. Cualquier diálogo entre Jasón y Medea, entre Edipo y Yocasta, o entre Antígona e Ismene, es un diálogo rápido y fuerte que puedes encontrar en una película de Scorsese. Esta teatralidad enorme me apetecía mucho. Edipo es el paradigma de la pregunta de si nos conocemos realmente a nosotros mismos. ¿No? Y eso me daba pie para utilizar una técnica que a mí me gusta mucho, que es el vídeo en directo. Me propuse llevar al escenario una versión fiel del texto realizada por mi colega Alfredo Sanzol, la cual intervine un poco. Al mismo tiempo imaginaba una actuación muy contemporánea exacerbada por un primer plano que nos ayude a entrar en el misterio que habita la cabeza de Edipo, que al fin y al cabo es el de cualquiera de nosotros. En ese misterio se mezclan, mucho antes que las ideas judeocristianas, el sentimiento de culpa, el instinto asesino, la corrupción institucional, la ocultación de esa corrupción y, por supuesto, el incesto, que da lugar después a la tragedia.

    —El incesto es lo más famoso de esta obra, y es lo que inspiró a Freud…

    —Es lo más famoso, pero es uno de los componentes, nada más. Me interesa mucho cómo se defiende Yocasta de esa acusación. Es muy transgresor todo lo que se toca en Edipo, cuestiona no solamente al poder sino los cimientos morales del ser humano. Y eso es lo que lo hace tan interesante. Que aunque hayan pasado 2.500 años, nos seguimos viendo reflejados.

    —Dirigís a la par en dos capitales teatrales europeas como Madrid y Barcelona. ¿Qué diferencias y similitudes ves entre ellas?

    —Estamos muy mezclados en el mundo teatral español. Son dos centros de producción diferentes. Cataluña tiene su propio Teatro Nacional, y en toda España hay redes de teatros nacionales que abarcan todas las regiones y provincias por donde se puede girar. Hay decenas de polos teatrales distribuidos en todo el territorio. Sería bueno que hubiera una mayor descentralización, pero las políticas autonómicas y nacionalistas no han acrecentado ese intercambio. La integración podría ser mucho mayor. De todos modos, ha habido bastante mezcla, una buena contaminación entre directores, autores y actores. Tengo mucha relación de trabajo con los autores catalanes y ellos conmigo. La dificultad está en la gran distancia que hay entre el mundo teatral y el de la política que define el mundo teatral.

    —¿La causa de la independencia catalana ha acentuado esa distancia política de la que hablás?

    —Indudablemente que sí. Pero no redujo el intercambio cultural. No se quebró. El teatro mantiene mucha más ligazón que las voluntades políticas. El teatro sí que se mezcla, se contamina y viaja. Los estamentos políticos no facilitan del todo eso al buscar siempre una identidad por comunidades, que tiene algo bueno, pero algo malo también, en la falta de conexión total.

    —¿Y a nivel de estética?

    —Es una época muy ecléctica. Es verdad que cuando yo empecé la referencia absoluta era el teatro catalán. Teatro independiente de Els Joglars, La Fura del Baus, los comediantes de Sabadell. Después de la transición, la conexión de Cataluña con Europa era mucho mayor que la de Madrid. Y eso generó espectáculos muy brillantes e innovadores. Después comenzó un movimiento más alternativo de lo independiente en Madrid; toda mi generación comenzó en los bares, haciendo teatro en los antros, buscando al público en las márgenes, y poco a poco fue conquistado interés. Ahí el foco se centró en Madrid. Pero ahora mismo en Galicia, en Salamanca, en Andalucía, hay grupos interesantísimos. El pulso, la salud teatral en España, creo que es general. El mayor problema es que quien detenta el poder comprenda la necesidad de una filosofía política o de un plan teatral o para la cultura en general, que sea interesante. Entonces, según quien gobierna aumenta o disminuye el interés por la cultura. Ahora estamos pendientes a ver qué pasa. Últimamente el espectro ideológico ha variado fuerte, y creo que es muy bueno el resurgimiento de la izquierda con Podemos, que hizo posible la coalición que ahora mismo sigue en el poder. Lo que sí que me da mucho miedo es la radicalización hacia la derecha.

    —Tenés puesta una camiseta de los Rolling Stones. ¿Hay un vínculo con el rock en tu teatro?

    —Yo nazco al teatro en los ochenta. Soy hijo de esa transición y de todo lo que supone. Creo que el rock español en los ochenta fue fundamental e incluso llegó fuerte a América, con grupos como La Polla Records y solistas como Loquillo. Para mí, la música es muy importante. En esta obra he colaborado con Santiago Marrero, a quien no conocía. Me lo recomendó Gabriel (Calderón). Escuché cosas que había hecho solo, en su grupo (El Cuarteto de Nos) y para un espectáculo de danza, y me encantaron. Es un músico con un lenguaje muy amplio, muy contemporáneo, idóneo para este montaje. Estoy disfrutando un montón con él.

    —¿Cómo fue el montaje con los actores de la Comedia?

    —Muy placentero. Me he encontrado con una compañía muy cohesionada, con una compañía que puede trabajar en registros diferentes, que puede actuar muy bien y que tiene una predisposición colectiva al trabajo enorme, que es fundamental. Basé el montaje en la idea del coro, en la idea de lo colectivo, y se lo debo a los actores. Más allá de la tragedia humana que plantea Edipo, nuestra propuesta como artistas es poder preguntarnos en coro, un coro de ciudadanos; desde el primer día les propuse la idea de que los personajes se desprenden del coro y vuelven al coro. En un espacio metafórico, siempre me interesó el juicio al que la ciudad expone a Edipo, pero que él acepta y lleva a cabo. Toda la función es un gran tribunal con testigos que pueden ser sospechosos e incluso culpables, dependiendo de la corrupción que existe previamente. En una lectura política, todo lo que sucede en Edipo puede ser verdad o mentira o puede ser sencillamente cómo evitar la culpa. Edipo es un hombre normal y eso es muy interesante. No se pone por encima de nadie. Lo único que le distingue es ser el rey, que no es poco, pero la ciudad lo pone en cuestión todo el tiempo. Y ahí es donde entra la corrupción. ¿Cómo es posible que todos crean o sepan que Edipo es el culpable de haber matado a su padre y de acostarse con su madre menos Edipo? Cuando se supone que es un tipo inteligente porque viene avalado por haber resuelto brillantemente el acertijo de la esfinge. El propio Séneca, 500 años más tarde, aporta en su Edipo el hecho de que el sentimiento de culpa por saber que hay algo corrompido dentro suyo está desde el principio. Entonces la investigación surge, como sucede con los poderosos contemporáneos, para lavar su nombre. Y poco a poco va cavando su tumba. Y eso lleva a algo muy característico del poder que es la ocultación de la corrupción propia, pero al mismo tiempo Edipo se va tornando un hombre con el que nos podemos identificar. Ahí es donde Sófocles es grande, porque logra que un ser poderoso, violento, posiblemente corrupto, y en muchos casos amoral, sea uno de nosotros, una persona normal.

    El viejo mecanismo por el que uno se miente a sí mismo y se convence de que esa mentira es verdad...

    —Exacto. De hecho, es muy bonito porque es un mecanismo muy parecido al que utiliza un buen actor. Cuando los actores me dicen que lo que está diciendo su personaje es mentira, les pido que intenten mentir bien. Lo que quiero es que te lo creas. Es apelar a esa especie de esquizofrenia o de cerebro compartido que tiene cualquier actor. Es lo que suele suceder cuando construimos una imagen pública de nuestra persona. Ese terreno político me resultaba muy interesante pero lo más interesante es el grado de la investigación personal. ¿Quién soy yo? ¿Cómo es posible que algo así exista en mí? Hasta que llega Yocasta y cuando prácticamente se sabe ya que él es el asesino de su padre y que se acuesta con su mujer, que es su madre, ella le dice: bueno, hay muchos mortales que sobreviven con la idea de acostarse con su madre y no pasa nada. Cada uno hace lo que puede en este mundo para seguir adelante. Ahí es donde él no ceja hasta que no lo comprueba. Todo el mundo sabe lo que ha pasado, pero él necesita, como en cualquier investigación moderna, la prueba definitiva que lo demuestre para salir indemne o no. Claro, cuando aparece la prueba, evidentemente, no queda más que la tragedia.

    —¿Y cómo ves a Fernando Vannet en el rol protagónico?

    —En una compañía muy potente, creo que Fernando Vannet ha logrado un muy buen Edipo. Hay buena materia prima en este elenco. Aquí están Mario Ferreira (Creonte), Gabriel Hermano (Tiresias), los corifeos Diego Arbelo, Jimena Pérez, Mané Pérez y Claudia Rossi, la sacerdotiza Lucía Sommer, Roxana Blanco, que es una de las grandes actrices, pero Fernando es la bomba. Aquí demuestra todo su potencial. Me entusiasma Fernando. Es buenísimo. Me parece que tiene una humanidad enorme y representa de una manera idónea a Edipo, un individuo que con todas sus facetas, puede albergar la contradicción de contener la máxima violencia y la máxima ternura.

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