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    El espíritu crítico como antivirus

    Columnista de Búsqueda

    Hace unas semanas el realizador y escritor uruguayo Pablo Casacuberta, fundador y director del Centro de Artes y Ciencias Gen, lanzó en su canal de YouTube una serie de cuatro capítulos llamada No es el fin del mundo. Subtitulada Conversaciones largas para acortar la cuarentena , la serie es un acabado y sólido ejemplo de divulgación científica. Explicando desde varios ángulos cómo y por qué la percepción humana está adaptada a detectar determinadas cosas y a pasar por alto otras, Casacuberta conecta esto con los problemas que encontramos en la arena de la conversación pública, recordando que estos problemas no solo se deben a cuestiones de ideología: en algunos casos son resultado de una adaptación biológica al entorno: “Me interesa el viejo primate, no inventos de asamblea. Si te interesa el cambio social, hay que empezar a rastrearlo desde los eucariotas para acá”. Lo que sigue es un resumen de la charla con Casacuberta sobre esa serie y sobre otro montón de cosas.

    —No creo que decir “hice estos videos porque tenía tiempo durante la pandemia” sea suficiente explicación para los cuatro capítulos de No es el fin del mundo. ¿Qué te llevó a hacerlos?

    —Detrás de una iniciativa como esta serie hay dos dimensiones de historia personal. Una es que yo vengo de una familia de científicos, investigadores en fisiología humana, que desde temprano acostumbraron a sus hijos a mirar aspectos de la vida social como resultado y reflejo de una naturaleza humana. Y después hay otra urgencia más filosófica y contemporánea, que tiene que ver con que en los últimos 30 o 40 años, podría decirse que desde el nacimiento de la posmodernidad, pero sobre todo en los últimos 20 años, hay dimensiones de la convivencia publica que requieren entender mejor cómo funcionan los criterios por los cuales damos un dato por cierto. Cómo funcionan las fake news, por ejemplo, cómo funciona la dispersión de ideas absurdas o falsas. Y al mismo tiempo, cómo funcionan los mecanismos por los cuales solemos radicalizarnos o tornarnos intolerantes. Un poco instigado por esa tradición familiar, traté de encontrar qué aspectos primigenios estaban presentes en esas percepciones, sin negar de ninguna manera la dimensión cultural, política, sociológica que tienen estos problemas, y qué aspectos de nuestra naturaleza neurológica, perceptiva, conspiraban en contra de que tengamos un acceso más fácil a una interacción tolerante. Lo que me interesaba era contribuir, aportando una mirada a un barrio por lo general muy poco visitado de esos problemas, al diálogo sobre la tolerancia o sobre la necesidad del espíritu crítico. Hay más razones que la mera sociología para explicar por qué ese proceso de consenso y construcción colectiva es tan costoso.

    —De hecho, uno podría pensar que cuando elegís este camino, que es bastante lateral en tiempos recientes pero que fue la ventana desde donde miramos el comportamiento humano justamente desde la ilustración hasta la posmodernidad, ¿no es un poco cargarse al otro ámbito, el político, el ideológico, el sociológico? También es una especie de reducto o de refugio presentar la idea de que al final somos pura neuroquímica…

    —Por un lado sí y por otro es justamente muy oportuno que uses la palabra ideología. Porque hay dimensiones ideológicas que juegan en contra de la comprensión del problema. Cuando se elabora el discurso de la democracia, que en un principio es absolutamente revolucionario, nuestro libre albedrío, al menos en el plano político, se da absolutamente por sentado, y de hecho en el imaginario social pasa a ser uno de los pilares de esa democracia naciente. Y por eso se elabora un sistema ideológico según el cual nuestra potestad de elegir es la medida estricta de la extensión de esa democracia. Pero conforme avanza el último cuarto del siglo XX y empieza a haber contradicciones entre la neurofisiología experimental y la idea misma de libre albedrío se derivan dos miradas que se presentan como complementarias, pero que en realidad son muy disímiles. Una de ellas, bienintencionada o no, es profundamente reaccionaria. Mientras los defensores radicales del libre albedrío lo enarbolan como nuestro logro máximo, un basamento que se debe defender a capa y espada, también se empieza a extender la idea de que no solo la naturaleza humana no es determinista, sino que la naturaleza humana no existe en absoluto. Esa lucha que al principio centra sus ataques en combatir un determinismo a ultranza o ciertos abusos específicos de la ciencia, como el darwinismo social o la eugenesia, y que son reacciones perfectamente comprensibles, termina expandiéndose hasta abarcar regiones absolutamente legítimas del estudio de nuestra conducta, que tienen que ver con analizar predisposiciones ancestrales, y que tienen que ver con una historia evolutiva particular sobre la cual hay abundante material de investigación ya generado. En esa lucha, en determinado momento se pasa a la idea de que yo soy absolutamente capaz de elegir todos los planos de mi identidad y que soy capaz de erigirme en la persona que quiero ser y eso pasa a ser más importante como bandera social que identificar en investigaciones de campo y con métodos confiables las muchas dificultades y retos que presenta el camino para lograr eso. De hecho, no estoy defendiendo ninguna clase de imposibilidad, de hecho, creo que la tolerancia es posible, el espíritu crítico es posible y, en buena medida, el libre albedrío también lo es. Pero considero que del mismo modo que para subirse a una montaña y llegar a la cima conviene primero evaluar los riesgos, conocer las rutas, elegir equipamiento confiable, es también importante entender contra qué predisposiciones ancestrales estás luchando a la hora de intentar generar una convivencia social tolerante.? —Cuando hablás de la percepción, hablás de que tenemos la predisposición a percibir rasgos básicos cuya captación rápida ha resultado más “eficiente” en términos evolutivos que simplemente prestar atención a los ruidos irrelevantes. Algo así como que descendemos de quienes, cuando vieron moverse los arbustos, asumieron que era una pantera, y no de quienes creyeron que era el viento moviendo ramas aleatoriamente. ¿Esa afirmación no conecta con la facilidad que tenemos para hacer una lectura conflictiva de una realidad y lo difícil que se nos hace ver lo positivo que tiene esa realidad?

    —Tenemos una larguísima historia natural construida bajo la premisa de que la labor de la percepción es encontrar bordes, interrupciones y excepciones. Cuando está pasando todo lo que vos esperás, tu mente se ocupa de otra cosa. Es solo cuando a lo lejos se vislumbra algo negro que podría ser una pantera que tu mente te dice: “Alerta, hay una interrupción del universo normal de expectativas”. Es muy afortunado que tengamos esa naturaleza en su lugar y funcionando a la hora de sobrevivir del ataque de un depredador. No es necesariamente afortunado contar con esa predisposición a poner en relieve solo lo que es excepcional cuando lo que tenemos enfrente son cifras de alfabetización de la Unesco. Porque nosotros no evolucionamos para administrar cifras complejas o para analizar la continuidad de los planes de educación en curvas muy complejas que involucran millones de casos. Evolucionamos para que nuestro sistema perceptivo sea capaz de evaluar excepciones dramáticas y riesgos inmediatos. Uno podría decir: “¿Acaso es extrapolable ese sistema perceptivo ancestral a las realidades complejas de un ser humano urbano de hoy?”. Sí, es extrapolable, pero con enormes dificultades sistémicas. Y es importante conocer esas dificultades para ser capaces de construir un puente que de alguna manera nos permita sortearlas. Aunque la mayoría de las sociedades, honestamente o no, estructuren el discurso de sus políticas públicas apelando a la continuidad y al crecimiento, seguimos siendo animales fundamentalmente centrados en la detección de excepciones. Y esa tendencia nos juega malas pasadas.

    —¿La pandemia dejó en evidencia que el señor de a pie, un señor que seguramente tiene el liceo completo, acceso a Internet, etc., muchas veces no es capaz de distinguir un número absoluto de uno relativo?

    —Bueno, por eso es tan esencial lo que digo acerca de abordar las bases materiales, perceptivas del espíritu crítico. Entender que uno tiene ciertas predisposiciones te ayuda a entender cómo esas predisposiciones están presentes a la hora de evaluar la verosimilitud de una idea. Igual yo haría un balance positivo de lo que estás diciendo: esas personas que sin formación crítica acceden a una información dan cuenta de un cada vez mayor acceso a la información, cierta y falsa. Esa es una de las razones por las que me parece interesante analizar en qué medida estamos capacitados para correr un antivirus en nuestro propio vínculo con noticias y opiniones. El espíritu crítico sería precisamente ese antivirus. Es conflictivo, a menudo genera reacciones retrógradas, pero da cuenta de un intercambio de ideas que hace un siglo involucraba a un porcentaje ínfimo de la población. Democratizar el baile supone aceptar que una porción de la gente invitada a la pista va a bailar un poco crudamente. Son consecuencias complejas de un proceso inclusivo y bueno. Que obliga a pensar mucho.

    —En un momento hablás de que los números pequeños permiten relacionarse emocionalmente con ellos y que cuando se pasa a magnitudes mayores ese vínculo se vuelve más difícil. ¿Estamos en un momento en que la plaza pública es esencialmente emocional y perdemos de vista una racionalidad más amplia?

    —Yo creo que para esa clase de evaluación no sirve la mirada corta. Nosotros asumimos más o menos la forma y estructura cerebral que tenemos hoy como especie hace más o menos 70.000 años. Las urbes tienen 7.000, o sea que durante más de 60.000 años teníamos la misma clase de estructura cerebral pero no teníamos medios de comunicación, estructuras laborales complejas, Estado propiamente dicho, ni teníamos interpretación compleja de los propios procesos sociales. Entonces, preguntarse sobre si estamos en una época que superó o no una naturaleza biológica es un poco foráneo a mi manera de pensar…

    —No me refiero a superar, la pregunta iba más por el lado de abordar las dificultades que se han hipertrofiado en el intercambio público, especialmente en las redes.

    —Pienso que preguntarse en qué medida hemos sido capaces de superar nuestra naturaleza es menos interesante que preguntarse en qué medida esa naturaleza va a estar ineluctablemente presente en los próximos miles de años y cómo siempre va a constituir una de las pelotas que mantenemos en el aire al poner en juego nuestro complejo malabarismo social. Si uno sabe que tiene una larguísima historia natural destinada a detectar fundamentalmente excepciones mucho más que continuidades, una tendencia fisiológica de ejercer una territorialidad o una disposición a la agresión, y toda otra cantidad de predisposiciones que nos vienen de estadios anteriores, de alguna manera se puede involucrar esa clase de sesgos cognitivos con el balance de cómo nos comunicamos hasta ahora o cómo podremos comunicarnos en el futuro. Siento que uno de los problemas que hay en cierto discurso social imperante hoy es que hay una prisa increíble por desalojar todo vestigio de naturaleza humana, cuando en realidad es incorporando esas predisposiciones, con mirada crítica, que vos podés…

    —Desarrollar instrumentos…

    —Sí, desarrollar instrumentos compensatorios. Uno de los problemas que tiene la construcción ideológica en torno a la sociedad contemporánea es que algunas ideas, en principio muy sanas, cuando las extrapolás hasta su máxima expresión, se convierten en monstruos. La palabra cultura hasta 1910 carecía de plural. Nunca nadie había dicho la palabra culturas. Franz Boas, un antropólogo de origen alemán que es considerado el padre de la nueva etnografía estadounidense, planta la idea de que hay muchas culturas. En su lectura, muy legítima, dice que vos no podés analizar las producciones y los bienes de los pueblos originarios de América con los mismos criterios con que se evalúa el uso de la electricidad en Manchester, porque son culturas que no están buscando las mismas cosas. No están, dice, unos adelantados y otros atrasados. Ni pueden ser evaluados unos con respecto a otros porque no participan de una misma carrera histórica. Buscan cosas distintas, que no pueden compararse. Esa idea, que en principio es buena y disuelve una cantidad de criterios curatoriales colonialistas al considerar qué demonios es “la cultura”, si la extrapolás al extremo, lo que genera es la idea de que las culturas no pueden tener ninguna clase de intercambio. Y ahí se llega a la aberración, en un sinnúmero de pasos intermedios que llevó décadas recorrer, de denunciar como apropiación cultural el uso de todas las producciones culturales que tengan un origen ritual, identitario o ideológico particular, pues esas producciones deben ser consideradas en su contexto, de un modo no extractivo o utilitario. Y esa extrapolación, cuya intención es anticolonial y liberadora, termina generando, de un modo involuntario, otra forma de opresión, que en buena medida margina a los pueblos originarios: los hace aparecer como comunidades que no tienen absolutamente nada para ofrecerle a Occidente. Cosa que está muy lejos de ser así. De hecho, el grueso de la farmacología que disfrutamos hoy en Occidente tiene un origen indígena. A menudo producida de un modo expoliador y terrible, pero que extiende saberes milenarios en culturas muy dispares. Cuando uno empieza a establecer fronteras estrictas entre las culturas, lo que desaparece es la propia cultura, la posibilidad misma de la cultura. Porque la cultura no es otra cosa que la incorporación de la experiencia ajena, y la sistematización de la propia. Si le sacás eso, queda solo color local e identidad. Esas extrapolaciones aparecen cada dos por tres. Y su intención al inicio suele ser buena. Cuando Foucault denuncia que existen vínculos asimétricos con el poder y privilegios implícitos en todas las interacciones sociales, se trata de una observación justa, oportuna y necesaria. Pero cuando vos convertís absolutamente todos los intercambios argumentales en relaciones estrictas de poder, desaparecen los argumentos y cada una de las ideas implicadas pasa a ser, se quiera o no, un argumento ad hominem. Se trata, en su modalidad más feroz, de la supresión del contenido intrínseco de las opiniones vertidas, en pos de una atención centrada en la posición social desde la cual cada idea se emite. Hay que ser cuidadoso a la hora de usar estas ideas. Y también de desecharlas de un plumazo, para no incurrir en lo de vaciar la tina con el niño adentro. Hay un montón de ideas valiosas allí, pero hay que tener un criterio sólido para valerse de ellas como herramientas y no como reglas doradas.

    —Entre las citas de la serie no hay una que tenga menos de 80 años. ¿Fue intencional ese recorte o se produjo solo?

    —Bueno, la inmensa mayoría de los autores que leo son contemporáneos, pero de la misma forma que el 99,99% de los animales que han existido están muertos, el 99,99% de los autores que dijeron cosas interesantes también están muertos. Me pasa que sospecho en forma profunda y arraigada de todas las lecturas según las cuales la humanidad estaba en su infancia hasta anteayer de mañana pero justo ahora, oh, sorpresa, alcanzó súbitamente la madurez. Lo mismo que desconfío del discurso soviético del inicio de la revolución en donde de pronto surge el “hombre nuevo”, descreo de todas las formas de la presunta madurez contemporánea del ser humano. Me interesa el viejo primate, no inventos de asamblea. Si te interesa el cambio social, hay que empezar a rastrearlo desde los eucariotas para acá. Prefiero concebirlo en una perspectiva histórica en donde siempre es un animal precario, inmaduro, pero va incorporando herramientas a lo largo del camino.

    —¿Existe una cosa generacional de plantarse y decir: “Ah, todos estos giles hicieron todo mal hasta hoy, por suerte llegó mi generación para arreglar todo”?

    —Así como tendemos a prestar mayor atención a lo que es excepcional, una de las fuentes de autoestima del adolescente es encontrar en qué medida espectacular es totalmente distinto a las generaciones que te precedieron. Es solo cuando empezás a ser padre, o a enfrentar dimensiones cada vez más complejas de la interacción social que te das cuenta de que tus padres estaban bastante bien rumbeados para su tiempo, que la historia de la humanidad cambia en forma muy vertiginosa pero que en algunas dimensiones es absolutamente coherente y continua en su naturaleza básica, y que algunas cosas pasan por ciertas razones que exceden la idea de “esto sencillamente se le ocurrió a alguien”. Una de las cosas que aprendí penosamente es que gobernar es un ejercicio que jamás está exento de tensiones, de contradicciones, y que es muy difícil llevar adelante un gobierno de cualquier signo político sin incurrir en grandes enfrentamientos sociales. Porque el ser humano es muy diverso, hay opiniones muy diversas, hay raíces culturales muy diversas, hay una tensión entre clases y una historia dispar de acceso a oportunidades que nos precede, y que no puede reinventarse en un segundo. Entonces, en cierto punto, uno le empieza a pedir menos peras al olmo y se da cuenta de que si se propusiera hacer una lista exhaustiva de gobiernos que te parecen fantásticos no llenarías una hoja por un solo lado (risas). No porque los humanos sean rastreros y viles sino porque son animales, con todo lo crudo y lo sublime que eso implica.

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