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    El espíritu de las ideas

    Sr. Director:

    Para comenzar esta misiva vamos a citar a Juan Jacobo Rousseau en su obra “El contrato social”. Desde nuestro punto de vista, lamentablemente el autor ha caído un tanto en el olvido, pero igualmente tomaremos algunos de sus comentarios realizados en el mencionado trabajo. Nos proponemos compartir ciertas invocaciones sobre los pueblos, comunidades y sociedades; motivos —tanto ayer como hoy— de preocupación para los que investigan el acontecer social y gustan de meditar las conductas aplicadas a esta ciencia —que no es fácil de emplear e interpretar pragmáticamente.

    Al coincidir con Rousseau en que toda discusión recae previsiblemente en la condición de miembro del cuerpo soberano — el pueblo— se confirma que en los Estados organizados como naciones no alcanza solo con el derecho a votar y se aconseja que se permita la confrontación de las ideas en el marco de compromisos previamente aceptados por la comunidad, sin imposiciones. Aristóteles dijo que los hombres no somos todos iguales. Pero creer que unos nacemos para mandar y otros para obedecer es de otros tiempos. Confundir lealtad con servilismo; consecuencia con obsecuencia, es desvirtuar la relación que les asiste a los miembros en el ejercicio de un derecho inviolable. El deber no puede transformarse en obediencia pura y la voluntad no se transfiere —salvo por necesidad o prudencia, cuando deba ser en beneficio del bien común—. La fuerza que da el poder, no siempre respeta a todos por igual. Nadie puede arrogarse tal autoridad natural sobre sus semejantes, para captar en silencio lo que debe ser discutible —tarea de todos—. Y nadie está dispuesto a renunciar a la libertad de su condición de hombre pensante. De aquí surge que la libertad para decidir no se negocia. Los límites son la justicia y la equidad, por cuanto cada uno de nosotros forma parte de la voluntad general, que es indivisible del todo. Estos principios —nos dice el autor— son los que rigen en las asambleas. En el juego de la máquina política los compromisos se vuelven legítimos y para lograr el consenso es inevitable la deliberación —es vital—. Mas debe haber una equivalencia entre derechos y deberes para que funcione la voluntad general. El cuerpo político no es la voluntad de “un jefe” y para que haya justicia social es menester que en el universo exista la razón como medio.

    Es claro que la voluntad particular puede parecer extraña a la del conjunto, en cuanto difiere del marco común aceptado por iguales —nadie puede sustituir al pueblo entero—. Debemos acatar lo que la ley estatuye, porque siempre será impersonal. No existen las inteligencias superiores para subrogar el pensamiento colectivo, por lo que es prudente no insistir en conductas contrarias al objetivo común voluntariamente aceptado. No puede haber empresas sostenidas por la voluntad particular sin sucumbir ante el peso de las mayorías conformadas por el pacto social. El desvío señalado ha traído siempre consecuencias negativas para la organización. Los ardides, los pretextos refinados de los que se creen inteligentes solo logran convencer a algunas minorías. Cuando predomina el interés particular sobre el de las mayorías, vienen las decepciones y las frustraciones que generan las rebeldías, haciendo tembalear estructuras que parecían inconmovibles.

    Así ocurre cuando se rompe la trama que une a sus miembros y ya no alcanza con el voto —si es que éste se concreta—. En estas circunstancias los discursos mandatados y las frases concebidas aspiran a confundir a la gente.

    Recordemos el pensamiento de Krause y su doctrina humanística sobre el hombre, al desarrollar un sistema filosófico liberal y el de Kant en su obra “Dialéctica”. Éste manifestaba que la razón es una manera de enlazar juicios para dar forma a los razonamientos, en la búsqueda de principios generales y explicativos de los fenómenos posibles. Es por ello que debemos admitir algunas experiencias como superadas. Lo que percibimos es que el universo no es patrimonio de nadie en particular, por más ilustrado que se sienta. El sustento de las acciones, desde nuestro punto de vista, será el análisis crítico, que es el que nos puede aproximar a la verdad y a la razón con las que el hombre debe decidir.

    Julio César Hernández

    Ex Diputado Nacional

    CI 4.155.211-9