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    El fútbol, un “mundo paralelo” y cercano a la política, incide en el “ánimo” de los uruguayos pero no en sus decisiones electorales

    El Mundial en Brasil coincidirá con las internas partidarias y los comicios nacionales

    “Patria es la selección nacional de fútbol”. La frase del intelectual argelino-francés Albert Camus posee muchas lecturas. En Uruguay, el fútbol y la política, si bien tienen lazos históricos, se mueven en esferas paralelas y debido a ello —coinciden especialistas— eventuales éxitos de la selección en el Mundial de Brasil, si bien elevarían el estado de ánimo general de los votantes, no influirán demasiado en las elecciones del año próximo, que coinciden con el campeonato.

    El Frente Amplio, ahora en el gobierno, ha variado bastante su postura respecto al fenómeno del fútbol, desde siempre conducido por colorados y blancos. “Cuando escribimos estas líneas el campeonato mundial de football ha terminado. El Uruguay es por tercera vez campeón… de la patada”. Así comenzó un artículo el periódico del Partido Socialista “El Sol” en agosto de 1930. La alusión al estilo fuerte de juego de la celeste explica en parte lo que el investigador Pierre Arrighi llama “la leyenda negra del fútbol uruguayo”, creada por universitarios ingleses y franceses en la década de 1990 con la consiguiente negación de los éxitos celestes desde 1924 a 1950.

    “¡Sí, Uruguay burgués es campeón!”.

    En 1930, los comunistas también se habían parado en la vereda de enfrente con argumentos clasistas: “Ayer hemos visto en la calle a muchos obreros que han gritado jubilosos: ¡Uruguay campeón! (…) ¡Sí, Uruguay burgués es campeón! de football, pero los obreros viven en la miseria cruenta y son explotados en forma verdaderamente brutal” decía entonces “Justicia”, órgano oficial del Partido Comunista.

    Para julio de 1950, después del triunfo en Maracaná, comunistas y socialistas habían variado su mirada acerca de la celeste, aunque no tanto porque cuando se prolongaron los festejos durante varios días, “El Sol” advirtió acerca de una “exhibición de frivolidad colectiva poco plausible”.

    Los anarquistas se mantenían en sus trece: “Felices se sienten tus patrones, y seguros, mientras tú te olvidas del problema de tu vida, para correr y saltar en las canchas de football o pensar solamente en el team de que eres partidario” sostenía el periódico “Voluntad” que, según un relevamiento del historiador Rodolfo Porrini, luego de la hazaña de Maracaná no formuló comentario alguno.

    Alejados de aquellas viejas posiciones, los dirigentes actuales del Frente Amplio, aunque no controlan el fútbol, han oscilado entre el apoyo a un nuevo estilo de gestión y el intento de capitalización moderado. Tabaré Vázquez es el único ex presidente de un club —el tejano Progreso— que llegó a ser jefe de Estado, después de haber sido vetado dos veces para presidir la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). En el otro extremo, el destacado dirigente de Peñarol, Washington Cataldi, reconoció en un seminario realizado en 1993 que su relevante prestigio deportivo no se había expresado en votos, porque a gatas logró llegar a diputado del Partido Colorado.

    “El presidente quiere hablar con usted”.

    El ex dirigente de Liverpool y líder democristiano Héctor Lescano respaldó la gestión del actual presidente de la AUF, Sebastián Bauzá, aunque no pudo formular una política de deportes antes de ser despedido como ministro de Turismo y Deportes por el presidente José Mujica luego de un enfrentamiento con el grupo Casal y haber prometido “cepillo de alambre y jabón” para limpiar la corrupción del fútbol.

    Los vínculos de Mujica con el empresario deportivo Francisco Casal y la presencia cerca del primer mandatario de Gustavo Torena, conocido por su personaje “El Pato Celeste”, han recibido fuertes críticas desde la propia izquierda. El rechazo a Torena, definido por Mujica como “un muchacho entrador” y “de barrio”, no impidió que a pesar de sus antecedentes penales, llegara hasta el Vaticano de la mano de Mujica para entregar una camiseta de Uruguay al Papa, ni de hacer de enlace entre el técnico de la selección, Oscar Tabárez, y el presidente.

    “Oscar, el presidente quiere hablar con usted” le dijo Torena al entrenador, pasándole el teléfono celular, durante el mundial de Sudáfrica, según relató una alta fuente del fútbol a Búsqueda.

    El lunes 18, durante una conferencia de prensa, Tabárez dijo que no está en la selección porque vote al Frente Amplio y negó que fuera a aceptar otro cargo que no fuera el de director técnico.

    Carriles separados.

    Para el sociólogo especializado en deporte Leonardo Mendiondo, “hay que ser muy cuidadosos” al analizar la relación fútbol y política porque “las relaciones no son tan lineales y la gente no es tan fácilmente manipulable” y sabe diferenciar entre éxitos deportivos y políticos. Mendiondo dijo a Búsqueda que, a diferencia de Argentina, en Uruguay la prédica chauvinista de un sector de la prensa deportiva que durante años pregonó que “en cada partido se juega la dignidad nacional” no ha tenido mayor éxito.

    Mendiondo advierte que si bien los resultados de Ámsterdam y Colombes en 1924 y 1928 respectivamente, expresaban en efecto un “Uruguay feliz”, no es matemático asociar buenos resultados económicos del país con éxitos deportivos.

    “El fútbol, como la religión, ayuda a vivir, pero la gente no es tan idiota y además la pasión del deporte es mayor que la de la política”, opinó. Mendiondo cree que “el gobierno no utilizó los éxitos en las canchas y si lo quisiera hacer quedaría pegado, porque no hay política deportiva”.

    En la misma línea de ser cauto respecto a los efectos de los resultados deportivos en la política se sitúa el profesor Ricardo Piñeyrúa. Sin embargo, este periodista de radio y televisión reconoció que “en ambas actividades la gente actúa por vocación de servicio o búsqueda de prestigio y poder”.

    Piñeyrúa dijo que tanto la política como el deporte otorgan notoriedad y puso como ejemplo al ex presidente de Nacional, Ricardo Alarcón, que antes de su exitosa gestión en el club no era demasiado conocido fuera del ámbito empresarial.

    Respecto al beneficio que pueda obtener el gobierno o el Frente Amplio con la clasificación al Mundial, Piñeyrúa sostuvo que “mejora el estado de ánimo” y “puede ser positivo” pero influye de forma secundaria.

    El festejado cuarto puesto en Sudáfrica en 2010 y la victoria en la Copa América al año siguiente fueron vistos desde la Torre Ejecutiva como “aire fresco” en momentos en los cuales la popularidad del presidente comenzaba a caer.

    “Es casi un lugar común que los uruguayos, una de las pocas cosas frente a las cuales tenemos unanimidad es la celeste, así que no la rompamos”, dijo Mujica al pie del avión de Pluna que devolvió a los jugadores al país.

    Más allá de los gestos de reconocimiento hacia Casal (a quien adjudicó un canal de televisión digital y acordó no ir a juicio por un millonario reclamo de impuestos) y Torena, el gobierno pareció tomar el asunto del fútbol con pinzas. El presidente cenó con los jugadores en su chacra de Rincón del Cerro antes del Mundial y les entregó una bandera en el estadio Centenario, pero declinó ir a Sudáfrica y tampoco aceptó que concurriera una delegación oficial cuando la selección logró pasar a la última fase. En 2011 hubo planes para que junto a su par argentina Cristina Fernández lanzaran oficialmente la candidatura común para organizar el Mundial 2030 durante la Copa América, pero finalmente el viaje, incluso para la final, fue descartado.

    Remember Mundialito.

    En su libro “Goles y votos”, el periodista Luis Prats abordó “la íntima y agitada relación entre fútbol y política” destacando la frecuente táctica de colocar al frente de la AUF a alguien con buena llegada al poder político. Después de analizar el origen social de los clubes, las preferencias futbolísticas de los dirigentes políticos y otros episodios de la historia, el libro dedica un capítulo a la Copa de Oro de 1980, conocida como Mundialito. Prats parece afiliarse a la tesis avalada por el ex presidente colorado Julio Sanguinetti de que la dictadura no jugó un papel de primer orden en la organización del campeonato, a pesar de la cercanía con el plebiscito de reforma de la Constitución y al hecho de que un marino militar, el capitán de navío Yamandú Flangini, estuviera al frente de la AUF.

    El libro aporta diferentes versiones sobre el campeonato (algunas también recogidas en la película “Mundialito”, de Sebastián Bednarik y Andrés Varela) y menciona la intervención de varios protagonistas, entre ellos el presidente de FIFA, João Havelange, el comandante de la Armada, Hugo Márquez, el empresario griego Angelo Vulgaris, los dirigentes Cataldi y Eduardo Rocca Couture, el ex presidente Vázquez, entonces delegado de Progreso y encargado de la contabilidad de la Copa, y hasta del ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi, quien habría aportado la solución económica al comprar los derechos de televisión para su canal 5 de Milán.

    El libro también relata que antes de jugar la final del Mundialito con Brasil, los jugadores uruguayos pidieron en el vestuario al dictador Aparicio Méndez la posibilidad de importar un auto sin impuestos. Siete años antes, durante la huelga general de 15 días contra el nuevo régimen, los integrantes de la selección consideraron la posibilidad de no jugar el partido por las Eliminatorias contra Colombia, que finalmente perdieron en el estadio Centenario, aunque luego obtuvieron ante Ecuador la clasificación al Mundial de Alemania de 1974.

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