Los gobiernos de Estados Unidos y Uruguay discutieron —en agosto de 1970— qué harían ante una invasión brasileña a territorio uruguayo como consecuencia del secuestro del cónsul Aloisio Dias Gomide por parte de los tupamaros.
Los gobiernos de Estados Unidos y Uruguay discutieron —en agosto de 1970— qué harían ante una invasión brasileña a territorio uruguayo como consecuencia del secuestro del cónsul Aloisio Dias Gomide por parte de los tupamaros.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa eventual invasión militar a la ex provincia cisplatina ya estaba presente desde el golpe de Estado de 1964 en Brasil. Incluso luego se supo que en 1971 las Fuerzas Armadas brasileñas tenían pronta la llamada “Operación 30 horas” por si el Partido Colorado uruguayo perdía las elecciones de ese año. Sin embargo, uno de los momentos más críticos se vivió un año antes, en el invierno de 1970. En esos días, el Movimiento de Liberación Nacional (MLN)-Tupamaros asesinó al asesor policial estadounidense Dan Mitrione, a quien tenía secuestrado, y también estaba en peligro la vida del cónsul Dias Gomide, al que aún mantenían en su poder.
La idea de distribuir armas “al pueblo” por parte del gobierno presidido por Jorge Pacheco Areco, ante un eventual ataque brasileño, está registrado en un “Memorándum de conversación” del 10 de agosto de 1970 entre funcionarios del Departamento de Estado y el entonces embajador uruguayo en Estados Unidos, Héctor Luisi.
Durante el diálogo, Luisi dijo, según ese documento, que “si Brasil reaccionara con acciones militares agresivas, el GOU (gobierno uruguayo) no lucharía, sino que en su lugar distribuiría las armas del Ejército al pueblo”.
El documento, desclasificado por el programa de estudio del pasado reciente Geipar de la Universidad de la República, está citado en el libro “Patria para nadie. Historia completa del MLN-Tupamaros”, del analista en seguridad uruguayo radicado en Estados Unidos, Pablo Brum, publicado por Planeta.
El libro también propone una mirada diferente a la que predomina hasta ahora acerca de Mitrione. Para el analista Brum, ninguna de las investigaciones publicadas hasta ahora confirma —como sostuvo el MLN-T— que el ex jefe de Policía de una pequeña localidad del estado de Indiana fuera reconvertido en un instructor de torturas a cuenta de un organismo satélite de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por su sigla en inglés).
Brum descalifica los testimonios del ex agente cubano Manuel Hevia, autor del libro “Pasaporte 11333. Ocho años con la CIA” y a investigadores como el periodista estadounidense Arthur John Langgut y la historiadora uruguaya Clara Aldrighi que describen a Mitrione en ese sentido, y opta por un perfil menos sofisticado: un agente de provincias con una familia numerosa y que para mantenerla lavaba autos fuera del turno como policía o se postulaba para trabajar como asesor en el exterior.
Aunque reconoce que Dan Mitrione mintió durante los interrogatorios que le realizaron los tupamaros ya fallecidos Alberto Candán Grajales, Armando Blanco y Adolfo Wassen durante su cautiverio, porque como jefe de misión de la Oficina de Seguridad Pública (PSP, por su sigla en inglés) debía estar al tanto de las actividades de la estación CIA en Montevideo, Brum lo describe como un simple funcionario.
El libro cita un informe elaborado por Frank Ortiz, sustituto de Mitrione, quien en agosto de 1970 escribió a Washington: “Para alguien como yo, que viene de afuera, parecería que el gobierno les ha hecho un daño considerable a las capacidades operativas de los terroristas. Sin embargo, aquellos que saben más del movimiento subversivo me dicen que el cerebro de la organización sigue intacto y que se pueden esperar más atrocidades. Todavía pueden ocurrir todo tipo de hechos terribles”.
También están incorporadas al trabajo de investigación algunas reflexiones del antecesor de Mitrione al frente de la PSP en Montevideo, Adolph Sáenz, quien en sus memorias contó que a fines de 1968 él calculaba que los “tupas” eran unos 2.000. El jefe de la Estación CIA estimaba que serían unos 500, mientras en la realidad en ese momento los tupamaros tenían menos de cien integrantes entre hombres y mujeres.
Otro documento desclasificado incluido en el libro es uno de los últimos informes que realizó el embajador Charles Adair antes de regresar a Washington respecto a “operaciones extrajudiciales” contra los tupamaros.
Adair escribió acerca de una reunión que mantuvo con el brigadier Danilo Sena, entonces ministro del Interior de Pacheco. El informe hace referencia indirecta a los llamados “escuadrones de la muerte”.
Sena, según este documento, argumentó que “el GOU tenía que demostrar que el MLN no era todopoderoso y para demostrar esto podrían ser necesarias muchos tipos diferentes de acciones”.
Adair, al tanto entonces de estos “tipos de acciones”, quiso salvar su responsabilidad dando una orden al personal en Montevideo: “Asegurarse de dejar claro que cualquier actividad de esa índole está más allá de sus competencias y que no pueden participar de ninguna manera con consejos o con ayuda material o técnica”.
El libro analiza, además de la evolución de los tupamaros, el papel que jugaron Pacheco, el caudillo blanco Wilson Ferreira y el ex presidente del Frente Amplio (FA), Líber Seregni.
Acerca de este último, el autor sostuvo que “aportaba un rostro amistoso al grupo (FA) aunque sus propuestas y afirmaciones no auguraban bien para el sistema político en Uruguay”.
Para el analista, que presentó su trabajo en el marco de una maestría en la Universidad de Georgetown, así como la “temeraria y torpe” ilegalización del Partido Socialista y otros grupos por parte de Pacheco en 1967 alentó el movimiento guerrillero, el nacimiento del Frente Amplio en 1971 “puso al MLN en una situación compleja”. El libro cita otro informe del ex embajador Adair, fechado el 20 de julio, en el cual el diplomático se pronuncia por impedir que el Frente Amplio gane las elecciones de ese año: “Preferiría que tomáramos medidas calculadas por adelantado para asegurar una derrota del Frente Amplio en las elecciones que no hacer nada y correr el riesgo de un subsecuente golpe militar. (…) Prefiero ver una victoria de los partidos tradicionales en las urnas y luego trabajar para persuadirlos y ayudarlos a resolver sus problemas básicos”.