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El gobierno elaboró una guía de buenas prácticas en el deporte, alertado por casos de abuso emocional y físico
Mientras en Argentina el asesinato de un joven por un grupo de rugbiers causó un debate sobre culturas deportivas agresivas, las autoridades locales buscan erradicar prácticas que normalizan los “rituales de iniciación” o el maltrato, la violencia y los estereotipos de las mujeres
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La agenda veraniega en Argentina no la marca la renegociación de la deuda que impulsa el nuevo presidente Alberto Fernández ni los esfuerzos del gobierno por convencer a los inversores internacionales de la capacidad de crecimiento del país. Está dominada por un hecho sucedido en Villa Gesell, un balneario atlántico ubicado entre Pinamar y Mar del Plata, en donde el 18 de enero fue asesinado a golpes un joven de 19 años llamado Fernando Báez Sosa. A la salida de un boliche Sosa fue atacado por un grupo de 10 amigos, según supone la Justicia, que con piñas y patadas a la cabeza le ocasionaron un traumatismo severo en el cráneo.
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El grupo tiene en común que en su mayoría son jugadores de rugby de un club de Zárate, ciudad al norte de Buenos Aires, lo que en la opinión pública argentina pareció colmar el vaso tras la cantidad de agresiones que en los últimos años ocasionaron hombres que practican ese deporte.
La guía sostiene que, más allá de sus obvios efectos positivos en varias escalas y de que generalmente se practica en entornos protegidos y saludables, el deporte puede también convertirse en un espacio de prácticas negativas, con diversos factores de riesgo.
Aunque en Uruguay no se han vivido situaciones de ese tipo, el gobierno consideró necesario abordar el tema para evitar que sucedan, a través de una serie amplia de recomendaciones resumidas en un documento que tiene como objetivo prioritario conservar la integridad del deportista. “Creo que está generalizado en el Río de la Plata, con mayor relevancia en Argentina, una cultura que quizás adquiere características un poco más agresivas en el rugby, pero que no solamente existe en ese deporte: la cultura de exigirle a la persona alcanzar extremos a nivel físico y emocional”, señaló a Búsqueda Fernando Cáceres, secretario nacional de Deporte, que durante este período de gobierno ha trabajado con dos federaciones para “superar casos de excesos” que vivieron algunas de sus instituciones miembro.
El documento de la Secretaría Nacional del Deporte, denominado Guía para la protección del deportista —a cuyo borrador accedió Búsqueda— es el primero de su tipo en el país y fue elaborado tras un compromiso asumido por el gobierno con el Consejo de Europa durante una cumbre realizada en febrero del año pasado en Punta del Este. La guía, que será publicada en los próximos días y difundida entre federaciones e instituciones deportivas, busca aportar información y promover buenas prácticas, orientaciones y recomendaciones para evitar el maltrato, la violencia y el abuso físico, emocional y sexual de los deportistas.
“Por desgracia, para algunas personas, el deporte genera gran sufrimiento y profundos traumatismos. Es el caso de las víctimas de acoso y humillaciones, de tratos denigrantes, de discriminación, de agresiones físicas y de abuso y explotación sexual en el entorno deportivo. La lucha contra la violencia en el deporte es un largo viaje que comienza en la ignorancia y la negación del problema y debe dirigirse hacia una acción concertada y eficaz de todos los actores”, afirma en el prólogo Luz Elda Moreno Villanueva, directora del Departamento de Derechos del Niño y Valores del Deporte del Consejo de Europa.
Rito de iniciación
La guía sostiene que, más allá de sus obvios efectos positivos en varias escalas y de que generalmente se practica en entornos protegidos y saludables, el deporte puede también convertirse en un espacio de prácticas negativas, con diversos factores de riesgo.
Entre ellos menciona la relación cercana entre deportistas y entrenadores, que lleva a “cuotas de poder desequilibradas” y puede contribuir a escenarios de vulnerabilidad. “En determinadas ocasiones, los dirigidos acaban aceptando el maltrato de su entrenador como parte de un comportamiento normal, conviviendo con ello”, argumenta el informe, según el cual las intensas interacciones físicas y emocionales entre entrenador y deportista “hacen difícil definir e identificar aquellas conductas que pueden ser consideradas abusivas”. Como ejemplos de abuso emocional menciona la crítica constante, intentos continuados de manipulación y control, y el uso de un lenguaje vergonzoso y humillante con insultos y comentarios degradantes. A su vez, añade que en el deporte hay torneos, viajes de entrenamiento o concentraciones, donde la convivencia con adultos puede constituirse en un factor de riesgo importante que aumenta la vulnerabilidad de los deportistas más jóvenes ante situaciones de abuso de cualquier tipo.
Otro de los factores de riesgo es la existencia de ciertas culturas deportivas con “fuerte arraigo que invisibilizan” situaciones que pueden ser abusivas. A partir de esas culturas “se espera que los deportistas sean fuertes, la vulnerabilidad es tomada como debilidad.
Otro de los factores de riesgo es la existencia de ciertas culturas deportivas con “fuerte arraigo que invisibilizan” situaciones que pueden ser abusivas. A partir de esas culturas “se espera que los deportistas sean fuertes, la vulnerabilidad es tomada como debilidad. Se exige una alta tolerancia a duras sesiones de entrenamiento, bajo liderazgos frecuentemente autoritarios”.
En ese punto el documento habla de prácticas que tienen una “aparente normalización”, como los “bautismos”, un rito de integración que, según el deporte, la institución y el plantel, puede ir desde cortes de pelo hasta ser orinado encima o molestado con objetos en el ano. “Son considerados una ‘iniciación’ para los nuevos miembros de un equipo, que muchas veces tiene connotación sexual. En general, ocurren en ausencia de supervisión de un adulto. La organización deportiva a menudo lo tolera erróneamente como parte integral de su tradición”, afirma.
En este mundo de los rituales deportivos “creado, regulado y disfrutado por hombres”, la guía indica que las prácticas más comunes de acoso son aquellas basadas en el género y en la orientación sexual. Por un lado, existe un tipo de acoso o violencia sexual que es el del lenguaje, “con connotaciones sexuales en su intención y contenido”; por otro, en un ámbito tradicionalmente masculino, se facilitan los estereotipos sobre las mujeres en todos los niveles de representación: deportistas, entrenadoras, árbitras o aquellas que cumplen funciones o roles de poder en las organizaciones deportivas. “A menudo se toleran las conductas inapropiadas, se acepta la discriminación y la desigualdad entre hombres y mujeres”.