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    El gusto de cantar los versos de los otros

    Con medio siglo de trayectoria y constante presencia en los escenarios, Numa Moraes rescata y difunde un vasto cancionero popular

    Cuando era un muchacho, el poeta Washington Benavides le dio un consejo que casi fue una orden: “No, mejor vos no escribas. ¡Dejá que escribo yo!”. Y él le hizo caso. Desde entonces, Héctor Numa Moraes le pone música a canciones que han escrito otros. “Un poema hecho por alguien que maneja bien su arte tiene una rima, tiene un ritmo, un buen fluir”, dice en el libro Numa Moraes. De Curtina a La Haya (Planeta, 2011), que recopila su vida y su trayectoria en más de trece horas de conversación con el guitarrista e investigador Alfredo Escande. A Benavides primero lo conoció como poeta a través del libro Las milongas, después como profesor en el Liceo Departamental de Tacuarembó y finalmente como amigo y colega en la composición. Moraes nació en Curtina en 1950, pero su infancia y juventud la vivió en Tacuarembó, con un pasaje también por San Gregorio de Polanco. En la casa de Benavides tuvo su primera escuela de formación en el Grupo de Tacuarembó, que integraban cantantes y escritores que años después tendrían una reconocida trayectoria. A fines de los años 60, Numa levantaba las esquinas a los gritos con sus canciones de protesta que hoy define como “espantosas”. Después vinieron los años turbulentos de la dictadura que lo llevaron a exiliarse en varios países y a residir en Holanda. Llegó allí gracias a un disco, La patria compañero, cuyos derechos compró el compositor holandés Konrad Bohemer para editarlo en su país. Luego perfeccionó sus estudios de guitarra en el Conservatorio Real de La Haya donde también fue docente. Con la vuelta a la democracia regresó a Montevideo y a la radio que fue su primera forma de conocer el folclore. A diario conduce En la tarde del Sur, un programa de Emisora del Sur en el que difunde y rescata música del folclore latinoamericano. “Soy un juntador”, dice en la entrevista que mantuvo con Búsqueda al explicar que tiene más de 60.000 archivos musicales en su computadora.

    —Numa es un nombre extraño, ¿de dónde viene?

    —Siempre lo atribuí a que era por el emperador romano Numa Pompilio, aunque era medio raro que en Curtina me lo hubieran puesto por él. Pero un día en Holanda estaba con mi madre y con el Sabalero y a él se le ocurrió preguntarle por qué me había puesto Numa. Entonces ella le dijo: “Ah, porque el hermano leía revistas de Tarzán y a mí me gustó el nombre del león”. El Sabalero le contestó: “Menos mal que no le puso Tantor, el nombre del elefante”. Yo la saqué a mamá de la habitación y le dije: “Dígale que no, que es una broma porque me van a alquilar”. Después me pareció mucho más interesante llamarme Numa por el león de Tarzán que por el emperador romano.

    —¿Eran comunes en Curtina los nombres raros y los apodos?

    —Yo tenía una tía que se llamaba Aeropagita, uno de mis tíos se llamaba Amilibio; otro, Manini, y mi hermano, Líber Amauri. Eran nombres raros para un pueblo perdido en la campaña. Creo que muchos salían del santoral de los almanaques del Banco Seguros del Estado. Pero el león de Tarzán no estaba ahí (se ríe). Al final mi madre me decía Popo y también me llamaban así en mi barrio en Tacuarembó. A mi hermano le decían el Chocho.

    —¿Qué música se escuchaba en su casa?

    —A través de las radios de Montevideo escuchaba folclore argentino y también de Tacuarembó. Recuerdo quedarme hasta tarde escuchando el Festival de Cosquín. Después transmitían las fonoplateas a las que iban los grandes folcloristas argentinos.

    —En ese entonces no había muchas voces femeninas en el folclore. ¿La más destacada era Amalia de la Vega?

    —En Tacuarembó escuchábamos mucho a Olga Delgrossi que empezaba a cantar en las radios, y había otras. Pero Amalia de la Vega era la que sonaba en folclore. Mi madre cantaba Martín pescador mientras cocinaba, me parece verla todavía. Cuando yo tenía unos cinco años me llevaron a escucharla. Me quedé impactado, tenía una voz impresionante.  

    —¿Su mamá también cantaba? 

    —Sí, con la tía Adela que yo no conocí porque murió joven de tuberculosis. Mi madre cantaba muy lindo y también tocaba la guitarra. Pero era mi tío Brígido el músico que más sabía, aunque se escondía para tocar la guitarra. Fue él quien me hizo enamorar de la música y quien influyó en mis padres para que la estudiara. 

    —¿Cuándo empezó a cantar?

    —Primero hice el conservatorio, me gustaba el solfeo cantado. Y empecé con el bandoneón. El profesor en el Conservatorio Municipal era René Marino Rivero. Pero cuando nos fuimos a San Gregorio no había profesores. Entonces me compraron un librito de cancioneros y mi madre empezó a enseñarme un tango: Adiós muchachos. Y empecé a cantar. 

    —¿Es cierto que al principio gritaba mucho?

    —Trataba de imitar a Horacio Guarany, uno de mis ídolos. A la hora del mate dulce de la tarde me ponía a cantar con la guitarra y pegaba unos gritos espantosos. Entonces un día mi madre me dijo: “Mijo, ¿por qué no canta como Zitarrosa?”. Mi abuelita Anatolia, que desde muy joven había quedado ciega, siempre me decía: “Cuando cante no toque tan fuerte la guitarra que le tapa la voz”. A ella le gustaba mucho una canción de Juan Capagorry y Daniel Viglietti, Calagualero. Le traía recuerdos de la calaguala, de cuando ella podía ver. Ya había aparecido el tocadiscos y yo compraba todos discos de folclore, aunque en casa también había de El Club del Clan y de Los Wawancó. Pero fundamentalmente tenía discos de Osiris Rodriguez Castillos, Los Olimareños, Falú y Yupanki.

    —¿Cómo aprendió a modular la voz?

    —Trataba de imitar a los que me gustaban. Cuando me vine para Montevideo, un día me encontré con un poeta al que admiraba, Emerson Klappenbach. Cuando le largué una de aquellas canciones muy directas y fuertes que cantaba en las esquinas a los gritos, el viejo, que era de muy pocas pulgas, me dijo: “Si no estudiás canto, dentro de dos o tres años no cantás más. Te estás destruyendo la garganta”. Yo ya había grabado mi primer disco, y cada cosa de esas que me decían no me la olvidaba nunca más. Yo fumaba en pipa, y empecé a notar que me afectaba la garganta. Cuando estaba por grabar De punta y hacha, tuve problemas con la voz. En Holanda, lo primero que hice fue estudiar canto y dejar de fumar.

    —¿Qué significó Benavides para su carrera?

    —Fue fundamental. Siempre digo que para un lugar como Tacuarembó tener a alguien como el Bocha es un lujo increíble, sobre todo para los jóvenes. Creo que en Treinta y Tres, Ruben Lena cumplió una función así. Por influencia de Benavides, con 17 años y en plena época del Club del Clan, empecé a cantar Las golondrinas de Bécquer y el folclore riograndense. El Bocha fue como un imán. Ahí andábamos Eduardo Larbanois, Eduardo Lago, Eduardo Darnauchans, Victor Cunha, Tomás de Mattos. El Bocha era excepcional, nos acercaba su poesía y la de otros en forma natural. Recuerdo que un día llegué a su casa y vi cómo estaba componiendo el Chote de don Tatú. A veces, estaba leyendo un poema y nos sentábamos juntos a ponerle música. En el liceo nos habló del Romance de Gerineldo y la Infanta. Me prometí que algún día lo iba a cantar, y lo llegué a grabar. Por primera vez en su casa escuché hablar de los castratos. Me llevé discos clásicos para escuchar. El primer disco de Larralde también lo escuché en su casa, igual que Los Olimareños en París, y a Bob Dylan. 

    —¿Cómo se llevaba con Darnauchans?

    —El Darno era un tipo de un gran nivel intelectual, y yo era todo lo contrario, el hijo del comisario. Él había leído mucho, pero tenía un problema: tocaba espantoso la guitarra, y yo tocaba bien, aunque cantaba mal. Había como un choque. Tuvimos algunos encontronazos cómicos en el liceo. Como a mí me gustaban Los Chalchaleros, un día apareció con un disco de Viglietti y me dijo: “Esto es bueno”. Y le contesté que ya lo tenía. Siempre lo admiré mucho y en 1972 grabé una canción de él con texto de Benavides. Lo quería y admiré mucho siempre.

    —¿Quiénes fueron sus maestros de guitarra?

    —Estudiaba con Domingo Alvarenga música clásica, pero como era muy amplio, un día me prestó la guitarra para cantar canciones de Osiris en el Club Democrático. Él venía a estudiar a Montevideo: primero con Oribe Dorrego, después con Antonio Pereira Arias y más tarde con Abel Carlevaro. Un día Viglietti fue a cantar a Tacuarembó con Nelly Pacheco. Me impresionó su forma de tocar, su seriedad y su forma de apoyar el pie en un banquito. A partir de entonces empecé a tocar con una buena posición de la guitarra. Cuando vine a Montevideo lo fui a ver. Llevaba una carta de Benavides en la que me presentaba. Desde ese día fue un apoyo fundamental. El segundo disco lo grabé con su guitarra, una Pereira Velasco, una joya de la luthería. También me apoyaron mucho Zitarrosa y Los Olimareños, que me dieron la posibilidad de tocar en una vinería que se llamaba De Cojinillo. 

    —¿Es difícil interpretar a Osiris?

    —Sí. Es muy difícil cantar sus canciones. Hay que estar constantemente estudiándolo. Trato de tener siempre cuatro o cinco para los recitales y trabajo como loco. Llegué a cantar en Fray Bentos con él. Cuando lo vi por primera vez, pienso que yo tendría que haber estado sentado en el piso porque recuerdo cómo ponía la guitarra en el billar, y yo no podía ser más petiso que el billar. Lo veía enorme.

    —A fines de los 60 incendiaba las esquinas con canciones de protesta. ¿Qué le parecen ahora?

    —En general cantaba textos anónimos que me pasaban. Me metí con alma en las luchas de esa etapa. Me daba cuenta de que los textos eran muy malos y que además servían para ese momento y a la semana ya perdían valor. Algunos eran de Benedetti, otros de Daniel Vidart, que llegó a escribir unos panfletos terribles, como La estrella roja de cinco puntas. ¡Y yo cantaba eso! Recuerdo que un exiliado que estaba en Holanda había escrito un texto que se llamaba Juan peso. Le puse música y a mí me parecía que funcionaba. Un día se la canté a Zitarrosa en Panamá y me dijo: “Eso es espantoso”. Y no la canté más. El Bocha, con su forma de ser, nunca me dijo no cantes eso porque está mal hecho. Lo que sí, una vez que le escribí una carta pidiéndole letras más fuertes, me envió Seu Franklin Olivera y La Padilla. Fue una enseñanza que no me olvido jamás. Me hubiera gustado haber conservado esa carta. Me decía que era tan importante ese acordeonista popular que estaba salvando la música, como la mujer que salvó a 14 negritos que no tenían padre ni madre y les dio un oficio. Pero en ese momento a mí me aplaudían con aquellas canciones panfletarias.

    —En algunos lugares lo aplaudían, en otros habrá tenido problemas…

    —Bueno, una vez me contó Germán Araújo algo que yo no me acordaba. Seregni estaba explicando en Pocitos lo que era el Frente Amplio, cuando recién se estaba formando. Enrique Estrázulas, que era muy amigo mío, me llevó a esa reunión. Entonces les canté Si una mano, aquella canción que termina diciendo “el puntaesteño marica”. Seregni le dijo a Araújo: “¿Y este loco de dónde salió?”. Después Seregni me manifestó mucho su cariño, era un ser excepcional. Cuando le hicieron un homenaje en la Junta fui a cantar. Al final vino especialmente a saludarme y al otro día me llamó por teléfono para disculparse por no haberse despedido de mí. Qué lo parió, qué sencillez que tenía.

    —¿Qué pensaba su padre que era colorado y comisario cuando comenzó a cantar canciones de protesta?

    —Yo me crie en el comité de Luis Batlle, daba vuelta los discos mientras se reunían. Mi padre había leído mucho y cuando mataron al Che, me decía: “Mire que lo que dice la radio no es tan así”. Escuchaba muy atento mis canciones y llegó a escuchar mi primer disco. Pero no sé qué hubiera pasado después. Murió en 1969. Nunca me dijo nada, pero se preocupaba.

    —La canción En defensa del cantor la escribió Benavides cuando pensó que lo habían matado. ¿Cómo fue esa historia?

    —Yo estaba viviendo en Chile y cuando fue el golpe de Estado se corrió la voz de que me habían matado. Se lo llegaron a decir a mi madre, pero ella nunca lo creyó. Me enteré de lo que había pasado cuando estando en Cuba recibí el día de mi cumpleaños una carta hablada de Zitarrosa y me enviaba esa canción. Después supe que lo habían llevado preso al Bocha, a Carlos Benavides y a su padre, que no tenía nada que ver. Encima le tuvieron que pagar el pasaje de ida y vuelta al policía que los acompañó de Tacuarembó a Montevideo. Al Bocha lo tuvieron detenido como una semana y lo hacían escuchar continuamente a Zitarrosa a todo volumen y con la luz prendida, le pegaron, lo maltrataron. Todo porque decían que la canción aludía a mí y nombraba “comisaría y panteón”, porque el cementerio está frente a la comisaría. 

    —Hay una anécdota graciosa en torno a un monolito y la canción La flor del bañado en Curtina. ¿Cómo sucedió?

    —Esa canción habla de una novia que tenía un ciego de Curtina que era un muy buen bandoneonista y percusionista. Se llamaba Guillermo Castro Duré. El Bocha escribió una canción en homenaje a los acordeonistas populares y lo menciona a él. La música se le atribuye a Abayubá Rodríguez. Después encontré que esa música la recopiló también Marino Rivero y la grabó en Alemania como Polca de la Bordalesa, que era un acordeonista de Batoví, muy cercano a Curtina. En el archivo de Ayestarán encontré a otro músico popular que tocaba la misma canción, capaz que se la escucharon al ciego. Es muy parecida a una milonga que interpretan Los Olimareños, La ariscona, que nombra a Batoví. Lo gracioso es que hace ya varios años fui a tocar a Curtina y el comisario me dijo que le iban a poner nombre a una calle y estaban entre La flor del bañado o Guillermo Solo. Le pregunté por qué Guillermo Solo. “Porque usted lo dice así en la canción”, me contestó. “No, yo digo Guillermo, coma, solo con su acordeón”. El tipo se agarraba la cabeza porque ya habían hecho una plaqueta para un monolito. Y ahí sigue: “A nuestro querido músico popular, Guillermo Solo”. Lo más insólito es que estoy hablando de muchos años atrás, cuando había gente que lo conoció y a nadie se le ocurrió preguntar cuál era el apellido. Le dije al Bocha, vos le pusiste coma a la canción, pero le pusieron Guillermo Solo. “Pero le queda bien”, me dijo. Al final, a la calle la llamaron La flor del bañado.  

    —Empezó siendo afín al MLN, pero después cambió de partido. ¿Cómo fue ese proceso? 

    —Cuando llegué a Europa se dividió el MLN. Había un grupo que quería seguir encerrado y otro que quería difundir lo que pasaba en Uruguay. Entonces me fui con ese segundo grupo, primero al Partido Comunista y después hacia algo mucho más independiente dentro del Frente Amplio. Tengo un respeto muy grande por el pensamiento de la gente, incluso cuando no piensan como yo. Tengo muchos amigos colorados y blancos. Me parece fundamental el respeto, porque así tiene que ser la democracia. El problema son los fanatismos.  

    —¿El exilio ayudó en ese proceso?

    —Sí, también el desexilio. He encontrado dentro de los mismos compañeros del FA gente que no valía la pena, y del otro lado gente que sí lo vale, aunque pensemos distinto. Eso me gusta, tener confianza en gente de otros partidos. 

    —En la radio tiene un programa de difusión y también de archivo.

    —Siempre fui un juntador y en Holanda ordené mucho material. En 1991 comenzamos en Radio Fénix con Fabián Coutiño el programa La canción nuestra, un título que le había puesto el Bocha. Después tuvimos otro en una FM de Tacuarembó y en otra de Buenos Aires y también en la radio universitaria de Luján. Estuve además en Radio Rural, siempre usando ese material. Cuando se armó Emisora del Sur, Julio César Corrales propuso mi nombre y por primera vez tenía un programa de radio y me pagaban por hacerlo. No sé si hay una experiencia como esta en América Latina. Armo un programa para la madrugada, por placer nomás, entre las 5 y las 6, y en vivo hago el de la tarde, de 17 a 18. Ayer me pasé cinco horas tratando de rescatar una vieja canción de un disco porque saltaba, y seguí esta mañana. Me llevó no menos de diez horas. Era La noche, una canción de Los Chalchaleros antiquísima. Tengo posibilidad de pasar discos de 78 revoluciones, y así puedo escuchar a Hugo Balzo tocando obras de Fabini. En total llevo acumulados unos 60.000 archivos en la base de datos.

    —Lleva casi 50 años de trayectoria, ¿hay algo que le hubiera gustado hacer y no pudo?

    Empecé a los 16 años y siempre estuve en lo que me gusta: la música. Quizás le hubiera hecho caso a mi viejo y hubiera estudiado otra cosa. También podría haberme quedado en Holanda, pero no hubiera podido cantar más. Algo que siempre quise hacer fue pintar, y en eso ando ahora. Me encanta, ya tengo profesor y todo.

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