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    El hombre de la caja oscura

    Ruta 14, en el Parque Rodó

    El niño estaba inmóvil al rayo del sol. Parado, durito, tenía las manos juntas con el pequeño libro apretado como le habían indicado. Pantalón corto y corbatita impecable, lloraba en silencio, tampoco era cuestión de hacer papelones. Pero no quería estar allí, en exposición pública, vestido de Primera Comunión en medio de la concurrida plaza. Era un día claro, caluroso, despejado. El sol le daba de lleno en los ojos y casi no podía abrirlos. Estaba expuesto ante el mundo con el enorme caballo del monumento detrás. Así lo capturó la foto que todavía descansa en un viejo álbum de familia, registro de una época en la que no abundaban las fotos y los fotógrafos de plaza oficiaban de brujos con sus cajas mágicas integradas a sus cuerpos. Toda una experiencia. La historia del niño engominado y durito frente al monumento se recuerda cada tanto en la interna familiar, como la de miles de uruguayos que seguramente pasaron por alguna plaza donde trabajaban estos personajes curiosos, rodeados de fotos abandonadas o malas copias que acompañaban al autor como llamada para los clientes.

    En el Parque Rodó (Fotogalería del Centro de Exposiciones de la Intendencia de Montevideo) acaba de inaugurarse Ruta 14, sugestivo título para una exposición a cielo abierto en la que puede verse una enorme galería de fotos de gente muy variada, común, unidas por esa pose tan especial frente a la vieja cámara de cajón o “minutera”. Sin el temor del niño que recuerda el periodista, pero seguramente con esa mezcla de goce e incomodidad por el esfuerzo de permanecer inmóvil durante el eterno minuto de exposición. El tiempo en realidad es el gran protagonista de estas escenas y de los recuerdos. El tiempo de espera, tan inquietante como ese proceso, aunque la vieja magia haya desaparecido ante el arrollador avance digital.

    El proyecto iniciado en el 2012 por el fotógrafo uruguayo Diego Vidart intenta rescatar la figura del viejo fotógrafo de plaza, de su proceso analógico, de su poder histórico y vigencia en la memoria de la gente. Y lo hace desde un trabajo minucioso, inicial, de largo y rico proceso artesanal. Lo que uno ve en la exposición al aire libre es una serie de fotografías en blanco y negro con el viejo “toque” de las fotos de antes. Fueron tomadas en un recorrido por ciudades o pueblos del interior, unidos por esa ruta que atraviesa el país desde el litoral oeste hasta el océano atlántico, en una línea trazada tierra adentro, paralela a la costa. Hay paradas en Mercedes, Trinidad, Durazno, Villa del Carmen y Sarandí del Yi ,entre otros poblados que a veces parecen detenidos en el tiempo.

    Pero hay más que una extensa serie de imágenes anónimas a lo largo de 700 quilómetros de recorrida y más de 200 retratos. Está la reconstrucción de la propia cámara en una caja, realizada con trozos de maderas y materiales recuperados en un viaje anterior, por la misma ruta, en paradas insólitas entre bodegas abandonadas, estaciones de tren y depósitos de antiguos bancos de escuelas.

    Un ejemplo: el ojo de la cámara fue construido con el agujero para colocar la tinta de las viejas mesitas escolares que alguien guarda amontonadas en un galpón. En una página web está el video que registra estos pasos, el proceso técnico y otras historias. Tanto Vidart como su equipo retoman desde cero la construcción de un pasado más o menos lejano. Proponen que esa máquina, a la que también exponen en partes y detalles en algunas fotos de la muestra, oficie de lugar de encuentro de identidades perdidas, historias abandonadas, de tiempos cruzados por restos materiales.

    Pero está lo otro, lo más importante. Los cruces de vida, de emociones. Y lo que se produce en el encuentro con la caja. El espacio central de ese viaje en el que fotógrafo y modelos, contexto, procesos y realización confluyen en un momento seguramente inolvidable, como la espera de Barullo, con la señora que les llevó una vianda de pollo y arroz para el almuerzo. Esos minutos en los que la gente se prepara, charla, posa y queda estática en una suspensión tan viva como enigmática.

    La metáfora del tiempo aplicada a la fotografía parece caduca frente a la tecnología y la desaparición de lo físico por lo inmaterial, por la virtualidad o por los nuevos soportes. “Ya no existen las fotos impresas, expuestas en marcos”, dice el autor. Ya casi no existen los álbumes, tampoco el deterioro y la luz opacada y la suciedad que permitía envejecer juntos, modelo y molde. Es probable que tampoco la actitud, aquella extraña actitud que obligaba a quedarse quieto, inmóvil, ante un tiempo que parecía eterno. Si el modelo se mueve ante la digital, no pasa nada. Antes, moverse, era casi un desastre, un pecado mortal, un atentado a la dignidad del ritual.

    Por eso, el periodista recuerda con tanto detalle aquel momento preciso en medio de gente que pasaba lentamente y miraba curiosa y hacía comentarios que caían como balazos en su pequeño cuerpo trajeado, en su peinado pesadamente engominado para el ritual religioso. El simulacro de ejecución lo hacía posible una máquina enorme, de patas largas, con un ojo negro que lo miraba desde algún lugar indefinible y guardaba quién sabe qué misterio. Fue una larga y trabajosa pausa de modelaje que quedó guardada con la foto. Había tiempo para pensar, concientizar el proceso. El aparatoso momento metía miedo. Finalmente, de la parte de atrás del aparato salía un hombre regordete, de cara arrugada y trasnochada, con algo de bondadoso que en cierta forma deshacía el monstruoso hechizo.

    En el Parque Rodó la imagen de Vidart muestra la materialidad de esas emociones, de esa postura marcada por la presión del tiempo. A pesar de las sonrisas, hay una seriedad armada a fuerza de intensidad, de esfuerzo que parece interminable. Hay parejas, gente sola, familias enteras con registros más o menos definidos, más o menos sucios, de severa autenticidad. Hay una quietud que en algo denota la quietud de las plazas a primera hora de la mañana. Se contiene la respiración, se hace un silencio pesado. La caja vuelve a funcionar y la foto queda en un lugar entrañable del altar hogareño.

    “Ruta 14”, de Diego Vidart. Exposición a cielo abierto en el Parque Rodó. Hasta el 17 de diciembre.

    Vida Cultural
    2014-11-20T00:00:00