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Un incendio arrasó nuevamente el Auditorio Nacional del Sodre. Como en 1971, el jueves 5 las llamas lo consumieron todo, pero la sala estaba llena y el fuego se inició en el escenario. Ney Matogrosso apareció sobre un trono espejado y los dos mil espectadores explotaron en una ovación con pocos precedentes. Fue la primera de muchas, en una noche que quedará en el mejor recuerdo de la música montevideana.
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El recital Atento as Sinais comenzó con Rúa da Passagem, que abre el disco editado a mediados de 2013. Este cantante, actor y performer de 73 años, que ha estado a la vanguardia de la música brasileña durante los últimos 45 años, y que ostenta un estado físico digno de un atleta, se paseó por el escenario con sus atavíos satinados y emplumados y con sus caderas dibujando líneas curvas.
Ya no alcanza aquellos agudos pero mantiene el ataque aguerrido, el fraseo diáfano y esa épica operística que aportan una potente dimensión teatral a su arte. Pero más allá de su virtuosismo, su estética transexual y andrógina, lo que provoca admiración es el grado de verdad que transmite. Sonriente, con sus brazos en alto al finalizar cada canción, no cabe duda de que ese hombre está siendo y haciendo en ese instante todo aquello que quiso ser y hacer. Abundan los artistas talentosos a quienes aplaudimos a rabiar. Pero cuando alguien logra esa plenitud en escena, el público explota. Dos mil personas, o diez mil, o cien mil, caben en la palma de su mano.
Luego de la fuerza rockera de Incêndio nas ruas y la sensualidad del samba en Roendo as Unhas, las revoluciones bajan para A ilusión da casa. Matogrosso contempla la pantalla como un espectador más. La sutileza del cuadro dentro del cuadro. Un remanso de calma en medio del desenfreno.
La banda, una selección de capos. Entre ellos, Marcos Suzano, el hombre que reinventó el pandeiro al ponerle un micrófono, potenciar su sonoridad y transformar su estilo en una escuela, seguida por una legión de percusionistas. La cuerda de vientos (trombón y trompeta), un prodigio de precisión para energizar el repertorio con la dosis precisa de optimismo que saben aportar los metales. Un percusionista que danza entre parches y metales con la gracia de un acróbata. Guitarra, teclados, bajo y batería, todos impecables. Un óptimo guion de luces realza a cada músico en el momento justo de su solo estelar, o en nota que hace la diferencia. Una notable selección de imágenes sirve como medido complemeto visual para la música.
Pero Ney es un imán de miradas y provoca que una espectadora se abalance para estampar un beso en la boca de su ídolo.
Un streaptease, para mudar de un vestuario a otro, puede ser un momento muy superior a un vulgar número de cabaret cuando este animal del escenario se contornea mientras su orquesta improvisa como una banda de jazz. Puede bajar el pulso, pero la energía se mantiene a tope. La intensidad es tal que si este recital durara 45 minutos, estaría bárbaro igual.
En los bises apareció Amor, el único tema de Secos & Molhados en toda la noche. Los más veteranos cantaron agradecidos. La fiesta terminó bien arriba con Ex-Amor, samba clásica de Martinho Da Vila, y una sorpresiva versión de Sea, de Jorge Drexler, preparada como un regalo para el público uruguayo, coreada y agradecida por todo el teatro: “¡O brigado, monstruo!”.
“¡Qué viejo hijo de puta!”, comentó alguien en las escaleras, después del recital. “Lo que hizo no está escrito”, acotó otro. “Genio”, “Mago”, “Maestro”, “Maravilla”, se oía en el hall y las veredas, rumbo a 18 de Julio. Asombro, incredulidad y admiración eran las muecas de una excitación generalizada. Un público hipnotizado por este artista que, como bien dijo uno de esos cautivados, “demuestra todo el tiempo que es una persona feliz con lo que hace”.
El público de Búsqueda sabrá comprender cierto exceso del elogio en que ha caído esta crónica. Pero no es exagerado aventurar que quienes tuvieron la suerte de estar en el Sodre el jueves 5 seguramente recordarán este recital como uno de los mejores acontecimientos musicales de sus vidas.