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    El hombre que registraba

    Ricardo Piglia, el autor de Plata quemada y Respiración artificial, murió a los 75 años

    “En esos días, en medio de la desbandada, empecé a escribir un diario. Por supuesto que no hay nada más ridículo que la pretensión de registrar la propia vida. Sin embargo, estoy convencido de que si no hubiera empezado esa tarde a escribirlo, jamás habría escrito otra cosa”. Con estas palabras, el escritor argentino Ricardo Piglia explicaba en el documental 327 cuadernos (2015), del realizador Andrés Di Tella, sus inicios en la escritura. Ese documental, igual que Los diarios de Emilio Renzi, libro que surgió de los mismos cuadernos, adquieren un valor singular con la muerte de Piglia, ocurrida el viernes 6. Desde 2014, sufría de esclerosis lateral amiotrófica —enfermedad terrible que también padeció otro gran escritor, Roberto Fontanarrosa—, que produce una parálisis muscular progresiva e irreversible.

    “No puedo escribir”, anotó con letra defectuosa en uno de sus últimos cuadernos, pero a pesar de esta dolorosa dificultad, Piglia continuó con el rodaje y dictando sus reflexiones para el libro, lo que hoy permite conocer aspectos de su vida y de sus etapas creativas. Además de un innovador de las letras argentinas, y uno de sus referentes, Piglia fue catedrático en universidades norteamericanas durante 15 años, entre ellas Harvard y Princeton, y un destacado conferencista.

    Emilio Ricardo Piglia Renzi había nacido en Adrogué, al sur del Gran Buenos Aires, el 24 de noviembre de 1941. Con su primer nombre y su segundo apellido creó un personaje alter ego que aparece en varias de sus narraciones. Su padre había sido un rabioso militante peronista que estuvo preso por defender a Perón en 1955, en momentos de su caída. Ya en libertad, y cuando Piglia tenía 16 años, la familia decidió abandonar Buenos Aires para refugiarse en Mar del Plata.

    Al contrario de su padre, el escritor estaba lejos del peronismo y de la política, y así lo explicaba en una entrevista: “Tengo un amigo que dice que el peronismo es espiritista porque siempre hay un muerto que habla desde ahí arriba. La mirada más irónica hacia la política es lo que nos ayuda a soportar el peso de la política que a veces parece ser el único horizonte”.

    En 1957, en medio del ir y venir de la mudanza, comenzó a escribir en un cuaderno de renglones gruesos lo que estaba viviendo. Y no paró nunca de registrar imágenes, situaciones, personas y emociones, un registro que también es el de medio siglo de la historia Argentina. Ese enorme archivo había quedado guardado hasta que al regresar a Buenos Aires en 2010 desde Princeton, decidió revisarlo. “Hay momentos que uno recuerda con mucha nitidez y que sin embargo no están escritos en el diario, quiere decir que cuando los vivió no se daba cuenta de que eran muy importantes. Y hay otros que en el diario están escritos como momentos de gran intensidad pero se han olvidado. Es como si se hubieran vivido dos vidas”, explicó el autor a propósito de sus cuadernos.

    Algo que repetía Piglia en entrevistas y conferencias es cómo la escritura cambia el modo de leer. Incluso llegó a afirmar que le importaban más los lectores de vanguardia que los escritores de vanguardia. En una de sus conferencias, Los libros de mi vida, habló de sus tempranas imágenes vinculadas a libros, aunque no venía de una familia lectora: la de su abuelo Emilio llegado del campo, viudo y tristísimo, dormido en un sillón de cuero con un libro en la mano; la de Natalia, una italiana amiga de su abuelo que le regaló el día que cumplió 7 años la novela Corazón, de Edmundo De Amicis; la imagen de él mismo muy pequeño “haciendo que leía” en la vereda, hasta que un señor que pasaba le dijo que tenía el libro al revés.

    Antes de convertirse en escritor, estudió Historia en la Universidad Nacional de La Plata, luego trabajó en editoriales en Buenos Aires y creó una serie de novela negra y difundió a los principales escritores del género. Además de Faulkner, su lectura más temprana, la narrativa de Piglia se nutrió de Roberto Arlt y de Manuel Puig, de Juan Rulfo y de Guimaraes Rosa, de Witold Gombrowicz, de Macedonio Fernández y de Jorge Luis Borges, quien fue centro de varios de sus estudios. Hay una serie de clases magistrales sobre Borges que Piglia brindó para la televisión pública argentina y se pueden ver en YouTube. Es un verdadero deleite escucharlo e imaginar lo fantástico que sería como profesor universitario.

    Sus primeros libros fueron de cuentos: La invasión, Nombre falso, Prisión perpetua. Pero fue una novela la que le dio el reconocimiento de gran escritor: Respiración artificial, publicada en 1980, cuando Argentina aún vivía en dictadura. “Respiración me hizo creer que sí existía un país que se llamaba la Argentina; que si alguien, en ese territorio, podía escribir eso, no todo estaba perdido”, escribió el periodista Martín Caparrós en 2015.

    La trama es aparentemente simple: Emilio Renzi, un novelista apolítico que vive en Buenos Aires, mantiene una sistemática correspondencia con su tío de izquierda, Marcelo Maggi, un historiador de provincia. Cuando Maggi desaparece empieza la pregunta central: cómo contar la realidad. Así, con una mezcla de novela epistolar y policial, y con elementos de crítica literaria, va surgiendo una compleja estructura de cajas chinas que provoca una sensación de ahogo, similar al ahogo que sufría el país. Una obra excepcional, y posiblemente la mejor de Piglia.

    En 1992 publicó La ciudad ausente y en 1997 llegó su novela más exitosa y también la más problemática: Plata quemada. Esta historia policial inspirada en “los porteños del Liberaij” fue ganadora en 1997 del Premio Planeta de Novela. Pero los festejos no duraron mucho. Gustavo Nielsen, finalista del certamen, presentó una demanda contra Piglia, la Editorial Planeta y Gustavo Schavelzon, en ese momento editor, organizador del concurso y uno de los miembros del jurado junto con Tomás Eloy Martínez, Mario Benedetti, María Esther de Miguel y Augusto Roa Bastos. La demanda de Nielsen planteaba que Plata quemada ya había sido contratada antes del concurso por el mismo grupo editorial que lo organizaba.

    Finalmente la Justicia falló en 2005 a favor de Nielsen. A pesar del “concurso quemado”, la novela fue exitosa y tuvo en 2001 su versión cinematográfica dirigida por Marcelo Piñeyro. Otro problema surgió en 2014, cuando el periodista Leonardo Haberkorn publicó Liberaij, una investigación a partir de crónicas de la época. En una de ellas, encontró un fragmento escrito por un periodista del diario Acción en 1965, que Piglia transcribe textual en Plata quemada sin mencionar al autor.

    En el documental 327 cuadernos aparece el último Piglia, el que descubre con extrañeza lo que escribió décadas atrás, el que mira con una sonrisa imágenes de su vida y de otras vidas, el que descubre una lista en un cuaderno bajo el título El sentido de la vida. En ese mismo cuaderno aparece la fotografía de un niño pequeño con cara de felicidad. Piglia lo mira y comenta: “Uno cuando es chico no sabe lo que le espera”.

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