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Como si fuera un personaje de sus propios relatos, Ray Bradbury pensaba que en los viajes espaciales estaba la clave para conseguir la inmortalidad, y por eso decía que había que colonizar otros mundos. “Me enterrarán en Marte, en el cráter Chicago Abyss. Dejé instrucciones para eso a mi familia. Seré el primer muerto en Marte, aunque no tengo ninguna intención de morir pronto. ¡Llegaré a los 100!”, había dicho a los 87 años en entrevista con “Le Monde”. Pero el escritor, uno de los mayores creadores de la literatura de ciencia ficción y fantástica norteamericana, no llegó a los 100 años. Y por ahora no será sepultado en Marte. El miércoles 6, murió a los 91 años en Los Angeles, convencido de que algún día sus libros se leerían en el planeta rojo, algo que se acerca bastante a la idea de inmortalidad.
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Los lectores adultos no olvidan los relatos de Bradbury que leyeron en la adolescencia porque tienen la dosis perfecta de fantasía, aventura, poesía y terror que atraen en la juventud. Pero también este “humanista del futuro” escribía sobre mundos posibles con anécdotas tomadas de la vida cotidiana y con un poder de reflexión y melancolía conmovedoras. “¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima?... En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad”, escribió en el prólogo de “Crónicas marcianas” nada menos que Jorge Luis Borges.
Bradbury había nacido en Waukegan, Illinois, en 1920, hijo de una familia humilde que luego de varias mudanzas se instaló en Los Angeles. Siempre fue un niño de imaginación desbordante que había aprendido a leer a los tres años con las tiras cómicas y que amaba los cuentos de hadas. También era un niño “raro”, como él mismo se definió en “Zen en el arte de escribir”, un libro de 1994 que está a medio camino entre lo autobiográfico y el ensayo: “Soy esa rareza de feria, el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo. Recuerdo el día y la hora en que nací. Recuerdo que al cuarto día de nacer me circuncidaron. Recuerdo cómo chupaba el pecho de mi madre. (...) Veintiséis años después escribí el cuento ‘El pequeño asesino’. Trata de un bebé que nace con todos los sentidos en funcionamiento, lleno de terror porque lo han empujado a un mundo frío, que se venga de sus padres gateando en secreto por la noche y al fin destruyéndolos”.
Para conocer sobre su vida y su elaboración literaria, alcanza con leer el prólogo que el propio Bradbury escribió para “Fahrenheit 451” (1953). Considerada una “distopía” (lo opuesto a una utopía), en esta, su primera novela, el escritor imaginó una sociedad en la que los bomberos tienen la misión de quemar libros (que arden cuando la temperatura llega a los 451 grados) porque las autoridades consideran que cuando los ciudadanos leen empiezan a ser diferentes, se llenan de angustia y dejan de ser felices.
“¿Qué despertó mi inspiración? (...) Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de los cerilleros y yesqueros de Stalin”, apuntó el autor en el prólogo. Allí también explicó cómo se enteró de los incendios en la biblioteca de Alejandría y lo que significó el período macartista en los Estados Unidos: “McCarthy había obligado al Ejército a retirar algunos libros ‘corruptos’ de las bibliotecas en el extranjero. El antes general, y por aquel entonces presidente Eisenhower, uno de los pocos valientes de aquel año, ordenó que devolvieran los libros a los estantes”.
También en ese prólogo cuenta sobre su vida de lector ávido y pobre en época de la Depresión norteamericana. Por falta de dinero nunca pudo cursar estudios universitarios, pero sí visitaba bibliotecas y elaboró sus narraciones en máquinas de escribir que funcionaban con monedas de 10 centavos.
Junto con “Fahrenheit 451”, la obra más célebre de Bradbury es “Crónicas marcianas” (1950), ambas pertenecientes a la literatura de ciencia ficción. Las crónicas siguen las expediciones que, desde 1999 hasta 2026, Estados Unidos envía a Marte para conquistar el planeta. En cada expedición va aumentando el número de tripulantes y el armamento. Cualquier relación con la política exterior norteamericana no es pura casualidad, porque más que de Marte, Bradbury escribe sobre el racismo, la guerra y la destrucción, y lo hace a través de relatos llenos de misterio, emotividad y belleza.
“Al entrar en la atmósfera marciana el cohete redujo matemáticamente la velocidad. Era todavía hermoso y fuerte. Había avanzado como un pálido Leviatán por las aguas de medianoche del espacio; había dejado atrás la luna antigua y se había lanzado a nadas sucesivas”, dice un fragmento de “La tercera expedición”, una de las crónicas más inquietantes del libro, en la que los tripulantes retroceden en el tiempo y se encuentran con sus familiares muertos.
Otros de sus famosos relatos aparecieron en “El hombre ilustrado” (1951), y hay que leer “La pradera” para revivir el instinto de aquel pequeño Bradbury “raro” que quería destruir a sus padres. Igual que sucedió con “Fahrenheit 451” y “Crónicas marcianas”, “El hombre ilustrado” tuvo una poco exitosa adaptación cinematográfica. Después se publicaron varias antologías de cuentos, en una larga lista que llega hasta 2005 con “El signo del gato” y que incluye “Las doradas manzanas del sol” y “Remedio para melancólicos”. Porque Bradbury no paró de escribir nunca (su última novela “Ahora y siempre” es de 2009), ni de estar actualizado sobre educación y tecnología, dos temas que le interesaban especialmente. “Se me han acercado japoneses para ponerme un walkman en las orejas y decirme: ‘Con Fahrenheit 451 usted inventó esto, señor Bradbury’. Mi respuesta ha sido: ‘No, gracias. Estamos rodeados de demasiados juguetes tecnológicos. Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro. No quise hablar de la censura sino de la educación que el mundo tanto necesita”, dijo en una entrevista con “Le Monde”.
Bradbury estuvo casado con Maggie, a quien conoció en una librería en 1946 y con quien tuvo cuatro hijos. “He tenido amantes, no es que sea mujeriego, pero cuando una mujer bella llama a mi puerta y me dice: ‘I love you’, ¿cómo puedo resistirme?”, dijo a los 87 años al recordar su romance con la actriz Bo Derek.
Ya se sabe que el escritor no inventó el futuro, aunque estuvo muy cerca. Por algo un asteroide lleva el nombre de “Bradbury 9766”. Y no es cuento, sino puro homenaje.