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    El joven centenario

    Su nombre es sinónimo de cielo y estrellas, de misiones hacia el planeta rojo y de terribles pesadillas sobre un futuro de fuego. También es sinónimo de una prosa cargada de reflexión, imágenes y poesía. Generaciones de adolescentes le deben su entrada a la literatura, una señal de la juventud de su prosa. Por eso, aunque el sábado 22 se cumplieron cien años del nacimiento de Ray Bradbury, para los lectores seguirá siendo el autor de rostro afable, gruesos lentes de carey y de una imaginación tan inmensa como una nave.

    Bradbury nació en Illinois en 1920. Fue repartidor de diarios y un verdadero ratón de biblioteca. Para conocer sus inicios como lector y escritor, basta con leer sus propias palabras en el prefacio de Fahrenheit 451 (1953): “Cuando salí de la escuela secundaria, no tenía dinero para ir a la universidad. Vendí periódicos en una esquina durante tres años y me encerraba en la biblioteca del centro tres o cuatro días a la semana, y a menudo escribí cuentos cortos en docenas de esos pequeños tacos de papel que hay repartidos por las bibliotecas, como un servicio para los lectores”.

    Algunos de sus relatos breves los publicó en revistas y en dos libros de 1947, Carnaval negro y Las momias de Guanajuato. Después llegó 1950 con Crónicas marcianas, que le otorgó su primer reconocimiento literario. Este conjunto de relatos que narran los esfuerzos humanos por conquistar Marte, mereció en 1955 un prólogo de Jorge Luis Borges para la primera edición argentina. El gran escritor condensaba así el significado de la obra de otro gran escritor: “Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado”.

    El segundo relato del libro, Ylla, sirve de ilustración de la sensibilidad y belleza de la prosa de Bradbury. Es la historia de una mujer marciana que ve en sueños a un terrícola que le atrae, a la vez que siente los celos de su marido:A lo lejos oía a su marido que tocaba el libro, incesantemente, sin que los dedos se le cansaran jamás de las antiguas canciones. Y deseó en silencio que él volviera a abrazarla y a tocarla, como a un arpa pequeña, pasando tanto tiempo junto a ella como el que ahora dedicaba a sus increíbles libros”.

    A Bradbury no le gustaba que lo clasificaran como escritor de ciencia ficción. De hecho, escribió obras de teatro, poemas e incluso algunos cuentos policiales. “Soy un escritor de ideas”, dijo en una entrevista con el periodista norteamericano Sam Weller, quien también es su biógrafo.

    En 1951 publicó El hombre ilustrado, un conjunto de historias fantásticas, algunas cercanas al terror, como sucede con La pradera, en el que una pareja utiliza tecnología avanzada en el cuarto de sus hijos para recrear la pradera africana, hasta que los animales cobran vida propia.

    En el prefacio a Fahrenheit 451, Bradbury explicó que el origen de su historia distópica, en la que se queman los libros por peligrosos, hay que buscarlo en su cuento El peatón, que habla de un mundo en el que está prohibido caminar por la calle. Bradbury no llegó a ver que en este pandémico 2020 su cuento, de alguna forma, se hizo real. Es que los jóvenes centenarios siempre se anticipan al futuro.

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