Todo, o casi todo, empezó con una polilla. En el principio, David Lynch creó una serie de lienzos, dibujos y ensamblajes distintivamente macabros, depresivos y carnales en los que se evidenciaba una nada despreciable influencia de Francis Bacon. Había luz y oscuridad. Y vio Lynch que ambas se engendran mutuamente, que una está contenida en la otra, y que eso era bueno. Y respondiendo a ese patrón organizó el mundo. Y dibujó y pintó rostros que se derriten, cabezas que cuelgan en el aire sucio, deformidades, fluidos orgánicos extendidos como rasguños sobre recios paisajes de colores crudos, espesos, ruidosos. Y más tarde dotó de alma a esas pinturas. Así surgió Six Men Getting Sick (1967), animación de tres minutos en loop con cabezas que sufren contorsiones y se transforman en estómagos y vomitan y se prenden fuego mientras suena una sirena policial. Y un millonario vio que Lynch era bueno y financió su siguiente cortometraje, The Alphabet (1968), definido por el propio director como “una pequeña pesadilla sobre el miedo vinculado al aprendizaje”. Y luego, el salto al largo y el ingreso al salón selecto de los cineastas de culto, aclamados por la crítica y comercialmente redituables. Primero Eraserhead (1977), experimental, onírica y surrealista. Luego, El hombre elefante (1980), sobre el increíble caso de Joseph Merrick. Después, el éxito inmediato y el culto infinito con Terciopelo azul (1986), un relato de iniciación seductor y siniestro, y después: Corazón salvaje (1980), despareja y pintoresca road movie de amor loco que dividió a la crítica y se llevó la palma de oro en Cannes. La caída de Lynch fue ruidosa con el fracaso crítico y sobre todo comercial de Dune (1984), visualmente poderosa pero fallida hasta extremos ridículos. Recuperó su prestigio con Carretera perdida, un policial de horror sobre crisis de identidades, sorprendió con la linealidad y la simplicidad de Una historia sencilla (1999), y volvió a romper todo con Mulholland Drive (2001), una historia de amor, sueños y crímenes que había empezado como piloto para la televisión. La laberíntica Inland Empire (2007), es, hasta ahora, su última película.


