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Raskólnikov vive en una pequeña y mugrienta pieza. Apenas tiene unos rublos para comer. Viste unas ropas viejas con las que se ha acostumbrado a convivir, a salir a la calle, incluso a dormir. Ya no estudia pero posee los modales y las costumbres de quien ha recibido una buena educación; vaga por las calles de una sombría San Petersburgo que pronto se transformará en un infierno; se desliza por bares de mala muerte, donde observa y atiende al prójimo, piensa y más que nada se atormenta. Nuestro héroe es un joven marginal, un ex estudiante, un tiro al aire que no deja de filosofar —y la mayoría de las veces con gran lucidez— y también un piadoso y un asesino.
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Raskólnikov es el hombre, el solista de una enorme novela plagada de matices y aristas filosas, de absoluciones y condenas, una superproducción que parece confeccionada por decenas de hombres: los carpinteros que levantaron las vigas de la gran estructura argumental; los técnicos que montaron la escenografía de calles, fachadas, habitaciones y espejos y colocaron los focos para conseguir una ciudad fantasmal, a veces con los tonos de Rembrandt, a veces con los colores de la locura; los que hicieron reales las voces y los sonidos, tan importantes; los que se encargaron de delinear la psicología de cada personaje y los detalles minimalistas dentro de esas mismas psicologías.
Pero la autoría, brutal, oceánica y epiléptica, es de un solo hombre: Fedor Dostoievski. Crimen y castigo se publicó en 1866, exactamente hace 150 años, y fue a través de varias entregas en la revista El mensajero ruso.
Los rusos, qué pueblo atormentado… Un pueblo de alcohol y frío, sacrificado al zar, al líder, al gran camarada; un pueblo insaciable religiosa, política y filosóficamente. Un pueblo capaz de hacer revoluciones y también de aplastarlas con el mismo odio. Un pueblo con orgullo, llanto y culpa. Un pueblo dostoievskiano. Madre Rusia.
“Maté porque quería atreverme a hacerlo”, dijo Raskólnikov.
Sí, está bien, las obras maestras son universales, llegan al fondo de las cosas, convierten todas las recetas en una sola, esencial, básica, impostergable. Pero Crimen y castigo no la pudo haber escrito jamás un caribeño poseído por el sabor de una guayaba mágica, ni un romano conocedor de todos los caminos que llevan a Roma, ni un británico con la flema intacta luego de dar la vuelta al mundo, ni un judío perspicaz encerrado en un laberinto o un viejo castellano bautizado en algún lugar de La Mancha, con mil molinos y batallas en sus espaldas. Crimen y castigo es una novela eslava hasta la médula; es la sangre que se derrite en la nieve y no puede parar hasta el centro de la tierra. Es la lucidez y la locura en alta dosis de precisión. Es Freud antes de Freud y Kafka antes de Kafka, una máquina perforadora hacia las profundidades del alma humana. Como si Dostoievski se hubiera parado con los brazos extendidos hacia el cielo en el medio de una noche de tormenta eléctrica para convocar a todos los demonios. Después, él se encargó de transmitir esos rayos por los papeles de su escritorio y salieron Raskólnikov, su madre, su hermana, su amigo Razumijin, el demonio Svidrigáilov, el representante de la ley Porfirii Petróvich y otros personajes de este tremendo drama o ensayo filosófico novelado o monumental novela policial.
“El mayor psicólogo de la historia de la literatura”, así lo definió Stefan Zweig. Pero el poder del ruso nacido en Moscú en 1821 y muerto en San Petersburgo en 1881 rebasa la literatura, el psicoanálisis y la filosofía, con todas sus virósicas influencias, para impactar en otras zonas. Hay pasajes de Crimen y castigo que prefiguran el cine de Polanski o Haneke; es más: hay imágenes que ya quisieran haber diseñado William Friedkin para El exorcista o Don Siegel para La invasión de los usurpadores de cuerpos.
Raskólnikov, el hacha, la puerta, la gente del otro lado de la puerta, una mosca contra un espejo.
Alguna vez Dostoievski abrazó las ideas foquistas y tirabombas que luego fueron a parar a sus personajes más desesperados y nihilistas. Por semejantes ideas lo condenaron a muerte en 1849. Casi con la venda puesta y ante el pelotón de fusilamiento, llegó a último momento la gracia del zar. Salvó su pellejo porque ya era un gran escritor y pagó la culpa en Siberia, que es el infierno helado en la Tierra. Colocó todas sus ideas políticas desestabilizadoras en una bolsa, le agregó una pesada piedra, la cerró y la tiró al fondo del mar de su inconsciente y se convirtió al cristianismo. Claro, luego vinieron sus novelas más famosas: El jugador, Crimen y castigo, Los demonios, Los hermanos Karamázov y El idiota, piezas que parecen cinceladas por varios hombres. Y en esas obras, como en el increíble cuento El sueño de un hombre ridículo, que es un viaje interestelar, emerge parte del contenido de la bolsa, con cangrejos, diablitos y bichos redentorios.
La razón, a veces, está mal; el mal, a veces, tiene razón.
Haruki Murakami, una de las tantas consecuencias que ocasionó Dostoievski, dijo que escribir una novela es un acto físico. Pues bien: leer una novela también. Hay gente que en las vacaciones sale a correr por la playa o hace kayak. Yo leí Crimen y castigo.