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    El mejor bromista de la clase

    Tom Sharpe (1928-2013)

    De sus sátiras no se salvó nadie: ni poderosos ni débiles, ni ganadores ni perdedores. Hasta en sus propias novelas se caricaturizó a él mismo en la figura de Henry Wilt, su personaje alter ego creado a partir de sus experiencias, sus fobias y sus heridas. Tom Sharpe intentó escribir novelas serias, pero el drama se le disparaba hacia la comedia, y así se convirtió en uno de los mejores representantes de la narrativa humorística británica. Este escritor que amaba los habanos, la ginebra y las siestas en el piso, murió el jueves 6 en su casa de Llafranc, en la Costa Brava española, donde vivía con su esposa desde hacía dieciocho años. 

    Es frecuente que los humoristas encierren un lado oscuro o doloroso, y Sharpe no fue la excepción en utilizar el humor negro para sobrellevar su pasado atormentado. “Cuando empezó a escribir a los 40 años, era un auténtico paria que arrastraba una vida terriblemente accidentada, ya desde su nacimiento. Fue el hijo no deseado de padres mayores. Su progenitor fue un pastor de la Iglesia Unitaria, muy irritable, que le pegaba y militó en el fascismo inglés”, comenta el periodista catalán Llàtzer Moix en “Wilt soy yo”, un libro que reunió las conversaciones que mantuvo con el escritor durante dos años.

    Con una educación estricta y una situación económica ajustada, Sharpe estudió Historia en la Universidad de Cambridge. Allí no se sintió cómodo entre estudiantes de clase alta y comenzó a fastidiarse con ellos y con la sociedad inglesa. También tomó conciencia de lo que significaba la ideología de su padre y se alejó de su familia.

    La figura materna no fue menos nefasta para el escritor. Seguramente de ella surgieron muchas de las características de sus personajes femeninos, muchos desagradables, cuando no torpes o ventajeros. En el 2012, Sharpe recordaba de esta forma a su madre: “Era una auténtica zorra. Era cruel. Era mala. Tanto que incluso en el asilo se buscó una amiga sorda para poder insultarla tranquilamente sin que ella se diera cuenta de las barbaridades que le decía. Así era ella. Se desahogaba a gusto incluso con alguien incapaz de responderle. ¿Qué clase de mujer es esa? ¿Qué puede esperarse de una persona así?”.

    En 1951 se fue a buscar nuevos horizontes a Sudáfrica. En Johannesburgo fue trabajador social, dio clases en un colegio privado e instaló un estudio fotográfico. También se enfrentó al apartheid y escribió obras de teatro contra el racismo. Por una de ellas, “Natal”, fue encarcelado, acusado de comunista y expulsado del país por “actividades antigubernamentales”. Entonces regresó a Gran Bretaña “sin trabajo, sin dinero, fracasado como dramaturgo comprometido, y tuvo que bregar como profesor con aguerridos alumnos de formación profesional”, relata Moix en su libro.  

    Pero la estadía en Sudáfrica no le trajo solo penurias. A partir de aquella experiencia surgió el novelista que vendería millones de ejemplares en el mundo. Sharpe publicó su primera novela en 1971, se llamó “Reunión tumultuosa”, y en ella exhibió toda su acidez y humor negro. Ambientada en Sudáfrica, la novela trata sobre una señora blanca, rica y de edad avanzada, que le confiesa a la Policía haber matado a su cocinero negro. En medio de una trama disparatada, en la que las autoridades tratan de tapar el asesinato, la novela se desarrolla en un escenario lleno de violencia y racismo.

    Pocos años después, estaba todo preparado para la publicación de “Wilt” (1976), su mayor éxito, protagonizada por un profesor que padece un cargo endemoniado en un instituto politécnico. La falta de incentivos laborales y la mediocridad de los estudiantes van despertando en Wilt instintos asesinos que se exacerban cuando llega a su casa y se enfrenta a Eva, su “maciza” esposa, a quien decide matar. Una muñeca inflable, una actuación policial torpe y un ambiente académico ridiculizado son algunos de los ingredientes de esta novela, que tuvo su continuidad en “Las tribulaciones de Wilt”, “¡Ánimo, Wilt!” y “Wilt no se aclara”.

    Sharpe creó otros personajes memorables que le sirvieron para lanzar dardos a diferentes sectores sociales. Retrató al mundillo literario en “La gran pesquisa”, a los yuppies ingleses en “Lo peor de cada casa”, al esnobismo inglés en “Vicios ancestrales”, y desplegó una acción caótica y vertiginosa en “Una dama en apuros”, con un protagonista desopilante: un joven que carece de pensamiento abstracto y, por lo tanto, entiende todo literalmente.

    Las novelas de Sharpe no son parejas, y sobre todo en los últimos títulos de Wilt echó mano al chiste de golpe y porrazo, sin demasiada preocupación por una ironía más aguda y elaborada. Él mismo acusaba recibo de las críticas que recibía su obra: “Yo no soy Dostoievsky. Ni Tolstoi. En mi propio país no me toman en serio. Dicen que no soy un escritor sutil. Tengo fama de elemental. Los críticos repiten que mi humor es demasiado vulgar. Muy crudo. O sea, que no me ando por las ramas”.

    Sin embargo, fuera de Gran Bretaña el público seguía con interés la aparición de sus nuevos libros. Es que, a pesar de los altibajos, hay pocas novelas que puedan hacer reír como las de Sharpe. Tal vez solo su compatriota David Lodge, el otro gran narrador del humor británico, pueda superarlo en calidad literaria.

    Sharpe fue un hombre lleno de fobias. No podía ir a las iglesias (“me entran unas ganas irreprimibles de hacer algo ofensivo”), sentía una verdadera repulsión por Margaret Thatcher (“Supuso un paso atrás en el desarrollo social. Por un lado surgió esa casta de estúpidos aventajados, los yuppies, y por otro ensanchó la población de los desfavorecidos”), por la cultura del dinero y por las marchas militares. Sobre todo ello habló en varias entrevistas, pero seguramente se habrá explayado en las memorias que estaba escribiendo desde el 2010 y que, seguramente, se publicarán en breve.

    Con su mirada pícara y sus pantalones de tiradores antiguos, Sharpe parecía ser un hombre afable, de esos que dan ganas de conocer en persona. Porque cuando no escribía, él también sabía ocultar su amargura. Y eso lo hacía admirable.

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