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    El niño que deseaba algo extraordinario

    Espacio para soñar, una biografía de David Lynch

    Colaborador en la sección de Cultura

    Sus padres fueron cariñosos y conservadores y establecieron en el hogar estrictas normas de conducta. En la casa había comida sana, no existían las papas fritas y las galletas de avena con pasas cubrían la cuota de dulces. Aunque también les permitían a sus hijos hacer cosas extravagantes. En la casa había un taller donde los niños dibujaban, diseñaban y construían dispositivos. Eran presbiterianos devotos, así que los domingos, mientras los vecinos se iban a esquiar, ellos se subían al Pontiac e iban a la iglesia. Nada viene de la nada. Y de esta tranquila y armoniosa vida familiar salió un artista tan fascinante y perturbador como David Lynch. “La oscuridad que veo en su obra me sorprende y no sé de dónde viene”, dice Mark Smith, amigo de la infancia. “Él no era uno de esos chicos que se compraban una camiseta con un dibujo irreverente. Era el chico que las hacía”, dice su biógrafa, Kristine McKenna. En tanto, él considera que fue un niño común y corriente y que jamás se sintió diferente a nadie. Eso sí: varias veces ha confesado que su vida familiar era tan apacible y mansa que de niño deseaba que pasara algo extraordinario. A juzgar por lo que se cuenta en Espacio para soñar (Reservoir Books, 2018), biografía escrita por el propio Lynch junto a McKenna, periodista y amiga del realizador, lo extraordinario era él mismo.

    Pintor, escultor, diseñador, músico, director y guionista (ocasional actor y productor), David Keith Lynch nació en Missoula, Montana, el 20 de enero de 1946. Es el mayor de tres: le siguen John (nacido en 1948) y Martha (1949). La madre, Edwina Sunny Sundholm, descendiente de inmigrantes finlandeses afincada en Brooklyn, creció en medio del humo y el ruido y el cemento y el hollín característicos de las ciudades en desarrollo. A su vez, los aserraderos y los bosques y los árboles altísimos y el olor a pasto recién cortado conformaron el marco donde creció su padre, Donald Lynch. Y estos elementos son parte del tejido que constituye la estética lyncheana. El vecindario donde se filmó Terciopelo azul se parece mucho al de su infancia en Boise, Idaho, a donde se mudó con sus padres de 1955 a 1960. Para Lynch, los años que pasó allí fueron tremendamente importantes. Y así queda constatado en las páginas de este libro.

    Espacio para soñar, también disponible como audiolibro en Spotify, abarca la totalidad de su trabajo, incluyendo, claro, el regreso de Twin Peaks. El método de escritura usado fue el siguiente. McKenna escribió primero un capítulo usando las herramientas elementales de la investigación biográfica (documentación, entrevistas a familiares, amigos, compañeros de trabajo, exnovias, exesposas, directores, actores, productores). A continuación, Lynch leía el capítulo y luego aportaba su visión, lo cual implica señalar errores u omisiones, recurriendo a recuerdos ajenos como vía de acceso a recuerdos propios. En la introducción se señala que este procedimiento convierte al libro en una peculiar conversación entre el biografiado y su biografía. Y lo es. Aunque también es una forma de poner de manifiesto lo limitado que puede ser un solo punto de vista para capturar la magnitud y el carácter mutante de esa interacción de fenómenos que se define como realidad.

    El espíritu del arte, de Robert Henri, fue clave en su desarrollo como artista. Ofrecía un mensaje extraordinariamente sencillo y alentador: era necesario expresarse con la máxima libertad y de la forma más completa posible, también cultivar la fe en que merece la pena el esfuerzo y creer en el propio potencial para llevarlo a cabo. McKenna recorre la historia personal y profesional de Lynch y a continuación Lynch amplía la información y agrega detalles jugosos sobre su carrera: sus primeros trabajos pictóricos, sus influencias (Francis Bacon, para empezar), la experimentación con distintos estilos, su relación con la música, el momento en que decidió probar con la animación y el lenguaje cinematográfico, su pasaje por la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania y su beca en el American Film Institute, que derivó en la realización de Cabeza borradora, su primer largometraje y también, según sus palabras, su filme “más espiritual”.

    La biografía revela a Lynch como una persona muy intuitiva y en íntimo contacto con sus emociones. En su vida hay una temprana toma de conciencia de lo que ha descrito como “un dolor terrible, un deterioro” que se esconde bajo la superficie. Quizás fue ver el trabajo de su padre con árboles enfermos lo que proporcionó ese ángulo de visión sobre el carácter transitorio de la existencia. “La sentí, no la pensé”, dice sobre Cabeza borradora, que surgió a partir de sentimientos cuyo significado ignoraba. “Saqué la Biblia y me puse a leer”, explica. “Y seguí leyendo y leyendo hasta que llegué a una frase y me dije: ‘Aquí está’. Pero no puedo decir qué frase era”. Lynch como un artista que busca que sus obras se sientan y se experimenten, y no que sean explicadas.

    Terciopelo azul nació de tres ideas: 1) una sensación y el título, 2) una oreja cortada y tirada en un campo abandonado (era necesaria una parte del cuerpo con una abertura, “un agujero que permitiera acceder a algo más”) y 3) la canción Blue Velvet, de Bobby Vinton.

    También: como una persona extremadamente práctica a la que le fascinan la plomería y el diseño y la construcción de muebles. Una persona que disfruta resolviendo problemas y arreglando artefactos. Una que aprendió mucho a base de prueba y error. Cuando filmó The Grandmother, el corto que le permitió ingresar como becario en el Centro de Estudios Cinematográficos Avanzados del American Film Institute (AFI), no encontraba los efectos sonoros adecuados en el archivo del instituto y se encargó de crearlos él mismo. También preparó los pollos que se sirven en Cabeza borradora. Durante la producción de El hombre elefante, la película que lo proyectó internacionalmente (el título, además, tuvo ocho nominaciones al Oscar), intentó confeccionar el maquillaje protésico para John Hurt, el actor que interpretó a Joseph Merrick. Dune, su gran fracaso crítico y comercial, también fue una de las mejores cosas que pudieron sucederle a su carrera. Fue un aprendizaje esencial en la evolución de Lynch como artista y lo ayudó de manera considerable a definir su precisión y su identidad como cineasta. “Aprendí lo que es el fracaso”, dice. “En cierta manera, el fracaso es algo bonito porque, a toro pasado, no te queda otra que levantarte, y eso libera. No puedes perder más, pero en cambio puedes ganar”. La dura prueba de Dune no frenó el impulso que condujo a la realización de otra de sus obras maestras, la inmensamente personal y llena de humor negro Terciopelo azul (le pasó el guion a Kyle MacLachlan mientras filmaban Dune).

    Después llegó Twin Peaks, la serie, que en realidad nació siendo algo diferente. Fue el primer proyecto junto a Mark Frost. Al principio iba a ser Goddess, adaptación de un libro sobre Marilyn Monroe. El guion se transformó en Venus Descending, pero el proyecto fue rápidamente abandonado.

    Lynch parece tener un gran archivo de ideas en su cabeza, sugiere McKenna. Y cuenta que durante una de las últimas noches de rodaje de Twin Peaks: Fuego camina conmigo, se le ocurrió que llegaran cintas de video con contenido perturbador a la puerta de una pareja felizmente casada. Como la idea no estaba madura, fue guardada al fondo del archivador mental. Mientras tanto, siguió metido en otros asuntos. Años después, las cintas de video aparecerían en la paranoica y aterradora y noir Carretera perdida. Las primeras imágenes de Mulholland Drive llegaron cuando trabajaba en la primera temporada de Twin Peaks. En los hechos, Mulholland Drive empezó siendo una serie y fue cancelada (otro fracaso). Lynch fue nominado al Oscar como mejor director y en una encuesta realizada por BBC en 2016, fue declarada la mejor película del siglo XXI. De un video para la web se desprende Inland Empire, hasta ahora su último largometraje.

    El tipo es capaz de hacer mucho con muy poco. El libro es generoso mostrando su cocina creativa, proporcionando detalles y anécdotas, en especial en lo que refiere al trabajo con los actores (en realidad, con todos sus colaboradores), a quienes elige a partir de una intuición hiperdesarrollada. Durante el rodaje de Carretera perdida, le pidió a Balthazar Getty que se sentara sobre sus propias manos, lo que lo llevó a otro nivel y lo obligó a actuar enteramente con el rostro. En otra oportunidad, le dijo: “Imagina que eres un niño y ves un colibrí zumbando alrededor de la cabeza de tu padre mientras te habla”.

    Es asombrosa su productividad y la cantidad de proyectos en los que se ha involucrado. Lynch ha filmado cortos y videoclips y piezas publicitarias y ha publicado tiras cómicas y ha grabado y producido discos y ha diseñado muebles. Antes de Cabeza borradora escribió Gardenback, una historia sobre la infidelidad inspirada en un cuadro (notablemente influido por Bacon) que había pintado cuando vivió en Filadelfia en una casa ubicada delante de un depósito de cadáveres (“Creo que durante ese tiempo cambié y me volví un poco sucio”, reconoce). Después quiso filmar Ronnie Rocket, quizás su proyecto inconcluso más conocido. La película sigue dos líneas narrativas. Una de ellas es sobre un detective que se adentra en una zona prohibida conocida como la ciudad interior para atrapar a un villano que se apropió de la electricidad y la ha modificado de tal manera que produce oscuridad en vez de luz. La otra historia va de una especie de monstruo de Frankenstein que mide un metro de estatura, lleva un tupé rojo y funciona a corriente alterna de 60 ciclos por segundo y padece ataques debido a la electricidad. Según Lynch, Ronnie Rocket es una historia de iluminación envuelta en un humor sombrío, humo y hollín. Ha vuelto una y cien veces al proyecto y por distintos motivos no ha logrado concretarlo.

    También George Lucas le ofreció dirigir El retorno del Jedi. Mel Brooks le propuso hacer Frances, sobre la actriz Frances Farmer, y lo tentaron con una adaptación de El dragón rojo, la novela de Richard Harris que finalmente dirigió Michael Mann con el título Manhunter. Le propusieron dirigir un guion de Alan Ball, que resultó ser Belleza americana, y los derechos de la novela Huérfanos de Brooklyn, de Jonathan Lethem. Junto a Frost desarrolló una comedia fantasmagórica y delirante llamada One Saliva Bubble, y The Lemurians, sobre el continente Lemuria, donde el mal prevalece. Escribió The Dream of the Bovine, un comedia del absurdo sobre tres personas que en sus vidas anteriores fueron vacas y que como tales se comportan, aun cuando tienen forma humana (Harry Dean Stanton era uno de los bovinos, y Lynch pensó en Marlon Brando como otro de los protagonistas). También trabajó en un proyecto del que poco se sabe, Up at the Lake, que aparentemente no tiene relación con la serie del mismo título. Escribió una adaptación cinematográfica de La metamorfosis ambientada en Europa del Este a mediados de la década de 1950. También una versión de una obra teatral de Alan Greenberg, Love in Vain. Adquirió los derechos de la novela Gente nocturna, de Barry Gifford, con quien escribió Carretera perdida. Tiene otro guion, Antelope Don’t Run No More, que incluye aliens, y que supuestamente iba a ser su siguiente película tras Inland Empire.

    Quienes se acerquen al libro buscando respuestas y explicaciones derivadas de la inmersión en las profundidades del universo creativo y personal de Lynch pueden salir ligeramente defraudados, más sedientos, con la sensación de haber pasado un tiempo prolongado frente a una obra inmensa y compleja y apenas haber rozado la superficie de lo que se adivina como algo considerablemente más hondo. “Se trata de una crónica de los hechos sucedidos, no una explicación de lo que significan tales hechos”, apuntan los autores. “La conciencia humana es demasiado vasta para confinarla entre las cubiertas de un libro”. Lynch y McKenna reconocen que si bien aspiraban a una biografía definitiva, el resultado acaba siendo un esbozo. Extraordinario, por cierto.

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