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    El olor del jacarandá

    Wifredo Díaz Valdez: esculturas uruguayas a la Bienal de Venecia

    Se abre la puerta y aparece la figura del artista, sonriente, amable, de buen porte. No aparenta la edad que tiene. Es un hombre delgado, canoso, de pelo corto y lentes que permiten ver una mirada cristalina. Invita a pasar y sentarse en dos butacas de madera, fuertes. “¿Las hizo usted?”. El artista sonríe y dice que hizo muchas pero esas no, son compradas. Una ironía en la casa de un carpintero y artista.

    La habitación de la vieja casona de Isla de Flores está poblada de maderas. Frente a él, una escultura formidable, de gran tamaño, en madera fuerte, como un gran trozo de árbol trabajado por dentro y por fuera como un organismo. Parece un cuerpo abrazándose a sí mismo, con un hueco profundo en el centro, como un gran ombligo. Se para y con fuerza la cambia de posición y habla de cómo puede verse de pie o acostada. “Se la puede recorrer”, apunta. La enorme pieza escultórica permite que su autor la manipule, a pesar de su peso. El artista demuestra también su condición física y su profunda convicción: buscó y encontró un pie de plátano que le permitió investigar. Lo hizo con paciencia y el pulso firme. “Es el pulso el que guía, el que lo conduce”, aclara refiriéndose a su trabajo en carpintería.

    Es evidente que hay una fuerza que impulsa el encuentro de algo tan indefinible como el punto justo de la belleza. Ese plátano fue trabajado en etapas de una búsqueda lenta e irracional. El resultado es una obra compleja, una presencia refinada y sugerente. Esa obra es de Wifredo Díaz Valdez (Treinta y Tres, 1932), uno de los escultores más importantes que dio el arte uruguayo contemporáneo. Su nombre designó el último Premio Nacional de Artes Visuales convocado y otorgado a fines del año pasado por el Ministerio de Educación y Cultura. Un premio histórico y de gran prestigio que reconoce a un artista de primera línea. Este año, además, Díaz Valdéz representará a Uruguay en la 55ª Bienal de Venecia, a inaugurarse en junio. “Tarde, muy tarde”, responde a la interrogante sobre estos reconocimientos. Sorprende al periodista. La frase es contundente. La dice sin resentimientos, con la calma y el aplomo de quien puede ver las cosas desde otro ángulo, más allá del bien y del mal.

    “Veinte años atrás hubiese relanzado mi carrera”, dice el escultor. Pero aclara que su obra ya “no puede dialogar con el arte de hoy, con las vanguardias”. Esto sorprende más. No es común que un artista hable así de su obra. Tampoco que sea capaz de entender que el tiempo de un artista o de su obra tiene momentos, diálogos con épocas y circunstancias especiales. La charla cruza por senderos inesperados.

    Díaz Valdez habla del campo y la ciudad, de peripecias vitales, de cuestiones más divertidas y anecdóticas. Es la historia de un hombre que salió ya grande de la vida rural, que creció en el medio del campo en Treinta y Tres, que fue a una escuela rural y en algún momento llegó a la ciudad y se dedicó a la carpintería. “Ahórreme esa parte”, dice a las risas y recuerda la cantidad de veces que lo pintoresco ocupa el lugar de lo interesante. “La gente va a decir: ‘Pero, mirá este hombre otra vez hablando del campo y de las vacas, la historia del canarito que se fue a la ciudad”. Se ríe con ganas. Es evidente que lo anecdótico reviste mucho de su actitud vital, de su trabajo desmesurado en torno al árbol, a la madera, a la búsqueda de un sentido “ético” a su arte.

    El periodista apunta varios aspectos de la vida del escultor, aunque sabe que detrás hay otra cosa. Anota que “pisó” Montevideo en 1958, vino un día y se fue al otro. Luego se instalaría definitivamente. Díaz Valdez recuerda aquella ciudad “llena de inmigrantes, llena de gallegos que tenían boliches, almacenes, que andaban por la calle, llena de gringos”. En dos o tres pinceladas pinta el fin de una década y aporta algunos conceptos coloridos y profundos.

    El tiempo jugó un papel importante en la vida de este hombre de campo que enfrentó el esfuerzo de las ocho horas, rigurosas, en un trabajo rutinario que, apenas podía, dejaba por su dedicación a la madera, al árbol, a la gratuidad del arte. A fuerza de intuición, de impulsos catárticos. Luego vendrían la reflexión, los cambios, la conciencia de sus trazos, las exposiciones y el reconocimiento.

    Se para y como un mago hace aparecer piezas pequeñas, cajas construidas hace muchos años, en esa búsqueda de un lenguaje propio. Primero una forma curva, una caja de madera pulida, brillante, en estilo casi industrial. “La hice y luego me di cuenta de que era nórdica, que podría ser escandinava”, comenta. Precisaba algo que hablara de este lugar, de su propio mundo, algo íntimo y personal que él llama “sentido ético”, algo que tuviese vínculo profundo con su cultura.

    Muestra otra caja similar pero en madera cruda. Es algo totalmente distinto, novedoso, de una belleza cautivante. Luego vendrían sus cajas con bisagras, sus maderas que sorprenden por un interior laberíntico, con encajes que se desprenden del tronco principal. Muestra un rolo relativamente chico con un pedazo de serrucho incrustado. Lo abre y su interior se despliega en partes interminables.

    Desde aquella frase sobre la Bienal se habla del arte. Sobre todo, muestra su arte. En ese living poblado de pequeñas esculturas en las que va desempolvando su proceso de trabajo de tantos años, sus momentos de encuentro de algo que le marcaba la llegada a un punto más o menos satisfactorio. También en su taller, a media cuadra de su casa. Allí descansan sus trabajos más recientes y de gran tamaño, sus “montes” construidos con postigones viejos o casi destruidos. “Mire, huela”, dice entusiasmado. Ofrece un pedazo de interior de una madera oscura, milenaria. La extrae como un cajón secreto de una especie de vieja y castigada viga. Por fuera, las arrugas del tiempo y el uso, la madera casi muerta. Por dentro, la vida. El olor es penetrante, huele a suave olor de madera, indescifrable. “Es jacarandá, es increíble como mantiene el olor”.

    Por un momento parece volver a la infancia. Todo este mundo hace pensar en los orígenes. En un rincón, algunas obras que en poco tiempo estarán en Venecia. Por ahora, descansan. Hay un tonel que nadie diría que se despliega en infinidad de partecitas, que se abren como un estallido. Hay una rueda típica del campo. También se dispersa sin que sus partes pierdan contacto. Es un mecanismo, cierto proceso de destrucción que construye un lenguaje. Hay algún violín, casi desarmado, que espera en silencio. Alguien le dijo una vez que “tenía una luz”. Pero, ¿qué hace si se le apaga? Se ríe de la ocurrencia.

    Tenía razón. Hay una luz en Díaz Valdez que lo hace caminar por este bosque y elegir dónde detenerse. En cada punto hay un encuentro con lo nuevo. Construyó un mundo que todavía puede dialogar con el arte, desde lo estético y más allá de las vanguardias. En Treinta y Tres o Venecia. Por suerte, esa luz nunca se apagó.

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