Los tributos a los artistas fallecidos suelen ser un momento emotivo e inevitablemente pomposo. Pero en la reciente entrega de los Premios Graffiti el encargado fue un flaco de melena oscura que recordó a Renzo Teflón con su guitarra en una versión contenida y magnética de Ana la del quinto, de Los Tontos. La hilvanó en plan rockero con A desalambrar, de Daniel Viglietti, y El instrumento, de Washington Benavides y Eduardo Darnauchans, con los rostros de Coriún Aharonián y Graciela Paraskevaídis en la pantalla. El flaco de pelo largo es Alejandro Ferradás, un montevideano de 51 años (que siempre aparentó 10 menos), músico desde su adolescencia y arquitecto “de a ratos”, con el título “guardado en un sobre de manila”. En los 80, cuando estaba en cuarto de liceo, fundó Élite, y luego fue bajista de Séptimo Velo, y desde 1992, cuando Ayuí publicó Banderas por banderines, ha editado siete discos como solista. Fue el último guitarrista, arreglador y productor del Darno, integró el supergrupo Los Kafkarudos, fue guitarrista de La Tabaré y colaboró en mil proyectos ajenos. En 2017 Bizarro publicó Canciones aferradas, disco en el que versiona las canciones uruguayas “que le volaron la cabeza”, que presentará el viernes 14 en Sala Zavala Muniz (entradas en Tickantel a $ 350). El concierto reunirá todas las versiones: las de este álbum y las de otros discos. Tendrá temas de La Trampa, Buenos Muchachos, Jorge Galemire, Eduardo Mateo, Dino, Jaime Roos, Fernando Cabrera, Mauricio Ubal, Estela Magnone, Tabaré Rivero y Jorge Nasser. Los últimos cuatro actuarán como invitados. La charla con Búsqueda comienza con el tributo en los Graffiti y rápidamente se instala en su padre aviador, fallecido en un olvidado accidente aéreo en Artigas. Ferradás demuestra por qué todo tiene que ver con su música.
—Son todos allegados míos, de primera mano. A Coriún y a Graciela me los presentó Mauricio (Ubal), que se casó con mi madre luego de la muerte de mi padre, en 1978 en Artigas. Pero Mauricio ya venía de antes a casa, siendo un adolescente, y escuchábamos música juntos. Mi padre, Roberto Ferradás, era piloto de la Fuerza Aérea, al igual que mi tío Julio César, también piloto, fallecido en el avión que cayó en Los Andes en 1972, cuando yo tenía cinco años. Mi padre piloteaba el avión que se estrelló en el mayor accidente aéreo de la historia uruguaya. Murieron 44 personas, familias enteras, muchos niños. Se cumplieron 40 años pero está muy tapada esa historia. Se recuerda mucho más la Tragedia de los Andes. Yo tenía 10 años y te imaginarás que mi vida siempre estuvo llena de aviones. Por un buen tiempo no lo comentaba mucho, me costaba decir que era “hijo de milico”. No era muy cómodo, pero es parte de mi infancia. Cuando iba a la base con mi viejo era divino recorrer y treparnos a los aviones. ¡Era jugar en escala uno a uno! Ahora que tengo dos hijas hemos ido al Museo Aeronáutico y he vuelto a jugar como gurí chico.
—¿Ser padre te volvió a conectar con esa historia?
—Sí. En 2007, a un mes de que nacieran las mellizas, me vino una gran necesidad de saber. Habían pasado 30 años sin saber nada sobre el accidente de mi padre. Lo había charlado poco con mi madre, era casi un tema tabú. El avión, un Douglas C-47 de TAMU, cargó combustible y ni bien despegó, cargado de gente, a menos de 100 metros de altura, se plantó el motor. Él dio la vuelta para aterrizar pero se clavó de punta, se prendió fuego y murieron todos. En Artigas todo el mundo conoce la historia, una tragedia muy fuerte. Pero parece que no hubiera sido acá: Artigas está demasiado lejos. Nunca había ido y ese año viajé para conocer el lugar donde se estrelló el avión. Me recibió el jefe del aeropuerto. Me llevaron al lugar, saqué fotos, vi la placa en el piso con todos los nombres. El director se puso a mis órdenes, preparó un mate, subimos a la torre de control y nos pusimos a conversar. Llamó al mecánico de aviones de ese tiempo y otras personas que me podían dar datos de primera mano. Y me instaló una habitación allí mismo, en el aeropuerto. Todo muy inesperado. Me traje un pedazo del avión y de un mural con la foto del avión.
—Fue el mismo año en que había muerto el Darno, otra persona clave en tu vida…
—Sí. 2007 fue rarísimo. Arranqué el año siendo una persona y terminé siendo otra. Murió el Darno, que era el centro de mi vida musical, fui padre, me separé y comencé a cerrar la herida de la pérdida de mi viejo. Lo traje de nuevo a mi vida. Y tiene que ver con lo musical: tomé conciencia de mis raíces como músico. Mi viejo era muy melómano, siempre íbamos a comprar discos. Me regaló Help para Reyes. “Es para que lo escuchemos todos”, me dijo. Al otro año vino Rubber Soul, pero a mí me gustaba más el anterior. “Ya vas a ver”, me aseguró (ríe). Tal cual. Me hizo conocer a Simon & Garfunkel y a Dylan. La rutina de los domingos era armar el mate, poner música y armar maquetas de aviones. Decenas de maquetas. Me sentaba a su lado y lo miraba. Escuchábamos música clásica o discos de guitarra. Él me compró la primera guitarra y me mandó a estudiar. Ponía a Andrés Segovia y mientras yo practicaba mis lecciones me decía: “Si un día tocaras así… (ríe)”. Por otro lado, mi vieja, entre semana, me daba todo lo otro: Zitarrosa, Olimareños, Serrat, Patxi Andión, la canción ideológica. Y después que murió mi viejo, vino Mauricio con una invasión de música uruguaya: Rada, Jaime, Darno, Cabrera, Mateo. Cientos de vinilos. También me trajo lo que me faltaba de Beatles, Rolling Stones y todo el rock. Toda la gestación de Rumbo la viví desde cero, en mi casa. Y yo puse mis propias figuritas en el álbum: Police, Cure, Queen, Smiths, Morrissey, Elvis Costello, Tom Petty. Tuve la suerte de tener un panorama muy completo.
— Tenés muy definido tu mundo sonoro, austero y con guitarras limpias, levemente electrificadas o naturales, y se lo aportaste a músicos como el Darno…
—No tengo otra manera de hacer las cosas. Sé manejar ciertos elementos a nivel compositivo y arreglístico y me muevo dentro de lo que conozco. Si me traés algo con vientos no tengo ni idea de cómo arreglar, balancearlo. Me gusta ese sonido algo distorsionado pero no saturado. Mi criterio es: ¿qué haría Tom Petty acá? Ok, lo hago. ¿Qué no haría? Ok, no lo hago (ríe). Petty es mi lado más americano. Después está mi lado británico, que viene de Los Beatles y grandes referentes como Elvis Costello y Morrissey. Ese es mi lugar, esa especie de folk rock. A ellos les afano tranquilo. Me encanta el sonido Costello. Siempre fue un crack, tímbricamente sus discos son perfectos. Le entré por Spike y me partió el cerebro. Daría lo que sea por verlo, pero está difícil, ahora que tiene cáncer.
—En 2005 produjiste El ángel azul, el disco otoñal del Darno, pero de gran belleza. ¿Cómo lo recordás?
—El Darno no entraba a un estudio desde El trigo de la luna, en 1989. En ese tiempo, por el 2004, había recuperado un montón de memoria de letras y canciones que había hecho en todo ese tiempo. Cantaba viejas canciones como Lqqd y Sonatina, y yo grababa todo. Tengo mucho material inédito en casa. Con todo ese paquete grabamos con su amigo Daniel Báez. Le decíamos: “Hacemos lo que quieras”. Yo tocaba las guías de guitarra y él cantaba. Algunos días tenía más ganas que otros. Entonces le sacaba presión y nos íbamos a tomar algo. Le pedí a Báez que grabara todo. No tiramos nada. Y entre todas las tomas, armamos una pista de voz de cada tema. Tenía que ser así. No había otra. Después arreglamos y grabamos los instrumentos. Lo único que quería yo era que le gustara el disco. En un tema se imaginó gaitas. Y le metí gaitas. Cada cosa que me pidió la cumplí. Lo cuidamos al máximo.
—¿Y cuándo se lo mostraste?
—Cuando estuvo terminado (sus ojos se empañan de emoción). Fue lo mejor que me pasó en la vida a nivel musical. Es mi Maracaná. Lo llamé y le dije: “Darno, está pronto”. Ese 2005 había sido muy trágico para él, había muerto su hermana y su salud iba mal. La primera escucha fue en el Casmu porque se había fracturado la cadera. Le puse los auriculares, me senté al costado y fue increíble. Me miraba ante cada sonido nuevo e inesperado y se le transformaba el rostro (gesticula). “¿Yo canté esto? ¡Las gaitas! ¡Las armónicas!”, gritaba (ríe). Al final quedó nervioso, temblando de excitación. Entró un médico y le dijo: “Disculpe, doctor, no estoy mal, es que acabo de escuchar mi nuevo disco”. Fue un momento lindo (sus ojos vuelven a brillar del mismo modo que cuando habla de su padre). Ese año y el siguiente tuvo varias internaciones, un tiempo después murió su pareja, Patricia, y pocos días más tarde, él. Se fueron casi juntos.
'Tom Petty es mi lado más americano. Después está mi lado británico, que viene de Los Beatles y grandes referentes como Elvis Costello y Morrissey'.
—¿Te llegaste a sentir como un hijo suyo?
—Y… un poco sí. Fuimos muy compinches. Laburé con mucha gente, pero como con él, con nadie (ríe). Estamos hablando de uno de mis máximos héroes. Crecí escuchando Sansueña y Zurcidor. ¡Son mis discos de cabecera! Aprendí a tocar la guitarra tratando de imitar el riff de Memorias de Cecilia. Entonces, haber participado en los últimos tres discos del Darno (los otros dos son Entre el micrófono y la penumbra y Canciones sefaradíes, ambos en vivo) fue impresionante.
—Del Darno hacés Cápsulas en Canciones aferradas …
—Sí, es impresionante. En este disco están las canciones uruguayas que me volaron la cabeza. Y muchas tienen que ver con mi vida. Este momento ahora, de Ubal con Rumbo, me encandiló desde la toma cero. ¿Por qué están Atlántida y El Dorado, de Cabrera? ¿Y Noche de lluvia, de Dino? ¿Por qué está Jaime con Entonces y Galemire con Tus abrazos? Este disco es todo eso que trajo Mauricio a casa
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—Como Jaime en Contraseña y Cabrera en Canciones propias, es tomar el tema y pasarlo por tu filtro…
—Eso mismo. Jaime me hizo llegar un mensaje a través del ingeniero de sonido: (imita la voz nasal de Roos) “Decile a Ferradás que es una alegría y un honor que me versione”. Entonces la cambié toda, era un candombe y la hice rock y por suerte a Jaime le encantó.
—¿Qué aportó la arquitectura a tu labor musical?
—De arquitectura hago alguna cosa pero durante años, nada. Cuando tuve el título en mis manos, dije: ta; lo tengo guardado en un sobre de manila. Me aportó un universo cognitivo interesante, un espíritu crítico, la duda como herramienta, una metodología de diseño y un proceso creativo, la posibilidad de replantearme las cosas y cierto inconformismo. Me gusta, pero no se compara con la música.
—En lo lírico tu obra es muy íntima y confesional, como el disco En buenos términos, que habla de una separación…
—Sí, ese disco es el reflejo de mi gran crisis. Me cuesta escucharlo y por eso lo he abandonado. Porque la superé, estoy lejos de ese estado. Los textos es la parte que más me cuesta. Qué decir y cómo. En Intemperie estaba muy influenciado por la capacidad de contar historias de Garo Arakelián en su disco Un mundo sin gloria, como un cronista. Soy muy permeable a ese tipo de sensaciones. Ahora que me decís, hace un buen tiempo que no compongo nada y tengo ganas de volver a hacerlo.