La discusión, muchas veces, gira en torno al precio del dólar y los costos medidos en esa moneda como la clave para que el sector exportador pueda llevar adelante sus negocios. Pero va calando un enfoque más amplio del tema. La nueva directora del Instituto de Competitividad de la Universidad Católica, Micaela Camacho, suma elementos a esa visión y, en su opinión, Uruguay ofrece un “piso” de estabilidad macroeconómica adecuado, aunque, al mismo tiempo, hay “un montón de cosas que todavía no están resueltas”, como una carga impositiva “enorme” y servicios públicos deficientes.
Su preocupación va más allá y advierte que falta una “estrategia clara” en materia de competitividad y le preocupa la pérdida de credibilidad de las sociedades en los sistemas políticos: “Si no tienen confianza en el país donde viven, la base está rota”.
Camacho, una licenciada en Economía de la Empresa y magíster en Administración (MBA), asumió en setiembre al frente de esa área de investigación de la Universidad Católica en lugar de Roberto Horta.
“Bienestar”.
Si bien el concepto de competitividad es algo muy discutido en Uruguay y en el mundo, en diálogo con Búsqueda ella lo puso en estos términos: “Es el proceso de generar bienestar sostenible”. Consideró que aunque hay cierto consenso en cuáles son los elementos que conducen a dicho bienestar, en su opinión “falta una estrategia clara detrás” para lograr el objetivo.
“Desde el gobierno se dice que la hay, pero no se percibe una estrategia clara. (…) Salió una agenda de Transforma Uruguay, una serie de acciones que van a hacer, pero no se visualiza: ‘Uruguay va para este lado’, independientemente que puedas discrepar o no con la decisión”, evaluó.
Camacho piensa que eso “no ayuda” al desarrollo de la competitividad. Reflexionó: “¿Qué es lo que queremos? Un país mejor para las generaciones que vienen, que se sientan uruguayos, ¡y que no se vayan!”.
“Siempre pienso: ¿qué es lo que me hace vivir en Uruguay? ¿Qué es lo que me da bienestar? Que mi hijo salga del liceo y llegue seguro a mi casa. Eso es parte elemental y lo estamos perdiendo. No hay dinero en el mundo que te pague la tranquilidad que tus hijos caminen seguros en la calle”, agregó.
Si bien matizó que hay condiciones básicas cubiertas y otras en las que el país se destaca, señaló situaciones paradójicas.
“Ni hablar que tenemos agua potable, que el nivel de Internet de Uruguay es maravilloso, pero hay como una dualidad compleja. Por un lado nos cuidan y nos limitan la cantidad de sal que tenemos arriba de la mesa en los bares, pero por otro no puedo tener el celular arriba de la mesa porque seguramente si alguien pasa, me lo robe”, alegó.
Y añadió: “Se siente la dualidad, no me estás cuidando donde me tenés que estar cuidando. Yo puedo controlarle la sal a mi hijo, pero necesito que camine tranquilo por la calle. Son los factores mínimos que uno necesita para vivir en paz y poder construir competitividad”.
En su opinión, en Uruguay “hay un montón de cosas que todavía no están resueltas. Te lo dice todo el mundo. Tenés un nivel impositivo enorme, pero no te cubre salud, ni educación a los niveles de otros países con altísimo nivel impositivo”.
El “piso” macro.
También se refirió a la estabilidad macroeconómica como la base o “cimiento esencial” para edificar los procesos competitivos como un activo que ofrece el país. Para Camacho, si bien en los últimos años el desempeño en esta materia “no ha sido ejemplar”, Uruguay ofrece “un piso”, algo positivo cuando se compara con las economías de la región.
Sin embargo, opinó que “el partido se juega en lo micro”, a nivel de las empresas. Y a ese nivel también marcó falta de estrategia y planificación.
A su juicio, aunque hay dificultades en términos de costos, menor actividad y deterioro de la rentabilidad, el empresariado debe dar el “salto cultural” en la forma de cómo generar competitividad para su negocio. En tal sentido, dijo que la clave está en “sentarse con el de al lado y cooperar”. “Hay sectores emergentes a los que les resulta más fácil (hacerlo), como las TIC, el audiovisual; es gente más joven acostumbrada a abrir y compartir lo que sabe y así funciona en el mundo. Pero hay sectores más tradicionales donde al gerente le cuesta delegar. Es un tema de colaboración intraempresa, entre empresas del sector y con otros sectores”, describió.
“Nadie le está diciendo que compartan las recetas de la abuela sino colaborar para que la torta crezca de tamaño, en vez de pelearse para repartir lo que hay. Colaborar con el proveedor, preguntarle qué necesita, qué se puede hacer para mejorar el producto. Ahí parte la innovación”, apuntó.
Camacho cuestionó que los empresarios señalen la evolución del tipo de cambio real (TCR) para decir si el país es más o menos competitivo. “¡No! Somos más o menos (competitivos) porque tenemos un potencial que se logra desarrollar. El TCR es parte de esa herramienta que usás para ser competitivo, pero si lo único que hacés es mirar al vecino sin preocuparte de lo que te está pasando a vos, tenés un problema. Y si lo único que vas a hacer es pedirle al Estado que te ayude… Todos podemos caer en la casa de papá y mamá porque estamos resfriados para que nos den una mano. Pero después hay que salir adelante con estrategia e innovación”.
“Hay coyunturas, pero a veces se abusa. A veces la queja del TCR es entendible; (la región) está relativamente más barata, pero ¿qué puedo hacer yo para bajar mis costos? (…) De repente, pedir mejora en la educación y la carreteras con los impuestos que se pagan, pero también se puede pagar junto (con el Estado) para que un investigador haga su posdoctorado, se quede en Uruguay y así tengamos mejores productos y podamos exportar, quizás a un mayor costo pero con un valor agregado que es valorado por el mercado externo que paga un sobreprecio. No todo es competencia en costos; hay que competir en calidad y para eso necesitamos innovación”, insistió.
Desconfianza.
Dado el momento político y económico en la región, la directora del Instituto de Competitividad de la Universidad Católica evaluó que en el corto plazo será “complejo” mejorar la situación de las empresas uruguayas y del país en general, ya que lo que pase en Argentina y Brasil “va a tener un impacto”.
Advirtió que en Uruguay hay un “problema de institucionalidad complejo”, en el grado de confianza que le tienen las personas y las empresas al sistema político, “lo que hace más complicado llegar al bienestar”. Para ella, una muestra de eso es el “altísimo” porcentaje de indecisos que las encuestas vienen relevando de cara a las elecciones.
“Me da cierta preocupación la desconfianza en las instituciones porque eso pega directamente en el bienestar. Veremos qué pasa en las próximas elecciones. (…) Y el voto castigo, en la región y en el mundo —mirás a Trump y se te paran los pelos—. ¿Qué pasó? La gente está cansada de la corrupción, de la mentira, de los arreglos y del amiguismo, que no haya técnicos, ¡está cansada! Está claro. Pero la otra opción ¿es realmente la que nos va a sacar adelante y permitir llegar al bienestar? ¿Es realmente mejor? No defiendo a unos ni a otros. Pero creo que es una disyuntiva en la que se encuentra el pueblo uruguayo muy compleja, porque no hay caminos claros de ‘a quién voy a poner’”, reflexionó.
Y argumentó que la pérdida de confianza “termina teniendo un impacto muy grande en la sociedad, en el bienestar, en la competitividad. Porque quienes exportan, innovan, son las empresas, y las empresas son las personas. Si no tienen confianza en el país donde viven, la base está rota”.
Por eso, llamó a trabajar para “generar confianza y cohesión en la sociedad, que está muy fragmentada”.