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    El patriarca del batracio

    Roy Berocay y Ruperto Rocanrol: nuevo disco y show de vacaciones

    Debe su nombre al actor de westerns Roy Rogers, ídolo de su madre. Fue empleado de Antel, transportador de caudales y periodista de varios medios escritos, entre ellos esta casa. Escribió durante toda su vida y desde hace 25 años es uno de los artistas referenciales en la música y literatura infantil en Uruguay. Además de cinco hijos y el doble de nietos, a los 61 años Berocay tiene dos bisnietos y buena chance de llegar a ser tatarabuelo. Su obra comprende 30 libros protagonizados por dragones, abuelos, niñas futbolistas, adolescentes rockeros, piratas, cazamonstruos, zombis, aventureros valientes y el sapo más famoso de la comarca. La saga del detective Ruperto de Solís Chico lleva ocho libros y varias obras de teatro.

    En los años 90 Berocay integró la banda de rock y blues El conde de Saint Germain, luego se dedicó al rock familiar: armó con su hijo Demian el combo de rock garajero La Conjura, y ahora despunta el vicio en La Berocay Blues, un proyecto “por amor al arte”. Demian y Bruno están en Power Chocolatín Experimento y sus nietos adolescentes, fieles a la tradición familiar, ya tienen su banda. Desde 2008, Ruperto Rocanrol ha editado cuatro discos. Esta semana el diario El País distribuye Alegría mismo, editado por Papagayo Azul. Desde el domingo 26 al sábado 2 Ruperto Rocanrol De Terror se presenta en La Trastienda a las 15 y 17.30 (entradas en Red UTS a $ 445). A continuación, una síntesis de la charla que Búsqueda mantuvo con Roy Berocay.

    ¿Cómo es tocar rock en familia?

    —Mi familia se ha convertido en una usina creativa. Siempre es un proceso de trabajo muy familiar. Y por suerte tenemos una muy buena química familiar. Mi mujer, mis hijos, sus parejas, mis nietos. Entre todos hacemos la música, vestuario, fotografía, luces, diseño de afiches y portadas, gestión y difusión. Tanto Ruperto Rocanrol como La Berocay Blues son bandas. Traigo una melodía y una estructura de acordes y ellos la visten con los arreglos. La creación es colectiva y de igual a igual, no de padre e hijos. De hecho, la mayoría de las decisiones las toman mis hijos. Siempre pierdo (ríe). Y sin dudas que en todo este andamiaje mi mujer es el pilar, la roca donde se apoya todo lo demás. Creo que eso se nota en el escenario.

    Es muy inspirador. No todos pueden tocar rock con su padre.

    —Bueno, yo con mi viejo nunca hubiera podido. No podía ni jugar al fútbol. Era de otra generación, tremendamente exigente. Sentate derecho, sacá los codos de la mesa, ojo con volcar… Entonces yo con mis hijos fui de otra forma, con total libertad de cuestionarme si no están de acuerdo con algo. Y ahora lo padezco (ríe).

    Hay mucha competencia en vacaciones, más de 40 títulos infantiles… ¿Cómo ve este fenómeno?

    —Por un lado están los que siempre se preocupan por hacer cosas para niños con buen nivel y están los que curran, los que hacen una obrita para niños una vez por año con dos payasos y algo más para ver si sacan un peso. Eso es lo que satura la plaza. También están los títulos ultracomerciales.

    Pero son las reglas del juego… ¿Cómo influye la crítica?

    —Sí, son las reglas del juego. Pero no hay crítica en este rubro. Yo nunca vi una crítica de nuestro espectáculo. A Rada le debe pasar lo mismo. Y mirá que pasan cosas re lindas en las funciones. Lo mismo en la literatura infantil. Muy pocas veces he visto críticas de mis libros. A nivel intelectual, el arte para niños es visto como una subcategoría. Es como jugar en la B. Podés ser campeón, pero de la B. No se dan cuenta de que lograr mantener a un niño interesado, cantando y bailando feliz durante una hora y cuarto, es mucho más difícil que hacer llorar durante dos horas en un drama. De verdad. Lo mismo en la literatura para niños. Es muy difícil lograr que un niño lea un libro de 150 páginas.

    ¿De dónde viene la música y la literatura en Roy Berocay?

    —Crecí entre la música. A mi vieja le encantaban voces como Frank Sinatra y Andy Williams y a mi viejo el tango y el folclore. El disco de la Misa Criolla de Ariel Ramírez me lo sabía de memoria. Mi abuelo era fanático del jazz, mi tío tocaba el piano en una orquesta de jazz y mi tía fue mi profesora de piano. En mi adolescencia vivimos en Estados Unidos (Chicago), entre 1965 y 1969. Y ahí entraron los Beatles, los agarré a la altura de Lady Madonna (ríe), y empecé a cantar por encima de sus voces. Allá me invadió el rock y la psicodelia. Steppenwolf, los hippies, The Doors, Blues Magoos y todo lo de Inglaterra.

    ¿Y cómo surgió el hacer música?

    —Al volver de Estados Unidos nos fuimos a vivir a Parque del Plata, donde conocí amigos que tocaban la guitarra. Como yo cantaba en inglés, surgió la primera banda, Silos, por el arroyo Solís, donde nos juntábamos. Hacíamos covers de los Beatles y Creedence. Cuando compuse mi primera canción con dos acordes en la guitarra, se me abrió un mundo enorme.

    ¿Y la escritura?

    —Escribí durante toda la dictadura, pero no se podía publicar. Escribía novelas de noche, cuando todos dormían. Estaba muy influido por mundo oscuros y densos como los de Sábato. Mi primera novela, Pescasueños, de 1986, pasó desapercibida. Durante años tenía un trabajo de día y otro hasta la una de la madrugada. Apenas veía a mis hijos, estaba en el horno. Eran años complicados, la gente ya no recuerda cómo nos jodió la vida cotidiana la dictadura. Ibas de tu casa al laburo y a tu casa, parecíamos todos presos. Más que nada escribía para no volverme loco.

    ¿Cómo aparece el periodismo?

    —Cada tanto me pudría del trabajo, rendía menos y me iba o me echaban. Hasta que toqué fondo, no sabía para dónde agarrar, tuve una crisis existencial, y decidí que solo quería hacer música y escribir. Era eso o nada. En Uruguay el periodismo era una de las pocas maneras de vivir de la escritura, así que mientras no pudiera vivir de ser escritor, sería periodista. Publiqué unos artículos culturales en El Día y Correo de los Viernes, y fui cronista policial en El Diario, donde hacía la “policía chica”. Casi me echan por titular a ocho columnas “Militares implicados en contrabando”, una noticia de rutina sobre siete soldados procesados en el Chuy.

    ¿Esa tarea es un antecedente del Sapo Ruperto?

    —El sapo apareció por contarles cuentos para dormir a mis hijas. Surgió de no encontrar cosas que les gustaran tanto como Cuentos de la selva, y los inventaba. El universo de Ruperto es el ecosistema de Parque del Plata, la fauna de los veranos de mi infancia.

    ¿Y el nombre?

    —Fue el primero que se me ocurrió. El primero, Las aventuras del Sapo Ruperto, fue por impulso del editor de Pescasueños, Carlos Marchesi. Después gané el concurso de literatura infantil la editorial TAE con Ruperto detective: una cuestión de tamaño. Y salieron publicados casi juntos, en 1989.

    —A los niños les gusta la intriga…

    —¡Y el humor! En seguida que se publicaron me empezaron a llamar de las escuelas y noté que pasaba algo. En Estados Unidos mirábamos el Agente F86 comiendo pizza, como en un ritual familiar. Y Ruperto tiene algo de ese agente agrandado al que de casualidad le sale todo bien. El lenguaje fue clave. Lo escribí como hablaba, y después los niños me decían que el sapo no hablaba como las maestras en clase, sino “en uruguayo”, como en el recreo. Los gurises se identificaban con ese “bo, no sé cuanto…”. Con las obras de El Galpón se hizo muy popular. Las colas daban vuelta a la manzana y eso repercutía en la venta de libros.

    ¿Esa avidez condicionó la escritura siguiente?

    —Incidió porque sentía una mayor responsabilidad, no para vender más sino para que cada libro fuera diferente y mejor que el anterior. Es una presión sana, similar a la de la banda ahora, como un agujero negro que te va tragando y solo existe el espectáculo. Te tirás de cabeza a hacer 12 funciones. Es todo riesgo. La noche antes del estreno no duermo. Después el cuerpo se acostumbra a ese vértigo y al final caés rendido.

    ¿Por qué pega tanto el rock en los niños?

    —Creo que es lo tribal, lo rítmico. El ser humano responde al ritmo muy marcado, es algo primitivo. He visto niños de un año a upa haciendo palmas. El rock es libre, y todo lo permite: bailar, saltar, pararte de cabeza, revolear la moña, mezclarlo con música brasilera, hip hop, folclore, reguetón o murga.

    Pero la actitud es el rock…

    —Claro, en la música y en los libros estamos del lado de los gurises. No vamos a cantar una canción para enseñarles a lavarse los dientes ni para que se porten bien. Eso es problema de los padres. Lo nuestro es que se diviertan y se identifiquen. Si cantamos sobre un niño en la escuela, es el que mandaron a la dirección, no el ejemplo de la clase. Es un tema de complicidad.

    Que se percibe en la sala…

    —El vínculo afectivo es muy fuerte, y lo logramos porque no los subestimamos. El niño tiene derecho a recibir mensajes con criterio artístico y no solo didáctico. Pero la mayoría trata de enseñarles algo. ¿Y por qué? Si hacés una novela para adultos o una película, no tratás de que sean mejores personas o trabajen más. El niño merece lo mismo. Después funcionará o no, y quieras o no, vos siempre transmitís lo que sos como persona y tus valores en tu arte. Y ellos lo perciben.

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