Amenazantes hormigas negras circulan inquietas por el borde del patio. De vez en cuando alguna se desvía y sube por la pierna del visitante rumbo a una muerte segura. El fondo de la casa está rodeado de verde, hay una pérgola a medio camino. “Le dije al constructor que la quería hasta la mitad porque me gustaba esto libre”, dice el dueño de casa y apunta al cielo de un celeste deslumbrante. “No le gustó mucho”, y aclara que la junta con el techo de la casa se llueve. “La dejó mal, se calentó y se puso caprichoso”. No hay dudas, es el mismo Antonio Dabezies (Montevideo, 1942) de siempre, un poco más cascoteado pero tan particular en sus gustos y opiniones, detallista, terco y divertido como un niño. De bermudas y camisa liviana, con barba de días y las tradicionales alpargatas Rueda, impecables. Se sienta en una silla cómoda de jardín y aclara que ya abandonó su guerra contra las hormigas. “Ah, no les des bola”, dice lo más pancho, mientras comenta que le quedan dos cigarrillos. Eso sí le preocupa. Hay que bancar una charla de varias horas sin cigarrillos, en especial para un hombre que pasó su vida rodeado de humo y reproches de los amigos: “No fumes tanto, Antonio”. Tenía sus dos cajas al lado de la computadora. A veces una. “Ahora bajé a diez por día”, dice orgulloso.
En el 78 ya se hacía cargo de otro “fracaso cultural”. Agarró el Teatro Zhitlovsky de la calle Durazno para organizar recitales. Lo convirtió en Teatro Astral. Incluso invirtió en moquete y varios arreglos de butacas. El primer día estaban programados Julio Julián, Abel García y el reconocido payador Carlos Molina. A Molina lo prohibieron. Ya arrancó mal. Por allí pasaron Hugo Fattoruso, Chichito Cabral, Pipo Spera y un montón de músicos. Hasta que se fundió.
El Credo y Pacheco
Sigue frente a una computadora, otra pasión indestructible, en su acogedora casa de La Floresta, donde veraneó toda su vida. Ahora está fuera del circuito, con algunas visitas y la familia cerca. Pero un hombre como Dabezies no se retira nunca. “Estoy escribiendo una novela, basada en un personaje real, una prima hermana de mi padre que se iba a casar y el prometido enloqueció tres días antes”. Le brillan los ojos. Sonríe con la mirada. Es el mismo periodista pujante y apasionado por las historias interesantes, por ver más allá de las noticias, por hurgar en vidas y personajes con toques de humor.
Pasó por la revolución de la Offset, la máquina que entre otras cosas permitió el color y la explosión gráfica de la prensa, las fotos, los titulares nacionales en tapa en lugar de la vieja idea de notas internacionales. Se formó junto a Eduardo Navia y un montón de periodistas que sería interminable nombrar. “De Extra pasé a los diarios de Federico Fasano”, conocido de infancia y editor de varios emprendimientos de izquierda.
Proviene de una familia católica. “Fui monaguillo, iba a misa, tocaba las campanas y todo eso, de grande leía en la misa”. Y de golpe, esas frases divertidas: “Tenía problemas con el Ave María y El Credo”. ¿Problemas? “Los entreveraba. Siempre los confundía”. Era del Partido Demócrata Cristiano. Una época tormentosa. “Recuerdo que vivíamos de censura en censura, a partir del gobierno de Jorge Pacheco Areco. Una vez caí en la redacción de turno con una camisa naranja que los jóvenes usábamos para identificarnos. Era el único: estaban todos con camisas rojas, todos comunistas”. Otro dato al pasar. “Teníamos terrible lío en el diario, yo era delegado del sindicato y secretario de Redacción, un caso insólito. Un día ocupamos”. Dabezies se ríe y tose un poco. Disfruta de antemano con el recuerdo: “Estaba Daniel Waksman, que arengaba y decía que si venían los milicos teníamos que enfrentarlos. Fue el primero en salir corriendo”. “El Pancho (Francisco Vernazza) se compró un vaquero precioso para la ocupación. Claro, era publicista, laburaba en la agencia Pregón de su padre”, dice con picardía. Afuera, las calles ardían. Un día Navia le dice sin tutearlo: “Usted tendría que cubrir lo que pasa en la calle”. “Ahí me convertí en cronista de manifestaciones. Arrancábamos con un fotógrafo y que Dios te ayude. ‘¡Al fotógrafo!’, gritó un policía un día en un terrible tole-tole. Nos tiraron. Nos salvamos porque un hombre abrió la puerta de la casa y nos metió para adentro. Era jodido. Un día cubrimos una manifestación por el Palacio y la Facultad de Medicina. Esa tarde mataron a dos”. Hace silencio y cambia de tema. “La gente no sabe que éramos periodistas en esa época, pasaron muchos años”.
El otro momento en el que se emociona es cuando recuerda la entrevista al ex inspector Víctor Castiglioni, tristemente célebre director de Inteligencia durante la dictadura. “Fue para Guambia, el único reportaje de mi vida que al final escribí sabiendo que nos había mentido. Yo sabía muy bien que nos había mentido, tenía familiares y un montón de amigos que estuvieron presos y fueron torturados”. Ya es un recuerdo lejano, pero duele. En el jardín no se mueve una hoja.
“No metás política”
Era una frase permanente en la redacción de Guambia. La pudo lanzar el Hornes o el Tunda, Ombú o Miguel Casalás. Da igual. Pasaba de boca en boca entre dibujantes, periodistas y los cientos de visitantes que caían todos los días por la Redacción. Entre ellos, uno que abría la puerta siempre sin llave y gritaba: “Espero que me voteeeeen”. Y se iba. Era un joven Luis Alberto Lacalle, luego senador y presidente de la República. Tenía la oficina cerquita. Era amigo de la casa. “Otra vez abrió la puerta y apareció con un cordero crudo en una bandeja. Para adelantar el asado que iba a pagar cuando fuera presidente”. Y lo pagó en Anchorena. Allá cayó un ómnibus con toda la “patota”. Esperaba el presidente con un whisky en la mano (“no pongan que toma, queda mal”, dijo bajito un secretario que sabía a qué se exponía). Eran tiempos pre Mujica. Muy mal visto. “Con Julita no se metan”, gritó Dabezies apenas bajó del ómnibus. En la última tapa había un chiste sobre el affaire Pan de Azúcar que involucraba a la primera dama. Cruzó un viento frío por el enorme parque. Con el Cuqui, vecino de la Ciudad Vieja y visitante ilustre del guambiódromo siempre hubo una relación especial. “Me queda en la memoria una foto que me sacó ese día el Pepe (Plá) de tarde, los dos por un camino lleno de árboles. Una foto muy linda”. Ellos hablaban de temas importantes y el resto despatarrado, de panza llena, medio borrachos, tratando de andar a caballo.
Lo del asado empezó con Julio María Sanguinetti. Tanto se insistió que fue rigurosamente pago en la residencia de Suárez. “La primera entrevista a Sanguinetti la hicimos en la librería La Casa del Vicario”. Se veía candidato. “El caballo del comisario”, corrige. “La segunda, en mi apartamento de la calle Maldonado. Cuando fuimos al asado me acuerdo que le regalé una remera Lacoste roja, auténtica, porque siempre andaba con una azul. Y a Marta le regalé una camiseta de Nacional”. Ese día, la anfitriona hizo de guía en una recorrida muy festejada por toda la casa. “Junto con el contenido histórico, había algunos muebles que habían traído de la sede de Peñarol, una mesa enorme que quedaba muy bien y le había regalado el Cr. José Pedro Damiani”.
Ese día hubo partido de fútbol en la canchita de Suárez. Dabezies se mantuvo al margen, como siempre, festejando a la distancia. Junto al presidente nada menos, mientras sus huestes buscaban la pelota para intentar pegarle. “Tabaré nunca pagó el asado, lo eludió prolijamente, se hizo el tonto. Y a Jorge Batlle no llegamos ni cerca, porque un esbirro se encargó de cortarnos todos los caminos”.
La primera nota a Tabaré fue en su consultorio del Hospital de Clínicas. “Me acuerdo que Pepe sacó una foto del timbre. Decía: ‘Toque antes de entrar’. Y estaba roto, con la pared descascarada”.
Seregni, Fasano y las perchas
La fulminante carrera de Dabezies empezó en 1971, en el primer acto del Frente, cuando ofició de guardaespaldas del general Líber Seregni. “Se armó un grupito para escoltarlo desde su casa al estrado. Nos habían dicho que pusiéramos la mano bajo el saco para hacer bulto y simular que teníamos armas”. Era evidente: el general estaba rodeado por otra fuerza de choque con armas al cinto de verdad y cara de pocos amigos. “Quedamos como unos giles, para colmo, salimos de ahí en un auto viejo que seguía al general. Cuando llegamos al acto, lo perdimos. Y cuando quisimos acercarnos al escenario, la propia seguridad no nos dejó pasar”. La vida lo llevará años después a una experiencia política un poco más madura. Otra vez sin armas.
“Fui secretario de prensa de Seregni, cuando salió de la cárcel y se definió la candidatura de Mariano Arana a la Intendencia, allá por el 84”. Integró un grupo de asesores frenteamplistas y seregnistas. “Me fui, no era para mí. La política no era lo mío, no me sentía cómodo. Y además, ya empezaban los acomodos”.
La anécdota pequeña pinta un mundo, un momento, el espíritu de una época, hila fino y deja enseñanzas. El entrevistado lo sabe. Dos por tres mecha esos comentarios, mientras repasa a regañadientes su propio currículo. “En mi apartamento estuvo Julio María Sanguinetti, la plana mayor del MLN cuando salió de la cárcel”. Allí albergó a Federico Fasano cuando regresó del exilio en México. Un día Fasano se fue y se llevó todas las perchas. “Y me dejó una cuenta de teléfono bastante importante, con llamadas a México”. Se ríe, ya son cosas del pasado. Silencio. De pronto, otro dato insólito: “Se calentó mucho cuando le saqué todos los espejos del cuarto”. ¿Los espejos? “Siempre fue muy vanidoso”.
Días de gloria
La casa de La Floresta está en una esquina, abierta, casi de cara a la calle. La primera visita para pactar la nota fue entre desorden y naturaleza agresiva. La segunda, un mediodía y tarde de enero, bajo la sombra de la media pérgola y un gran pino que se corrió por el temporal y amenaza con caer sobre el techo. Nunca faltaron las hormigas.
Un día Dabezies caminaba por 18 de Julio y sintió una extraña sensación. Miró una vidriera y se dio cuenta de que podía comprar lo que quisiera. A los días, cambió su destartalada Ami 8 por un Honda Civic casi sin uso. “Me acuerdo de que fue en la automotora del Lito Silva. Agarré por la rambla y salí a 140, borracho de alegría”. La historia empezó unos días antes, con una llamada a su colega y amigo entrañable. Le dijo la frase que cualquier mortal quisiera pronunciar algún día de su vida: “Negro, somos ricos”. Del otro lado del tubo (antes los teléfonos eran verdaderos tubos) el periodista César Di Candia, otro pope del periodismo nacional y socio en la ocasión, escuchaba incrédulo: una edición especial de la revista El Dedo se había agotado en horas. Se llamó El Dedo Gordo y recopilaba parte de la mejor historia del humor nacional. En la tapa, un chiste gráfico de Jess (el gran Julio Emilio Suárez, más conocido como Peloduro) presentaba a una ingenua figura femenina en una casa humilde haciendo un enema. Las leyendas decían: “¿Falta mucho, mamá?”. “Ya va a estar, no seas majadero, chiquilín”, respondía la madre, con un gorro frigio, símbolo evidente de libertad. En alto, un cartelito aclaraba el contenido del procedimiento: “Propaganda electoral”. Funcionó a la perfección en los estertores de la dictadura. El humor asestó un golpe mortal en el estómago de la represión. Tanto que se cobró bastante caro a sugerencia de los distribuidores, con quienes se negociaba el precio y la tirada de 30.000 ejemplares (“o más, no me acuerdo mucho”). Cuando Dabezies fue al banco, no lo podía creer. Había muchísima plata. Tuvo la precaución de cambiarla a dólares. Instinto o algún comentario a tiempo. Poco después se rompió la tablita. Eran ricos de verdad, negro.
Ahora no lo es, ni mucho menos. Está jubilado de periodista. Tiene un autito chino. “Tenía que haber sido más precavido”, dice. Pero no se queja. “¿Sabés a quién me encontré en el BPS con el trámite jubilatorio? A Julita Moller”.
Ya hay generaciones que recuerdan a Dabezies por el Espacio G, su última incursión en un proyecto exitoso, abierto cuando cerró Guambia en el desierto primer piso de la esquina de Juan C. Gómez y 25 de Mayo. Allí estuvo hasta hace pocos años, cuando su última batalla sobre habilitaciones de espectáculos públicos volvió a ponerlo en el centro de un debate. Legendarias fueron esas polémicas en otros momentos y temible para sus contrincantes de turno: el propio Fasano, a quien propinó un golpe durísimo con el simple título “Peladín de la justicia”; las denuncias del corrupto reparto de publicidad oficial, que le valió tremendo enfrentamiento con colegas como Manuel Flores Silva (revista Posdata). “Lo que más le dolió a Fasano no fue ese título, sino que le ponía un año de más en el recuadro de cumpleaños”.
Famosa fue la columnita Dedos para arriba y para abajo, un lapidario ajuste de cuentas de cada quincena frente a los hechos de actualidad. Y el recuadro de cumpleaños daba que hablar. Todas las radios levantaban y comentaban las fechas de los famosos que celebraban ese mes, un dato no tan fácil de conseguir en una época sin Internet.
Entre pequeñas y jugosas venganzas y un montón de hormigas muertas se va la tarde. Deja para el final alguna declaración de principios: “Me preguntaste cómo veo al Frente. Supongo que siento un poco de vergüenza como todos, pero sigo siendo frenteamplista de los de veras”. Y va un poco más allá: “Miro con preocupación cómo prima la ambición sobre los valores en la carrera política. No hay ideales. No hay ideal de raíz frentista: hay sectores que marchan a los codazos”.
Y una cortita para terminar: “Una noche levanto el teléfono y siento una voz grave que me dice: ‘¿Usted es Dabezies? Mucho gusto, soy Alfredo Zitarrosa. Me dijeron que era imprescindible hablar con usted’. El hombre había vuelto al país. “Nos encontramos, y luego de mucho esfuerzo lo convencí para una entrevista. Fue la que me llevó más preguntas de los más de mil reportajes que hice. Solo contestaba: ‘sí’, ‘no’, ‘puede ser’. Terrible”. Como Leo Maslíah. “Peor”, responde Dabezies: “Leo por lo menos hace reír”.