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    El piamontés que popularizó la sabiduría

    Umberto Eco recibió el funeral “laico y austero” que deseaba

    Fue filósofo y ensayista, profesor universitario, novelista y columnista, investigador en arte y un pionero en los estudios de semiótica, cuando esa palabra sonaba a una disciplina lejana y desconocida. Umberto Eco fue un sabio en el sentido más renacentista del término, un intelectual y académico de reconocimiento internacional que echaba mano a los elementos más cercanos de la vida cotidiana para explicar y difundir su sabiduría.

    Así analizó desde discursos políticos hasta videojuegos, desde el papel de los medios de comunicación hasta los mensaje del cómic, de la belleza y de la fealdad. Y escribió novelas que llegaron a millones de lectores, que fueron best sellers sin que su autor haya utilizado los recursos habituales del best seller.

    El viernes 19, Eco murió a los 84 años en Milán, enfermo de cáncer. Había nacido en la ciudad piamontesa de Alessandria en 1932, donde sus padres eran comerciantes. De joven fue un activista católico, aunque con el tiempo fue perdiendo sus creencias y se definía como un hombre laico.

    Estudió filosofía y se doctoró en la Universidad de Turín con una tesis sobre Santo Tomás de Aquino. De allí en más, la cultura medieval y la filosofía tomista estarían presentes en el grueso de su obra. Uno de sus primeros trabajos fue en la RAI, televisora pública italiana, en un programa de difusión cultural junto al filósofo Gianni Va­ttimo. A partir de 1971 fue docente en la cátedra de Semiótica en la Universidad de Bolonia.

    Con Superman en la portada.

    Quienes han pasado por cursos de semiótica o de estudios comunicacionales seguro que tuvieron una lectura obligatoria: Apocalípticos e integrados (1964), un ensayo de Eco sobre la cultura popular y los medios de comunicación. Y muchos estudiantes se habrán sentido aliviados al ver la tapa del libro con Superman en pleno vuelo y al comprobar que un filósofo también podía tener al cómic como materia de estudio.

    Aquel libro, escrito cuando aún estaba lejos la explosión de Internet, mantiene toda su vigencia y plantea algo en lo que el primer Eco, es decir, el ensayista más tradicional, profesaba: la necesidad de tener un método de análisis que se apoyara en la semiótica para interpretar los fenómenos culturales.

    Eco identifica como “apocalípticos” a aquellos que se aferran al pasado y encuentran en la cultura de masas la decadencia o la “anticultura”. Son quienes consideran que el “hombre-masa” es un ser pasivo, consumidor, apolítico, opuesto a los “superhombres” que vuelan por encima de la mediocridad. Del otro lado están los “integrados”, quienes ven con optimismo las nuevas tecnologías por su potencial de expansión cultural. Eco analiza los pro y los contra de estas dos visiones a través de temas como el mal gusto, el kitsch o el consumo.

    Antes de este ensayo, había escrito Obra abierta (1962) que estudia la producción artística de vanguardia e introduce un concepto renovador en su tiempo: es el lector quien tiene un rol activo y termina de escribir cada libro. Después vinieron otros textos que lo enfrentaron con las teorías estructuralistas: La estructura ausente (1968) y Lector in fábula (1979).

    Con los años, sus trabajos fueron perdiendo el ropaje académico y ganando en accesibilidad para el lector medio. Así aparecieron libros colectivos que llevaban el “sello Eco”, pero que recibieron el aporte de otros investigadores. Estas ediciones a todo lujo (en su mayoría del sello Lumen) son un deleite para los ojos, pero no tan contundentes para la lectura, porque sus textos breves son por momentos excesivamente fragmentarios y algo desmadejados. Historia de la belleza (2004) e Historia de la fealdad (2007) analizan a través de hermosas ilustraciones la evolución de los conceptos estéticos. También reunió estudios de artes plásticas, historia, semiótica y literatura en títulos como El vértigo de las listas (2009) e Historia de las tierras y los lugares legendarios (2013), que narra sobre esas zonas que “han creado quimeras, utopías e ilusiones porque mucha gente ha creído que existen o han existido en alguna parte”.

    Por otra parte, sus artículos de actualidad se publicaron en Diario íntimo (1963), ?En qué creen los que no creen —un título significativo para el diálogo epistolar que mantuvo con el obispo de Milán entre 1995 y 1996—, y A paso de cangrejo (2007), sobre sus “reflexiones y decepciones” a comienzos del tercer milenio.

    Borges en un best seller.

    En 1980 apareció El nombre de la rosa, su novela más famosa. Ambientada en la Edad Media, cuenta una historia de misterio con ribetes policiales, que no deja de lado los temas que Eco trató en sus obras teóricas. Es una “obra abierta”, que permite varias formas de lectura y, sobre todo, un ejemplo de exquisita escritura y estructura narrativa. Y a pesar de sus numerosas citas a pie de página y de su elaboración a modo de collage, la novela fue disfrutada por treinta millones de personas. Definitivamente Eco había conquistado un territorio mucho más amplio que el de la academia.

    La novela, que cuenta la investigación de una serie de asesinatos en una abadía medieval italiana, llevada adelante por el fraile inglés Guillermo de Baskerville, surgió a partir de una visión, como solía ocurrirle al autor. “Mis novelas nunca empezaron a partir de un proyecto, sino de una imagen”, explicaba. Y lo que “vio” en este caso fue a un benedictino en un monasterio que muere fulminado mientras lee un manuscrito. En Apostillas a El nombre de la rosa, el escritor analizó cómo había sido el proceso creativo de su novela, que tiene como uno de los personajes a un ex bibliotecario ciego llamado Jorge Burgos. Un gran homenaje y reconocimiento de Eco a otro hombre sabio: Jorge Luis Borges. El éxito de la novela derivó en una versión cinematográfica de 1986, dirigida por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery.

    Aunque con menos repercusiones, su segunda novela El péndulo de Foucault (1988) es otra de sus obras más reconocidas. Allí Eco relaciona la tradición ocultista y masónica con los movimientos terroristas contemporáneos y con las mafias económicas. Los complots de sociedades secretas le encantaban a Eco, quien volvió a ellas en El cementerio de Praga (2010), donde otra vez utilizó una trama semipolicial para cruzar personajes y documentos que hacen tambalear las certezas. Su última novela, bastante cuestionada por la crítica, fue Número Cero, una gran crítica a cómo se hace periodismo en la actualidad.

    Desde el día de su muerte, los portales y las redes sociales se inundaron con frases de Umberto Eco, y muchas de ellas apuntaron al periodismo. “No estoy seguro de que Internet haya mejorado el periodismo, porque es más fácil encontrar mentiras en Internet que en una agencia como Reuters”, es una de ellas. Y sus críticas a las redes sociales, “que le dan derecho de hablar a legiones de idiotas”, y al uso de Internet fueron cada vez más frecuentes en los últimos años.

    El martes 23, justamente los medios de comunicación que fueron para Eco materia de estudio y de crítica cubrieron su funeral en Milán. Lo calificaron de “laico y austero”, porque así lo había querido el escritor. En la ceremonia se escucharon estrofas de La follia (La locura) del músico barroco Arcangelo Corelli, y en el patio de su casa, desde donde Eco veía el Castillo Sforzesco, cientos de personas lo despidieron. Una escena digna de sus novelas.

    Eco deja una obra enorme y variada (el consuelo que queda cuando mueren los grandes de la cultura) por la que recibió varios reconocimientos, entre ellos el Premio Príncipe de Asturias en 2000. En breve se publicará en italiano su último libro, elaborado a partir de artículos publicados en L’Espresso. Allí aparece como personaje el papa Francisco, a quien Eco apreciaba. Al parecer tiene humor, ironía y, claro está, mucha sabiduría.

    'El autor debería morirse después de haber escrito su obra, para allanarle el camino al texto”, dijo una vez el piamontés. Y a los 84 años, decidió dejarles a los lectores el trillo de su camino.

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