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    El presidente Daniel Ortega “ha revertido y pervertido” el proceso de construcción democrática en Nicaragua, según ex ministro sandinista

    Edmundo Jarquín Calderón es un avezado político nicaragüense. Fue ministro de Cooperación Externa (1981-1984) durante el histórico gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Posteriormente se presentó como candidato a presidente y luego en 2011, en un alianza opositora al presidente Daniel Ortega, fue candidato a vicepresidente, obteniendo el 31% de los votos según el Consejo Supremo Electoral de Nicaragua. Una elección cuyos resultados fueron “imposible de verificar”, según la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea (Moeue).

    Precisamente la “pérdida” de las libertades “democráticas” es lo que denuncia Jarquín. De visita en Montevideo promocionando el libro que coordinó: “El régimen de Ortega ¿Una nueva dictadura familiar en el continente?”, Jarquín alerta sobre cómo el actual presidente ha “revertido y pervertido” la “construcción democrática” en el país centroamericano.

    A continuación un resumen de la conversación que mantuvo con Búsqueda.

    —¿Cuál es el estado político actual de Nicaragua?

    —Nicaragua empezó con el final de su guerra civil un proceso de construcción democrática, ya que era un país en el que antes de 1990 nunca había existido democracia. Un proceso de recuperación democrática, en América Latina en el sentido estricto del término, solamente se puede utilizar en el caso de Uruguay y de Chile, porque tenían una larga tradición institucional y de cultura democrática.

    En otros casos, como Argentina, con las transiciones que pasaron con (Raúl) Alfonsín y cuando (José) Sarney tomó posesión en Brasil podemos hablar de casos en los cuales los países retomaron su proceso de construcción democrática, porque se había interrumpido en sucesivas oportunidades con dictaduras. En el caso nicaragüense nunca habíamos tenido democracia y esto se inició recién con las elecciones del 90.

    Lamentablemente Daniel Ortega, al volver al gobierno en el 2007, ha revertido y pervertido ese proceso de construcción democrática en Nicaragua sobre la base de tres ejes. El primero es que por primera vez se estaba estableciendo un Estado de derecho en términos de vigencia de la ley, de separación de todos los poderes del Estado. Hasta 1990 en Nicaragua siempre el poder estuvo supeditado a un caudillo liberal, conservador o de cualquier estirpe.

    También a partir del 90 es que hemos empezado un proceso de consolidar un sistema electoral confiable y creíble. Las dos únicas elecciones de toda la historia del siglo XX de Nicaragua en las que los votos no fueron disputados, fueron administradas por el Ejército de intervención estadounidense. El resto siempre fueron denunciadas por fraude.

    Tuvimos una serie de elecciones creíbles desde el 90 en adelante. Con el retorno de Ortega en el 2007 ha colapsado el sistema electoral. Como señalaron las misiones de observación y el Centro Carter, hubo un fraude generalizado y comprado en las elecciones municipales del 2008.

    En el caso de las elecciones nacionales del 2011 en las que fui candidato a vicepresidente por una coalición opositora, la misión de observación electoral europea dijo sencillamente que los resultados de esa elección eran imposibles de verificar.

    Lo que es más grave es que a partir de 1990 se inició por primera vez la constitución de un rasgo esencial de un Estado moderno: la desprivatización del monopolio de la fuerza. El Estado moderno fue contra la idea de que la fuerza estuviera privatizada en un sector, como la tenían los monarcas. Un rasgo de ese Estado es subordinar el monopolio a la ley, y eso fue lo que se inició en el 90 y a lo que Ortega también le puso marcha atrás y volvió a privatizar el monopolio de la violencia a través de sus fuerzas paramilitares.

    Lo esencial que yo quisiera destacar es que Ortega, siendo el más eficiente en términos autoritarios de este grupo de países del “Socialismo del siglo XXI”, como son Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia, había logrado pasar desapercibido, porque Nicaragua no tiene la importancia de Venezuela o Ecuador.

    —¿A qué se refiere cuando dice “pasar desapercibido”?

    —Ortega iba pasando agachado, fuera del radar internacional en términos de ir consolidando un poder personal y familiar absoluto, ahora con pretensiones dinásticas. Sin embargo, decisiones recientes, como prohibir la observación electoral, cancelar las personerías jurídicas para que la oposición pueda participar en las elecciones aun con las limitaciones del sistema electoral actual, destituir a todos los diputados opositores que habían sido electos en las elecciones del 2011 y finalmente colocar a su esposa como candidata a la vicepresidencia, colocó a Nicaragua en el radar internacional.

    El libro que publicamos lo veníamos trabajando hace más de un año a diferentes voces y llega en un momento de lo más oportuno.

    —En un pasaje del libro usted habla de las ansias de poder “por el poder mismo”. ¿Por qué cree que Ortega, que lidera todos los sondeos de popularidad, tiene que apelar a estas polémicas decisiones?

    —Precisamente, los artículos internacionales que hablan de estos temas tienen un denominador común: que no logran entender las medidas restrictivas de Ortega, siendo que es tan popular en las encuestas.

    Esa popularidad tiene varias explicaciones. En primer lugar, la profundidad en ampliación de derechos de la revolución sandinista de los años 80, que aunque falló en términos de su proyecto socioeconómico, significó una ampliación de derechos de los que participamos de esa revolución. Yo mismo fui ministro en el gobierno sandinista de los años 80.

    En segundo lugar, está la masiva cooperación petrolera venezolana, que significó el 7% del Producto Bruto Interno de Nicaragua. Eso es como si un país como Panamá en vez de uno tuviera tres canales, o un país con el PBI de Chile tuviera 20.000 millones de dólares extra. Esto le permitió a Ortega una expansión del gasto social que, aunque no es sostenible fiscalmente, provoca o contribuye a un alivio de las necesidades inmediatas de la población.

    Finalmente, está también el miedo que ya existe en Nicaragua a poder opinar en términos políticos. La más grande encuesta comparativa de opinión pública de América Latina que conduce la Universidad de Vanderbilt en Tennessee concluyó que en Nicaragua no se puede encuestar políticamente porque hay una suerte de temor a opinar.

    La pregunta fundamental a hacerse ante esta supuesta popularidad de Ortega es: Si es tan popular, ¿por qué no se somete a un escrutinio de los votos?

    Curiosamente, en Venezuela los votos se cuentan bien, tan es así que el 6 de diciembre pasado Maduro aceptó una aplastante derrota. O Correa, en Ecuador,aceptó la pérdida de las alcaldías de Quito, Guayaquil y Cuenca también extremadamente importantes. Evo Morales se sometió a un referéndum y lo perdió, y lo aceptó porque los votos se cuentan bien. En Nicaragua los votos no se cuentan bien.

    —Ante estas perspectivas, ¿qué futuro ve para Nicaragua en los próximos años?

    —El cierre de oportunidades políticas en Nicaragua ha demostrado que lleva a diferentes formas de confrontación. Esperemos que esta no sea una confrontación sangrienta.

    En la medida en que a Ortega se le han acabado las vacas gordas, que la crisis política y económica en Venezuela lo afecta, que el boom sincronizado de los productos de exportación ha terminado y que Nicaragua está ahora en el radar internacional y bajo la lupa, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, está preparando un informe importante sobre los derechos civiles en Nicaragua. Todo esto va a derivar en una creciente protesta social de tal manera que iremos hacia una mayor conflictividad.

    Fuera de Fronteras
    2016-10-20T00:00:00

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