El que mandó a todos a estudiar, el peleador, el pescador de tiburones que reinventó el tango

A 100 años del nacimiento de Astor Piazzolla, así lo recuerdan Fernando Cabrera, Néstor Vaz, Alberto Magnone, José Arenas y Leonel Gasso

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Nº 2114 - 11 al 17 de Marzo de 2021

escriben Silvana Tanzi y Javier Alfonso

Los inmigrantes bajan de memoria en los puertos / En Mar del Plata / La pesca es buena y la sonrisa de los lobos / le puso en manos del abuelo este mensaje: Hay demasiados organillos en tus manos.

Es 1930, tiene nueve años y su padre, Nonino, le regala su primer bandoneón. En ese momento, Astor Pantaleón Piazzolla (Mar del Plata,1921-Buenos Aires en 1992) vivía entre inmigrantes pobres, italianos y judíos, en el Village de Manhattan, adonde había llegado con su familia cuando tenía dos años. Ese bandoneón en sus manos lo llevó a estudiar música.

Es 1934, Astor tiene 13 años y participa en una película en el papel de canillita. La película se llamó El día que me quieras y la protagonizó Carlos Gardel. “Pibe, vos tocás el bandoneón como un gallego”, fue la frase de Gardel al pibe Astor cuando lo escuchó con su instrumento. Su destino tanguero ya estaba sellado.

Es 1987, Piazzolla está en Nueva York y ofrece un concierto en el Central Park, y será un concierto memorable. Nadie tendría que presentarlo, es el hombre que cambió el tango para siempre y está en el escenario con su renovado quinteto. Él igual se presenta en inglés y después en español. Alguien le grita en italiano y de allí en más empieza a traducir a los tres idiomas. El parque se ríe. Todo el parque, repleto. “Mi nombre es Astor Piazzolla. Nací en Argentina. Crecí en Nueva York y mis padres son de Trani, Italia. Este instrumento que ven aquí para mucha gente es un acordeón, pero es un bandoneón. Fue inventado en Alemania en 1844 para tocar música religiosa en las iglesias. Pocos años después se tocaba en prostíbulos de Buenos Aires. Y ahora lo traigo al Central Park. Es un lindo tour para este instrumento (…). Es la surrealista vida de este instrumento (…). No fue muy puro en sus comienzos. Hoy es puro. Esto es puro: la gente en libertad, la música y el amor”. Antes de su speech acababa de tocar La muerte del ángel. Después continuó con La camorra, con Mumuki, y cuando llegó a Adiós Nonino, el bandoneón se había vuelto celestial, como en su origen.

Un 11 de marzo, hace exactamente 100 años, nació Piazzolla. Y desde aquel día en que Nonino le regaló su bandoneón, el mundo es un poco más celestial.

Todos conocen su experiencia en Nueva York en su juventud, donde escuchó mucha música judía, mucho jazz y luego se formó como pianista clásico. Pero los pasos fundamentales que lo unieron al tango se dieron cuando a su regreso a Argentina ingresó a la orquesta de Aníbal Troilo no solo como instrumentista, sino como arreglador, y después, en 1948, cuando armó su propia orquesta. Luego de ganar un importante concurso en Buenos Aires se fue a estudiar a París y allí sucedió el célebre episodio en el que la pianista francesa Nadia Boulanger, luego de oírlo tocar al piano Triunfal, le aconsejó que abandonara sus incursiones en la composición clásica y volviera a su tierra para consagrarse al tango.

Los datos de su vida y su obra son inabarcables en una nota. Por eso, en el día de su centenario, Búsqueda reunió la palabra de algunos artistas uruguayos que cuentan su historia con Piazzolla, y por qué es tan importante en sus vidas.

Poco ortodoxo

Hace 58 años que el bandoneonista floridense Néstor Vaz, uno de los principales exponentes del instrumento en Uruguay, toca la música de Astor Piazzolla. Y el marplatense está presente en su impulso musical primigenio. A diferencia de la mayoría, no conoció la música del argentino en la radio ni oyendo una grabación, sino que ese sonido se instaló por primera vez en su interior al leer un álbum de partituras que le mostró su padre, también bandoneonista, cuando tenía apenas 14 años, y que Vaz aún conserva. “Me partió la cabeza”. Cuenta que en esa época no había tocadiscos en su casa, y que lo conocía de nombre, pero recién lo oyó en la radio después de leerlo. “Con un grupo de amigos de Florida, comencé a tocar su obra en 1963. Llevé esas partituras de Piazzolla que eran para piano, y con un pianista amigo y otros muchachos armamos un cuarteto. A nuestros primeros conciertos iban 25 o 30 personas. Piazzolla era muy poco conocido aún, pero rápidamente él comenzó a ser muy bien recibido en Montevideo. Y desde ese entonces Piazzolla estuvo siempre en mi vida, hasta hoy. He tocado toda la obra de este tipo genial”.

Más allá de ser considerado un renovador o un revolucionario, para Vaz “Piazzolla otorgó al tango una nueva tímbrica, distinta a todo lo que sonaba, cambió la predominancia de las armonías y fue un gran generador de melodías, como lo fue Gardel”. Pero el floridense va más allá: “Como una vez dijo Pugliese, nos mandó a estudiar a todos, porque innovó mucho, especialmente en lo armónico, en la introducción de la fuga y el contrapunto, con una fuerte impronta de Bach”. Vaz también destaca que al estudiar con el compositor Alberto Ginastera adquirió una serie de conocimientos teóricos que podía poner en práctica tanto en la orquesta de Troilo como en la suya propia. “A la raíz tanguera que adquirió con Troilo le sumó una evolución notable a partir del estudio clásico”.

Flotan otras brumas de canto en la ciudad / Aliento de lunas de la mañana / Dicen que ninguna recita la verdad / Pero hay una vieja sinceridad / Para que vengan a soñar / En Buenos Aires hay lugar / Para que vengan a reír / Y a preparar una camada más / Es un pedazo de marrón / Es una cuña de arrabal / Es una proa de alegría / Y de cariño cerca de alta mar

Para tocar bien Piazzolla hay que conocer y entender su vida, asegura Vaz. “Fue un luchador, peleó siempre contra la ortodoxia en el tango, fue insultado por las masas, fundamentalmente de Buenos Aires, y tuvo la consistencia intelectual y la fortaleza espiritual para hacerlo hasta el último día de su vida. Eso de que fue un peleador es tal cual. Lo identifico como un tipo que está pescando, cazando tiburones, embarcado en Mar del Plata o en Punta del Este”.

La imagen del peleador es omnipresente, y es el leitmotiv del notable documental Piazzolla: los años del tiburón, estrenado en 2019 y dirigido por Daniel Rosenfeld, en el que su hijo Daniel desempolva una gran cantidad de casetes en los que se oye el pensamiento de Piazzolla, en su propia voz, en una serie de grabaciones caseras que permanecieron ocultas en la intimidad familiar durante décadas. El filme describe el tormentoso vínculo que el músico tuvo con su familia, especialmente con sus hijos. Diana nunca le perdonó que haya cenado con Videla, y Daniel aún parece buscar las respuestas que no tuvo en su momento y la forma de acercarse a su iracundo progenitor.

“Yo pienso que los genios —dice Vaz—, ya sea en la pintura, en la música, en el arte en general, tienen una inercia mayor que las masas, que siempre vamos atrás. Muchos genios son incomprendidos en su momento y son valorados recién mucho después de su muerte. La historia está llena de ejemplos. Y este tipo es uno de ellos”.

Néstor declara tener en sus composiciones una fuerte influencia de Piazzolla. “No es fácil ser distinto a Piazzolla, al menos para mí. El tipo compuso todo. Se ha intentado mucho por fuera de Piazzolla, o más allá de Piazzolla, pero Piazzolla casi que construyó un género en sí mismo, reinventó el lenguaje del tango y lo elevó a un nivel superlativo. No solo creó bases rítmicas y bases armónicas, sino que es un increíble generador de melodías, que es una de las grandes carencias de la música actual. Diría que es el último gran melodista. A la altura de las melodías de los Beatles y de la música brasileña. De esas que quedan para toda la vida. Vos tocás las primeras notas de Adiós Nonino en cualquier parte del mundo y todos saben qué es eso, todo reconocen la emoción que hay detrás de esa melodía”.

El uno

El escritor y letrista de tango José Arenas (Montevideo, 1989) se enamoró del tango a los 14 años, una edad en la que los adolescentes se hacen roqueros. A los 20 ya ganaba concursos como letrista y rápidamente se vinculó con compositores de tango en ambas orillas del Plata. En 2010 fue seleccionado por Horacio Ferrer para integrar la antología: El libro de oro del tango nuevo. Bautizó uno de sus libros de poesía con un título por demás arrabalero: Fuelle hembra. Arenas tomó contacto con la música de Piazzolla en su adolescencia y está convencido de que es el músico del Siglo XX. “Lo primero que oí fue su fuelle tormentoso, las notas siempre como balas. Entré al tango por él. Luego de oír al gato, el resto de la música me pareció intrascendente. Fue como arrancar por el whisky y seguir por el agua tibia del rock de aquel entonces”. Arenas confiesa que como escritor siempre siente el deseo de escribir sobre él. “Pero es casi inabarcable; quizá sea mi libro total antes de morirme. Quiero ser claro: Piazzolla es el músico más importante del siglo XX”. Y así justifica su rotunda afirmación: “Hay grandes figuras. Ninguna tuvo la incidencia profunda de Astor, tanto en el campo popular como en el académico. Nadie llegó tan lejos, nadie contaminó tanto. El universo de la música moderna entra en su fuelle. Como un plus: sin Piazzolla, hoy no habría tango”.

Omnipresente

Leonel Gasso es un bandoneonista nacido en Florida hace 35 años, que luego de iniciarse en Montevideo se instaló en Buenos Aires, y ha desarrollado su actividad entre ambas ciudades. No duda en definir a Piazzolla como “uno de los genios de la historia de la música”, y lo ubica a la altura de talentos como Miles Davis, Chick Corea y Charlie Parker. Al explayarse, resuena una palabra poderosa: temperamento. “No solo tocaba con técnica y corazón, sino que su música llegó a universalizarse, con un gran esfuerzo propio. Fue un ser diferente en varios terrenos porque tuvo mucho temperamento para enfrentar a gente de la época que pensaba que el tango no se podía transformar. En cambio, tuvo eso que no es tan común: despertó en su interior la fuerza para llevar su música a lugares de gran prestigio a nivel mundial”. Como bandoneonista, Gasso vibra especialmente con la música de Piazzolla: “Para mí es siempre un aprendizaje, ya sea desde la transcripción o desde la escucha. Hay momentos en los que me siento a estudiarlo como músico y hay momentos en que lo escucho simplemente para compartir una cena o haciendo ejercicios. Desde que agarré el bandoneón, siempre ha sido una gran compañía”.

Solitario y peleador

El pianista y compositor Alberto Magnone se apasionó con Piazzolla en su adolescencia y accedió a una versión muy íntima a través de Horacio Ferrer, con quien mantuvo una estrecha amistad y vínculo artístico. De larga trayectoria en la música popular uruguaya, Magnone se enfoca en un aspecto de la personalidad del argentino: su condición de solitario. “Una situación contraria a la de otros grandes creadores contemporáneos que se vieron arropados por un movimiento de artistas, músicos y poetas afines que de alguna forma colaboraron también en su obra”. Menciona como ejemplo la evolución del jazz a partir de 1945, “que si bien fue liderada por Charlie Parker, Dizzie Gillespie y otros grandes, estuvo también propulsada por una gran cohorte de colaboradores que impulsaron las nuevas ideas en el jazz”.

Como otros casos de movimientos colectivos, menciona la música cubana y el nacimiento y auge de la bossa nova y sus derivados, “donde con los grandes creadores como Tom Jobim convivieron poetas como Vinicius de Moraes, intérpretes como João Gilberto y luego también Chico Buarque, Caetano Veloso y otros”. Magnone recalca que en la carrera de Piazzolla no hubo nada de esto. “Contó apenas con la ayuda de un reducido grupo de músicos y del gran poeta Horacio Ferrer, al cual en realidad le debe gran parte de su popularidad, a través sobre todo de dos grandes hits del nuevo tango como Balada para un loco y Chiquilín de bachín”.

Para Magnone, no es menor que ambas obras, “en todo o en parte”, sean valses y no tangos. “Chiquilín de Bachín, en su totalidad, y Balada para un loco, su primera parte, si bien luego el tema adquiere un carácter más tanguero y parecido armónicamente al del puente de Adiós Nonino, que junto con Libertango son sus dos mayores éxitos instrumentales”. Destaca también que, por el contrario a otros grandes, “Piazzolla se vio asediado durante toda su carrera por una frontal oposición formada por los aficionados al tango de épocas anteriores y solamente consiguió imponerse entre un público intelectual y refinado, que obviamente era bastante inferior en número, si bien no en influencia”.

Quiso estudiar y halló banderas muy cerradas / Acostumbradas a mentir y aconsejar / Quiso mudar y hacer un nido en la enramada / Todos los bichos del insulto a soportar / Pero tú tienes la vida dura / Hasta morir te espanta el tema de tu vejez / Había un sitio en tu dulzura para el canyengue / Todos los nichos del insulto convalecer.

Por último, Magnone desarrolla su concepto del marketing piazzolliano, otra dimensión de la inteligencia del músico: “Siempre fue un solitario y tuvo que inventar una suerte de marketing muy astuto que consistía fundamentalmente en la provocación, dirigida a ese público que se le oponía mediante exabruptos que prefería en las entrevistas que solía conceder. Un ejemplo famoso en nuestro país fue que antes de una de sus primeras actuaciones en Uruguay declaró que La cumparsita era el peor de los tangos. En mi opinión, tenía la sola pretensión de escandalizar, dado que luego grabó nada menos que cinco versiones de ese tango, una de las cuales está orquestada solamente para cuerdas y consiste en un sinfín de variaciones sobre el tema, cosa que desmiente de forma contundente su anterior declaración”.

El pianista describe otro ejemplo de la mojada de oreja piazzolliana: sus continuas afirmaciones de que lo que él hacía era mejor que el tango y que en realidad era la música contemporánea de Buenos Aires. “Todas estas afirmaciones no le conseguían adeptos, pero a partir de ellas lograba estar permanentemente en el candelero. Sin duda fue un peleador, como lo definió Fernando Cabrera en La balada de Astor Piazzolla”.

Piazzolla en las venas

Precisamente, Cabrera rememoró para Búsqueda su primer recuerdo piazolliano: “Cuando tenía 14 años iba a menudo a la casa de un muchacho del barrio tres años mayor, que era pianista, muy estudioso y con inquietudes de arreglador. Lo escuchaba tocar, me mostraba sus arreglos de folclore, de rock, de pop, de tango. Se llamaba Juan Navarro e influyó muchísimo en mí. Un día me dijo: ‘¿Nunca escuchaste a Piazzolla, Fernando?’. ‘No’, le dije yo, que tenía la idea, heredada de mi padre, de Piazzolla como una mala palabra, un asesino del tango. Me miró con sorna y me dijo: ‘Llevátelo a tu casa y después me contás’. El disco se llamaba Pulsación, una música que Piazzolla había escrito para un documental de Páez Vilaró. La cara B del long play traía cinco o seis temas instrumentales de María de Buenos Aires, con aquel noneto agrandado con percusión, saxofón y flauta. Debo haber estado 10 días seguidos sin parar de escucharlo, una y otra vez. Me volvió loco. Me provocó en mi cerebro y en mi alma un shock similar al que unos años antes había sentido con Los Beatles y la bossa nova”.

El cantautor, que logró plasmar el alma musical de Piazzolla en temas como La garra del corazón, prosigue su relato: “Empecé a buscar discos de Piazzolla en todas las disquerías de Montevideo. Los iba consiguiendo de a poco, no era común encontrarlos. Uno del quinteto del 61, otro de un octeto del 63, el famoso quinteto del Philarmonic Hall del año 65, el clásico álbum del octeto de 1956, cuando volvió de Francia. Así iba armando la colección. El disco en vivo en el Teatro Regina. Fui conociendo amigos que se iban fanatizando con Piazzolla, hasta que un día en 1973, estando en quinto de liceo, me entero de que venía Piazzolla con su quinteto a tocar al Teatro El galpón. Por supuesto compré la entrada y lo vi en vivo por primera vez. Una emoción tremenda. El quinteto estaba formado por Horacio Malvicino en guitarra, Antonio Agri en violín, el maravilloso Osvaldo Tarantino al piano y Kicho Díaz en contrabajo. En total lo vi en vivo cinco veces”.

Cabrera recita la formación de memoria y no hace falta que diga que su fanatismo por Piazzolla le duró muchos años. Pero igual lo dice. “Durante unos 20 o 25 años lo escuchaba poco menos que a diario. Cuando uno escucha tanto a alguien, lo analiza y lo conversa con amigos, es lógico y natural que uno se impregne de ese compositor. Esto no quiere decir que yo sea parecido a Piazzolla, pero sí que aprendí de él muchísimos trucos, muchas formas de la composición, del contrapunto, de los arreglos, de los timbres, del fraseo. Por supuesto que yo no le llego ni a los talones. Piazzolla está tan lejos… Sí creo haberlo estudiado con devoción”.

Un peleador las está pasando / En una clínica de París / Su bandoneón aligeró los tangos / De las rutinas de su país / Su Pantaleón acompañó a don Carlos / Por las vidrieras de Nueva York / Con sus botones repasó los timbres / De los panteones de la razón / Con otros tipos empujó los tajos / De los perfiles de la nación.

Cabrera entiende que la canción que le escribió a modo de homenaje, La balada de Astor Piazzolla, —cuyos versos acompañan esta nota— al rato de enterarse del accidente cerebral que el músico había sufrido en París, no es nada piazzolliana. “Parece una música como de Bob Dylan, propia del folk norteamericano. Me salió así y no sé cómo explicarlo. La letra es bastante biográfica, fruto de haber leído varios libros sobre él, especialmente el que escribió su hija Diana. Una tarde de 1990 estaba disfrutando de estar en mi casa, en Libertad y Trabajo, en una mesa inclinada que era de mi novia de entonces, cómodo con mis cosas, mis papeles, mi grabador. Estaba escuchando la radio y escucho la noticia del ACV. Quedé muy afectado y me puse a escribir. Después de un tiempo lo trajeron a Argentina y murió dos años después, tras pasar postrado, en una triste condición. La letra me salió de un tirón. La balada de Astor Piazzolla fue como un saludo, un cariño, mandarle un abrazo virtual, a ver si de algún modo podía yo contribuir a su mejoría. Que le llegara una especie de aliento desde acá abajo”.

En esta oreja le gritaba Sábato / No termines de proferir / La soledad te la regala el diablo / Cuando se acuerda de sonreír / Su corazón me hace acordar los cambios / De la armonía de Tom Jobim / Un peleador se la está jugando / En una clínica de París.

Vida Cultural
2021-03-11T00:15:00