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    El rastreador oculto

    Guillermo Pellegrino y Jorge Basilago, autores de A la orilla del silencio. Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos

    Sus poemas y canciones surgieron de la tierra y del río, de la patria a caballo, de los gauchos matreros y del hombre montaraz. El Yi fue su primera inspiración y uno de los paisajes recurrentes en sus canciones, como lo plasmó en Gurí pescador, una evocación de su infancia y uno de sus temas clásicos. Sus padres le pusieron Osiris, como el dios egipcio, y recurrieron también a la mitología para nombrar a sus hermanos: Horus, Isis, Nazar. Hombre taciturno, Osiris Rodríguez Castillos fue un delicado luthier, dibujante y artesano de la madera y del cuero. Anduvo por el Uruguay profundo en su caballo Tupamaro, nombre que le puso en honor a los gauchos rebeldes de 1811. Fue contrabandista, trabajó en una fábrica de boquillas de primus, dio clases de guitarra y llegó a ser jefe de Prensa y Propaganda del Sodre. Pero no era un hombre de trabajos formales, como no había sido un joven de estudios formales, y dedicó su vida tanto a la creación manual, como a la composición musical y poética, y hoy es uno de los mayores representantes del cancionero uruguayo. Ávido lector, se sentía atado al pago y había hecho suyas las palabras de Juan José Morosoli: “El pago es la ausencia”. Nació en Montevideo en 1925, vivió en Sarandí del Yi y en Carmelo. Durante la dictadura permaneció en el país en un “exilio interior” y de a poco fue olvidado. Cuando volvió la democracia, se marchó a España, buscando escenarios que aquí no encontraba. Se casó dos veces, tuvo dos hijos y sufrió la dolorosa pérdida de su compañera española Consuelo. En sus últimos años vivió casi en la indigencia, con una pensión graciable, hasta que murió en el Hospital Pasteur el 10 de octubre de 1996.

    A la orilla del silencio es una exhaustiva biografía que une por primera vez un material que estaba desperdigado. Con este libro de bellísima y cuidada edición, Guillermo Pellegrino (Montevideo, 1968) y Jorge Basilago (Buenos Aires, 1974) inician el sello editorial Cuatroesquinas. Ambos habían trabajado juntos en La canción de Mario. Benedetti musicalizado, en 2012, y en otros trabajos de cantantes latinoamericanos. El libro, que implicó cuatro años de investigación y escritura, se presenta hoy jueves 9 a las 19.15 en Altopinar (parada 13 de El Pinar) y el lunes 13 a las 18.30 en el Auditorio del Sodre. Sobre Osiris y su libro, los autores mantuvieron la siguiente entrevista con Búsqueda.

    —¿Era necesaria esta investigación sobre Osiris?

    Pellegrino: —Fue un gran compositor que había quedado en la sombra, a pesar de que hay una especie de culto a Osiris y mucha gente que lo reverencia. Yo había escrito una nota para El País Cultural cuando murió y me quedé con ganas de saber más. Pero empezar una investigación de este tipo requiere de mucho tiempo y sin los Fondos Concursables del MEC y del Fonam no hubiera podido hacerla.

    Basilago: —El material sobre Osiris estaba disperso, no había nada abarcativo que lo pusiera en contexto. Guillermo era el que más conocía y gustaba de su obra, y yo me fui enamorando de su poesía a medida que avanzaba en el trabajo.

    —En la introducción citan una frase de Julio Cortázar a propósito de Allan Poe: “Toda biografía es un sistema de conjeturas”. ¿Cuánto de conjetura tuvo esta biografía de Osiris?

    B.: —Muchas veces hay que establecer quién cuenta qué y hasta dónde, porque la memoria tiende a falsear. “Recordar siempre es mentir”, decía Pío Baroja. Cuando uno está reconstruyendo hechos de tantos años, sobre todo de la juventud, el desafío más grande es contraponer los testimonios, sin convertirlo en algo demasiado polémico para el lector. Fue difícil respaldar la información con documentos. Por ejemplo, no hay archivos del Hospital Pasteur donde estuvo internado Osiris cuando murió, porque después de 10 años los destruyen, así que no se sabe exactamente cuál era su diagnóstico. Por eso pedimos que si aparecen nuevos testimonios o documentos, nos los hagan llegar porque nos encantaría afinar más el libro.

    P.: —En el ámbito cercano a Osiris, era un secreto a voces que había estado unos meses detenido por contrabando. Siempre se habló sobre su etapa de contrabandista en el norte del país. Incluso él mismo lo escribió en sus canciones, Camino de los quileros, Canción del contrabandista. Pero eso estaba sin confirmar. La que me ayudó fue su ex cuñada, Dinorah, una mujer de 90 años. Pero tuve que insistir en varios encuentros porque era un tema que ella evadía. Fui a la cárcel de Colonia en busca de documentos, pero se habían quemado. Por fin, un ex policía de Colonia, admirador de Osiris, me contó que lo había visto detenido y cómo fue esa etapa.

    —¿Cómo hicieron para escribir de a dos una investigación de largo aliento?

    B.: —A diferencia del libro que escribimos sobre Benedetti, en el que compartimos la investigación y la escritura, en este dividimos las tareas: Guillermo llevó el peso de la investigación y de las entrevistas. Me gusta decir que él empezó a tirar de un ovillo que no existía. Con el crudo que generó, yo empecé a escribir. Después pulimos los dos el original, que fue y vino varias veces, hay fragmentos que tienen doce versiones.

    —Osiris decía que era una “vergüenza nacional” que Uruguay no contara con un cancionero de importancia a mediados del siglo XX. ¿Piensan que sus composiciones fueron un mojón importante para llenar ese vacío?

    P.: —Claro que lo fueron. En buena medida se ve la importancia de un artista por cómo lo valoran otros. A Osiris lo consideran un maestro por sus composiciones musicales y poéticas. Él implantó una línea de rigurosidad muy importante, y lo hizo con un cuerpo de no más de treinta canciones.

    —Para desarrollar su carrera no lo ayudó su carácter huraño...

    B.: —Nunca se preocupó de mirar a largo plazo y no era muy dado a seguir inquietudes que no fueran las propias. A diferencia de Atahualpa Yupanqui, que tuvo una mujer muy avispada y astuta para manejar el tema artístico y creativo de su esposo, las mujeres que tuvo Osiris compartían su concepción: el artista no podía ser un “ganapán del arte”. Ellas siempre lo apoyaron y lo protegieron, pero cuando Osiris regresó a Uruguay desde España sin su compañera Consuelo, no encontró a los que lo habían contenido en otros tiempos y se vio desprotegido. Ahí se empezó a acentuar su condición hosca y su padecimiento por el olvido y la falta de reconocimiento.

    P.: —En esa época estaba arraigada la idea de que si eras un artista no tenías que cobrar. También hay que recordar que durante casi toda la dictadura estuvo encerrado en su casa y que luego se fue a España. Pasaron entonces casi 20 años en los que no se supo de él. Mucha gente no lo reconocía, ni siquiera por su aspecto, de pelo largo y barba. Fue difícil asociar a ese hombre con aquel Osiris.

    Ustedes plantean que la dictadura no lo persiguió, sino que optó por dejarlo aislado.

    P.: —Llegamos a la conclusión de que la dictadura no supo qué hacer con él. Le tenían respeto por su obra y además no era un cantante político. Pero sabían que hacía pensar a la gente y que tenía opiniones fuertes. Él se quedó en Uruguay y algunos dijeron que estaba a favor de la dictadura. Eso es un disparate, lo fueron a allanar dos o tres veces, e incluso está esa famosa anécdota de cuando un militar le dijo en un allanamiento: “Me va a tener que acompañar”. Y Osiris que estaba con la guitarra le contestó: “Cómo no, ¿en qué tono?”. Tenía esas salidas de paisano, con ironía y un humor muy lúcido.

    —Escondió por unas noches a un militante comunista en su casa, eso no lo hacía cualquiera.

    B.: —Sí, y ante la advertencia del militante por los riesgos que corría, Osiris dijo aquella frase que estuvo entre nuestras opciones para el título del libro: “De la piel para dentro, mando yo”.

    —Cuando regresó a Uruguay, su relación con otros músicos fue tensa. Incluso con Aníbal Sampayo a quien acusó de plagiarle Camino de los quileros.

    P.: —Con Sampayo tenían una relación estrecha y ese episodio fue duro. Pero todo hay que verlo en su contexto. Osiris estaba mal y sabemos que tenía un principio de Alzheimer. A eso hay que sumarle una muy precaria situación económica a una edad avanzada. La verdad es que si no le daban una pensión graciable hubiera terminado en la indigencia, en la calle. Había vivido en San José de Carrasco en una casa sin agua ni luz, y en sus últimos días en una pensión. Fue muy valorable del entonces presidente Luis Alberto Lacalle que le otorgaran sin reparos la pensión graciable, a pesar de que Osiris se había ido a otras tiendas.

    —Cuando regresó de España militó para el 26 de Marzo, pero parece haber sido también un orejano en la política.

    P.: —Sí, tuvo su momento de simpatía cuando surgió el Frente Amplio, pero siempre siguió diciendo que era un blanco saravista. Tal vez un conocedor de historia entienda más el vínculo entre su origen blanco y el 26 de Marzo. Pero algo que hay que marcar es que siempre prescindió de los partidos políticos, nunca tuvo ningún representante ni se apoyó en amigos de partidos influyentes.

    Cielo de los tupamaros es una de sus canciones más famosas y le trajo algunos problemas. ¿Creen que el MLN se apropió de esa canción?

    P: —Se apoderaron más bien del nombre que estaba olvidado. “Tupamaros” se les decía en 1811 a los gauchos independentistas del poder español, que se identificaban con la rebeldía de Túpac Amaru. Osiris volvió a poner en el tapete ese término y el MLN lo retomó. En alguna edición de un disco, le puso la fecha 1811 para que no hubiera confusión.

    B.: —La confusión llegó, entre otros, a los realizadores alemanes del documental Tupamaros, sobre los militantes del MLN de los años 60-70. Ellos fueron a buscar a Osiris y lo filmaron. Lástima que esas imágenes se perdieron en una inundación. Accedimos sí a la grabación de la entrevista y es claro que los realizadores buscaban un testimonio que asociara la canción con el MLN, pero Osiris les aclaró que se trataba de otros rebeldes. De todas maneras, no le hicieron mucho caso y usaron la canción en el documental, aunque el testimonio de Osiris no aparece.

    —¿Vieron alguna filmación en la que él aparezca?

    B.: —Hizo televisión en los años 60, pero no quedó registro de sus programas.

    P.: —La gente volvió a recordarlo cuando estuvo en un programa de Decalegrón. Lamentablemente tampoco conseguimos esas grabaciones. Poco antes de que muriera, llamé a Eduardo D’Angelo, que tenía un archivo brutal de los programas, pero no tenía el que aparecía Osiris.

    —¿Se conservan los objetos que hizo con sus propias manos?

    P.: —Esos objetos están en colecciones privadas en diferentes casas. Se los regalaba a los más íntimos. Vendía muy poco, incluso las guitarras que fabricaba, las vendía su hijo Federico.

    B.: —Era autodidacta y había un germen de potencial artista en cualquier disciplina que se propusiera. Hizo inventos rarísimos, pero a veces perdía el norte. Se podía pasar dos o tres días haciéndole una dentadura postiza a un perro y abandonaba la escritura.

    —¿Se consiguen sus discos y libros?

    P.: —El forastero, editado por Ayuí, es el más fácil de conseguir, pero también hay dos o tres discos más en CD. Sus libros son más difíciles de encontrar, por lo menos en ediciones legales. Los libreros dicen que los argentinos piden constantemente Grillo nochero, pero no hay ediciones actuales.

    —¿Qué les dejó este libro?

    B.: —Además de una gran satisfacción, me dejó mucho dolor. Es una historia que pedía ser contada, pero es dura y por momentos oscura. De allí el título del libro, era un tipo que siempre estuvo en los márgenes de la oscuridad y del silencio.

    P.: —Era un tipo al que tenías que buscar, por eso nos gustó la tapa en la que aparece de perfil y no se ve bien. Hasta el humo del cigarro queda en la orilla. A mí me dejó la satisfacción de poder aportar para que esta historia no se perdiera, porque creo que se iba a perder en gran parte.

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