En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Si alguien cree que es Elvis Presley, no puede andar cantando en boliches de mala muerte, en cumpleaños de viejos o en salones decadentes donde le pagan tarde, mal y nunca. Tiene que estar casado con Priscilla, tener una hija llamada Lisa Marie y vivir en Graceland, ciudad de Memphis, estado de Tennessee. Pero el tipo se llama Carlos Gutiérrez, vive en Avellaneda, trabaja en una fábrica metalúrgica, está a punto de cumplir 42 años y es un imitador brillante de Elvis. Pero no en su mejor momento: casi calvo, gordo, sudoroso, no apela al aplauso entusiasta de la gente, sino a exhibir una figura patética que solo puede llegar a ser estremecedora cuando entona alguna canción como “Melodía desencadenada” y lo hace igualito que su ídolo.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Porque Gutiérrez no es un simple admirador/imitador. Realmente se cree Elvis, está pasando un momento angustiante (la cercanía de los 42, edad en la que murió Presley), no tiene dinero para pasarle a su ex mujer Alejandra (Griselda Siciliani), a quien llama Priscilla, y está bastante distanciado de su única hija (Margarita López) cuyo nombre, como no podía ser de otra manera, es Lisa Marie. ¿Qué busca Carlos/Elvis? Ni él mismo lo sabe, porque parece estar al borde de la esquizofrenia —con una madre anciana internada en un geriátrico, con su ex mujer en estado de coma tras un accidente y con una hija que pasa a vivir con él y le complica la vida—, además de representar ese doble papel de obrero/cantante que no es satisfactorio en absoluto. Hasta se alimenta como Elvis (emparedados de manteca de maní), lo único que ve en TV son recitales del ídolo y la música de sus auriculares ya se adivina cuál es. Un obseso, en apariencia inofensivo, aunque nunca se sabe.
A toda esta gente que no se acepta como es y se inventa otra identidad, le llega siempre su punto de inflexión, el momento decisivo de quemar las naves y ocupar el lugar que cree tener en la vida: Graceland, allá voy. A esa altura, lo bueno que puede decirse de El último Elvis es que se apega a su personaje, le saca el máximo jugo y no se distrae en asuntos laterales.
Su director se llama Armando Bo, es nieto del inefable inventor de Isabelita Sarli, pero no heredero de su precario estilo. Colibretista, junto a Nicolás Giacobone, de “Biutiful” de Alejandro González Iñárritu, ya sabe de almas agobiadas, personajes desarraigados y profunda insatisfacción espiritual. En su debut como realizador, Bo utiliza una cámara escrutadora, intimista, atenta a los detalles más pequeños, persiguiendo tan obsesivamente a su actor principal como éste a la imagen de Presley.
Y el actor no es cualquiera. Se llama John McInerny, es un arquitecto de La Plata que dirige una banda llamada Elvis Vive y su voz es una perfecta réplica de la del rey del rock. Así que esta debe de ser la película de su vida, su interpretación más sentida y auténtica, aunque sea la primera y tal vez la última de su carrera. Si se puede decir que todo un filme descansa sobre los hombros de su actor protagónico, este es uno de esos casos, porque McInerny es no solo convincente sino por momentos conmovedor. Aunque se lo mire como a un desquiciado y como a alguien que ha perdido todo contacto con la vida real, se entiende su drama, se comparte su angustia, se lo mira con verdadera compasión. Es cierto que el final parece demasiado teatral y además se ve venir, pero ¿qué otra cosa se podía esperar? Luego de semejante historia, el epílogo debe corresponderse con ella, y Bo no tiene problema en forzar un poco la credibilidad para darle el broche necesario: está todo bien, es coherente y fiel a un estilo riguroso, contenido, muy cinematográfico y evidentemente talentoso.
“El último Elvis”. Argentina, 2011. Dirigida por Armando Bo. Escrita por Nicolás Giacobone y Armando Bo. Con John McInerny, Griselda Siciliani, Margarita López. Duración: 90 minutos.