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Este no es un documental clásico donde en forma más o menos ordenada se revisa la vida y obra de alguien. Si usted termina de ver la película y quiere saber finalmente cuántas mujeres se casaron con Marlon Brando, o cuántos hijos tuvo con ellas, o cuándo y de qué murió y otros detalles que el formato clásico incluiría, no los va a encontrar aquí. Tendrá que ir a Internet y completar la información.
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Porque lo que nos trae Conversando con Marlon (Listen to Me, Marlon, Gran Bretaña, 2015) del realizador británico Stevan Riley, quien además escribió el guion y la editó, es una sensible y desoladora introspección del propio Brando, construida a partir de 300 horas de grabación en cintas de audio inéditas que el actor grababa con reflexiones, sesiones de relajamiento y autohipnosis con regresiones al pasado. También había diálogos en esas grabaciones, pero Riley elimina del audio a quien está ocasionalmente hablando con Brando, de manera que cuando este dice algo, parece dirigirse al espectador y no a su verdadera contraparte en la grabación. El material de audio que la administración de los bienes de Brando confió a Riley, además de inédito, es invalorable porque es la voz del propio actor, que en soledad exorciza sus demonios y que por momentos produce la rara impresión de que está preparando su propio documental para después de su muerte. A esos audios, Riley agregó archivos de imagen en fotos, videos y fragmentos de cine, para conformar así un audiovisual con la mezcla exacta y precisa de ingredientes que van pautando la interioridad del artista. El resultado final es notable y emocionante.
Especial destaque merece la recreación y el uso de imágenes de la casa de Brando en Mulholland Drive, Los Ángeles. Poco después de su muerte en 2004, la casa fue comprada por su amigo y vecino lindero, Jack Nicholson, que la demolió porque lo que quería era ampliar su terreno. Pero entre el material de archivo, Riley encontró no solo los planos arquitectónicos de la mansión, sino también filmaciones exteriores e interiores y un inventario fotográfico de todos los objetos que la alhajaban y fueron enviados a la casa de remates Christie’s después de la muerte del actor. Ese material fue inapreciable para que la directora de arte (la arquitecta y diseñadora Rebecca Milton) pudiera reconstruir y amueblar la sala principal, ese ambiente por donde la cámara se pasea una y otra vez en una suerte de recorrido fantasmal, mientras la voz desde las cintas nos cuenta algo o nos dice “esa es mi madre”, cuando la cámara se detiene frente a un retrato enmarcado sobre una mesa.
Lo que veremos en los 90 minutos de película es una vida trágica. Un niño hijo de padres alcohólicos, con un padre viajante, casi ausente, que además abusaba de su madre. Abandonado doblemente, primero por su madre, que vivía borracha, y luego por la criada, que cuando él tenía siete años dejó la casa para casarse y hacer su vida. Un muchacho que desde su natal Omaha, Nebraska, llegó a Nueva York “con agujeros en los calcetines y en la mente” para estudiar teatro y allí encontró a Stella Adler, su segunda madre, que lo acogió en su casa, le enseñó las claves de la actuación, le hizo expulsar su rabia interior y transformarla en arte. Cuando Brando temía y dudaba de su talento, Adler supo decirle: “No te preocupes, mi niño; lo que yo he visto en ti, el mundo lo verá”.
Y vaya si el mundo lo vio. Empieza a verlo con el terremoto que produce en Broadway cuando encarna en teatro a Stanley Kowalski en la obra de Tennessee Williams Un tranvía llamado deseo. Según se ha escrito, esa interpretación nunca fue superada hasta el día de hoy. De la obra se filma una película en 1951, que dirige Elia Kazan, y donde Vivien Leigh en el papel de Stella acompaña a Brando.
Otra explosión, pero esta vez allende Broadway y por el mundo entero. Brando volverá a pegar en 1954 con Nido de ratas, también de Kazan, por la que ganará un Oscar y luego seguirá con picos y caídas donde relumbrarán El Padrino (1972, otro Oscar, esta vez rechazado), El último tango en París (1972) y Apocalypse now (1979), por citar solo algunos mojones.
Pero en medio de ese relumbrón de la fama está el hombre conflictuado con sus miedos, sus ternuras, su desvalimiento. El brillo de su talento con el drama de su vida: su inestabilidad afectiva, el desapego de tantos hijos desperdigados, el crimen de su hijo Christian, la muerte de su yerno, el suicidio de su hija Cheyenne. Ese hombre que es capaz de confesar en una de sus cintas: “Cuando de chico no te quieren como eres, te creas papeles o personalidades alternativas con las que puedes conquistar algo más del cariño y la atención de tus padres”. Esa confidencia explica que más tarde diga que para él “actuar es sobrevivir”, y que debido a ese primigenio mecanismo de defensa no le resultara difícil interpretar diversos papeles. Eso también lo lleva a “no creérsela” y a afirmar, refiriéndose a sí mismo en medio del star system hollywoodense, que “en el país de los ciegos el tuerto es rey.”
Algunos flashes inolvidables: la breve entrevista televisiva que le hacen en presencia del duro de su padre, con miradas donde el cariño intenta sobrepasar el reproche; la intensidad de las escenas de Un tranvía…; el cachetazo sorpresivo y realista que le propina a Trevor Howard en una escena de Motín a bordo; la sensualidad del Último tango…; las escenas de Vito Corleone en El Padrino; la intensidad de la semisombra de su rostro en Apocalypse Now. O ya en la dura realidad, la palmada en el hombro a su hijo Christian, que acaba de ser condenado por homicidio a diez años de prisión en la sala de un tribunal.
La película comienza y termina mostrando en el monitor de una computadora una imagen digitalizada de la cabeza de Brando, que nos habla con los ojos cerrados. Esa imagen a veces se estira y borronea en los contornos, llegando a deformarse, para luego retomar su forma original, como diciéndonos que hay más de una persona en Brando. Mientras la imagen abre y cierra el filme, la voz de Brando recita líneas de Macbeth, instalando al comienzo y comentando al final ese clima de fatalidad y esa atmósfera de miedo y de duda permanentes que atraviesan de cabo a rabo la tragedia de Shakespeare. Y la vida de Marlon.