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Algo intuía Frank Herbert cuando en 1965 publicó la novela de ciencia ficción Dune. Le habían encargado un artículo sobre los médanos de Oregon. El tipo trabajaba de periodista y también era fotógrafo. Estudioso compulsivo, Herbert se encerró y leyó todo lo que tenía a mano sobre las arenas, el calor del desierto, las plantitas que crecen, los insectos que sobreviven, etc. Nunca se publicó el artículo, pero el material sirvió de germen para la novela, que fue recibida con calurosos elogios y unos años después se convirtió en un superventas, como dicen los españoles. Y de 700 páginas.
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Tal fue la repercusión que Herbert escribió una secuela, y después otra y otra y otra, hasta llegar a cinco voluminosos libros que tampoco llegaron a saciar las ganas de conocer más de sus fanáticos lectores. Después, los herederos de Herbert continuaron con más libros dándole al asunto de Dune, hacia adelante, hacia atrás, para los costados. Entiendo que los lectores fascinados con esos mundos quieran más y más. Pero no entiendo cómo no enloquecen los escritores que solo teclean para ampliar y ampliar y detallar y detallar esas fantásticas cosmovisiones. O tal vez el esfuerzo abarcativo y minucioso sea precisamente el que termina con sus vidas.
Estamos ante una auténtica telenovela interestelar: en 10191 el imperio de los humanos gobierna más allá de la Tierra y varias casas o clanes o familias se encargan de la explotación de las riquezas de los cuerpos celestes, en particular de la extracción de una sustancia denominada “especia” que sirve para todo y que se encuentra en abundancia en el planeta Arrakis, donde habitan los indígenas fremen, que son buena gente, con sus usos y costumbres ancestrales. Viven apaciblemente, en armonía con sus creencias y sin ningún conflicto, hasta que llegan los empresarios saqueadores de todo. ¿Les suena? Para resumir, los blancos buenos de la Casa Atreides quieren administrar con un capitalismo moderado las riquezas de Arrakis y respetar a sus nativos, mientras que los blancos malos de la Casa Harkonen se defecan en los nativos y les quieren sacar hasta el último gramo de especia.
En nuestros tiempos de sagas de furibundo éxito como Game of Thrones y series interminables como La guerra de las galaxias y mundos armónicos que son destruidos por las manotas blancas como en Avatar, así como oscarizadas adaptaciones de la literatura de fantasía como El señor de los anillos, tiempos en donde lo que rinde será estirado al máximo posible, esta historia sobre ecología y amor y poder y colonialismo interplanetario y un elegido que salvará a la humanidad, vuelve a prender la llama en la pantalla.
Entre los fanáticos de esta cosmogonía entre los Atreides y los Harkonnen disputándose un planeta arenoso estaba David Lynch, quien se atrevió a filmar una versión de Duna de 1984 con elenco multiestelar (Kyle MacLachlan, Max von Sydow, Sting, Virginia Madsen, Silvana Mangano, etc.) y espantoso resultado comercial y de crítica. La vastedad interplanetaria no era para Lynch, cuya cuerda vibra mejor en los rincones más oscuros y apartados de nuestra pequeña Tierra. El infierno de Lynch se desata dentro de una caja de zapatos, y vaya si lo sabe hacer bien.
El canadiense Denis Villeneuve, también enfermo de la saga y con unos estupendos antecedentes cinematográficos que incluyen una obra maestra de la ciencia ficción como La llegada, le hincó el diente y nos presenta su visión del asunto en dos entregas, cuya primera Duna de dos horas y media se estrena hoy en varias salas.
Tremenda fotografía y efectos sonoros, hay que decirlo. Una música de Hans Zimmer con toques industriales (todo suena como si se corriesen grandes vigas o rechinasen gigantescas naves herrumbradas) y una adecuada ambientación, además de las arenas de la verdadera Jordania para dar vida a ese planeta donde pululan la especia y unos enormes gusanos que conviven armoniosamente con los nativos pero no con los conquistadores.
Los helicópteros, o mejor dicho ornitópteros, son espectaculares. Las alas se baten como si fuesen las de una libélula o un aguacil. Y las imágenes de los enormes gusanos cuando avanzan debajo de la arena son impactantes. Nada que objetar. Bien invertidos los 165 millones de dólares. La película transcurre con ritmo, sin caídas. Villeneuve no puede hacer una porquería.
La historia, en cambio, resulta indefectiblemente más débil y pueril. Es así en su origen. Los diálogos sobre fuerzas ocultas, sueños premonitorios, familias en pugna, tronos en juego y honorables principios guerreros son más difíciles de digerir. A mi edad, y por las horas de contaminación de las películas autorales de Mubi, me rechinan cosas como “Un gran hombre no lidera, está destinado a hacerlo”. Estoy algo cansadito de tantos y tantos elegidos que el destino nos ha asignado para salvar a la humanidad, salvarnos de las máquinas, salvarnos del mal y las injusticias, salvarnos de la destrucción del planeta, etc., y todo dicho a lo Shakespeare, con tono solemnoide. Pero entiendo el planteo, no voy a pedirle al héroe que se atasque en una encrucijada angustiante y existencial.
Entonces, acudamos a los personajes y al elenco, que no rinde de igual forma porque no se creen lo que tienen que decir del mismo modo. Claro, todos los actores declaran en las notas de producción —porque deben hacerlo— que leyeron la novela o conocen parte de la saga, etc. Están los que sacan sus personajes de taquito, como Oscar Isaac, que seguro no está ni ahí con Herbert y su cosmogonía. Los que se lo toman con humor, como Javier Bardem. Los que emplean su experiencia policial y no ríen, como Josh Brolin, y les queda bien. Las actrices que apelan a su habitual capacidad, como Rebecca Ferguson, o las que actúan detrás de un velo, como la veterana Charlotte Rampling.
Y está el malo de Stellan Skarsgard, el barón de Harkonnen, que es capaz de actuar luego de siete horas de maquillaje y detrás de capas y capas de látex, goma laca, moco arábigo o lo que sea. Para identificar a los malos siempre ayuda que sean pelados, pálidos de un blanco tiza y vistan largas túnicas negras. De Skarsgard por momentos solo queda su voz. Dice Villeneuve que una inspiración fue la secuencia final de Marlon Brando como Kurtz en Apocalypse Now.
Y está el héroe Paul Atreides, interpretado por Timothée Chalamet, que sueña con su nativa Pocahontas, es el elegido y sabe combatir, aunque cueste creerle por su físico enclenque. Imagino el trabajo que le debe haber dado a su entrenador de lucha: ¿Dónde está Chalamet? ¡Estamos atrasados y hay que filmar la escena de lucha! ¿Indispuesto? ¿Otra vez con su celular? ¿Fumando porros? ¡Que venga ya mismo!
Ciencia ficción con medievalidad, esa es la mejor definición para Duna. Herbert previó que la especia sería como el petróleo: indispensable. Y previó que la disputa por la sustancia, sea cual sea, sería a lo largo de los planetas, algo más que probable. Lo que no pudo adivinar fue la irrupción de las computadoras, y menos aún de los teléfonos digitales. En la película, con naves gigantes y refinerías monstruosas, nada hay parecido a una pantalla. Y ahí cobran sentido las frases “Mi señor” o “Eres una bruja”, que se dicen cara a cara y no a través de WhatsApp o de nuestras insufribles redes sociales.