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    El tiempo está antes

    El segundo volumen de la colección Discos, lanzada por el sello Estuario en 2017, lleva la misma firma que este. En ese trabajo, aún disponible en librerías, Ignacio Martínez cuenta la historia de Otra Navidad en las trincheras, el primer disco bisagra en la carrera de El Cuarteto de Nos (el segundo es Raro, su trampolín for export). Allí, como en su primer libro —La Trampa. Sin miedo en la oscuridad, sobre la banda de rock uruguaya— y como en este que se acaba de publicar (el número 18 de la serie), Martínez hace lo que sabe hacer. Lo que viene haciendo en las páginas culturales de la diaria desde hace una década: describir y analizar las músicas, desmenuzar e interpretar las letras, entrevistar a los protagonistas y contar la historia.

    Su versión de la historia. Una versión eminentemente periodística. En su tercer libro, dedicado al octavo disco de Fernando Cabrera, Martínez se nutre de unas cuantas entrevistas con el cantautor, de cuyos testimonios usa apenas lo esencial, sin utilizar el formato pregunta-respuesta, sin abusar de la cita literal y valiéndose de las notas al pie para canalizar datos y referencias complementarias. También entrevistó a algunos de quienes participaron en la cocina del disco, como el baterista Gustavo Etchenique, el bajista Andrés Recagno, el técnico de sonido Oscar Pessano, el cineasta Pablo Dotta, muy allegado a Cabrera, y el director del sello Ayuí-Tacuabé, que lo editó. El libro tiene la información que debe tener. Datos fundamentales como que fue grabado en 1992 en El Estudio, que fue publicado en el invierno de 1993 y la larga lista de músicos que participaron (es el álbum con más colaboradores en toda su obra).

    Martínez narra la refinada tarea compositiva de Cabrera para destilar su erudición académica en la una frondosa trama de arreglos orquestales, escritos en partitura para cada uno de los instrumentistas convocados. Su banda suena como una orquesta de cámara, con bajos, guitarras, pianos y baterías dialogando con instrumentos asociados a la música clásica y al jazz como clarinete, oboe y chelo. Pero no fue el fin de Martínez entregar un minucioso y exhaustivo registro técnico y musicológico de Fines.


    El fuerte de estas 170 páginas es la mirada de su autor. Su interpretación de la obra en su conjunto y de cada una de sus 15 canciones; sus aportes conceptuales, la contextualización de sus versos y las elocuentes descripciones de sus paisajes musicales. Cuando la ocasión lo amerita, Martínez entra en aspectos técnicos del sonido, en la tímbrica de las guitarras, en detalles de la grabación, la mezcla y el máster. Pero tampoco abusa. Deja contentos a los frikis de los fierros y retoma la profundidad conceptual y la búsqueda de lo que trasciende.

    El difícil arte de encontrar las palabras precisas, las imágenes adecuadas, las metáforas pertinentes para describir algo tan inefable como es el sonido, y además hacerlo con vuelo poético, es una de sus principales virtudes como crítico musical. Por eso la lectura de este libro se vuelve una experiencia estimulante y efervescente. Porque su análisis deviene un rico aporte en lo reflexivo al asumir el desafío de responder algunas de las preguntas que Cabrera deja flotando en el aire. Por ejemplo, los párrafos que dedica a las “canciones tristes” son de lo mejor del libro. “Si las hice es porque lo necesitaba. Suena egoísta pero también compongo para la sanación o catarsis”, dice Cabrera, y Martínez desgrana una muy lúcida argumentación sobre cómo una canción tildada de “bajón” puede hacer llorar pero desde la emoción y cómo en esa “tristeza cabreriana” aflora la belleza.

    Hay que detenerse en las 29 páginas que se lleva La casa de al lado. Casi un libro aparte. La canción, según ha declarado Martínez en la presentación del libro y en varios reportajes, es la razón fundamental de que este sea su disco preferido de Cabrera y la razón fundamental por la que decidió dedicarle un libro. Ese capítulo es una suerte de ensayo filosófico-musical sobre el cruce del espacio y el tiempo que produce Cabrera en esta letra tan misteriosa como fascinante. Martínez se sumerge en el enigma atemporal que producen esos versos que comienzan con No hay tiempo, no hay hora, no hay reloj y se deja llevar. “¿De qué habla?”, es la gran pregunta que lo guía en su exploración, en sus disquisiciones, en su caminar por ese laberinto de imágenes poéticas que, de acuerdo a sus palabras, conforma una obra que no responde a una época o a una tendencia musical determinada. Por su influencia barroca (Cabrera se inspiró fuerte en Bach para armar la estructura melódico-armónica) y su instrumentación clásica, podría haber sido grabada el año pasado o dentro de una década, aventura. Y llega a la conclusión de que, así como su disco anterior se llama El tiempo está después, Cabrera logra hechizar a quien escucha detenidamente y convencerlo de que en esta canción “el tiempo está antes”. Y que en ese díptico se concentra el aleph de su obra.

    Pero además hay que señalar que Fines va mucho más allá de Fines y funciona como una buena síntesis de la vida y la obra de Cabrera. Porque en sus respuestas Fernando se va al pasado, a los 80, y al futuro (cuando grabó el disco), a los 2000. Vuelve a su infancia, a Paso Molino, vuelve a tomarse el ómnibus a Bolivia, donde vivió un año, regresa al liceo Maturana, a los Scouts, a la casa de Coriún Aharonián y Graciela Paraskevaidis, en el Parque Posadas. Y así aparecen los posibles Cabreras. Cabrera y el candombe, Cabrera y la murga, Cabrera y su desinterés en cantarle al fútbol (no tiene una sola canción futbolera). El Cabrera tuerca. Su gusto juvenil por los autos y los camiones. Cabrera y los viajes en camión con su padre por todo el país. Su amor por la historia y la geografía uruguayas y su desinterés por los viajes al exterior. La historia de sus guitarras y sus amplificadores. Cabrera y sus problemas para titular las canciones (esbozó 250 opciones para uno de sus discos) y su gusto por los títulos ambiguos y las canciones austeras como Tobogán. Cabrera y el desamor, al que le canta en forma definitiva en Tuve. Cabrera y el rol de intérprete. La tarde en la que escuchó la noticia del ACV de Piazzolla y escribió de un tirón La balada de Ástor Piazzolla. Cabrera y el tango. Cabrera y Los Beatles. Cabrera y su gusto literario, como un narrador, por dar la voz en sus canciones a personajes ajenos a él. Cabrera y ser empleado (taxista). Cabrera y ser patrón (de sus músicos). Cabrera y cantar desde la óptica de una mujer. Cabrera y el machismo. Su gusto por la prosopopeya (La ropa mira para acá). Cabrera y Chico Buarque. Cabrera y Onetti (en Pueblo, donde Martínez asegura que es posible encontrar a Larsen, el protagonista de El astillero). Cabrera y las letras explícitamente políticas e ideológicas, que no abundan en su obra, pero las hay, como Estás acabado, Joe, Una hermana muy hermosa, Menores y Tangente. Cabrera, la corrección política y la policía de las redes sociales. Cabrera, los mitos (Imposibles) y la religión, muy presente en su formación. Cabrera y el Darno. Cabrera y Zitarrosa. Cabrera y la marihuana. Demasiadas razones para leer Fines y volver a escuchar Fines.

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