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    Ellas en blanco y negro

    Retrato de inmigrante, de Silvia Soler y Pablo La Rosa

    Habitualmente, la palabra “inmigrante” se asocia con largos viajes en barco hacia un destino incierto o con masas humanas que cruzan puentes y zonas desérticas para llegar a una frontera que abra paso a una mejor vida. Sin embargo, la migración tiene otras caras.

    Algunas de ellas aparecen en Retrato de inmigrante, de la escritora Silvia Soler y el fotógrafo Pablo La Rosa, quienes abordan la última oleada inmigratoria a través de las historias de mujeres que llegaron a Uruguay por razones que no siempre están definidas. “Estamos acostumbrados a que siempre es un motivo económico, pero cuando vienen de Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia a nosotros nos cuesta entender por qué eligieron Uruguay. Esto le da complejidad al tema general de la migración y de alguna manera plantea una ruptura al concepto de emigrante”, explica Soler a Búsqueda.

    Los autores habían publicado Mientras tanto te escribo, un libro que reúne la correspondencia amorosa de cinco presos políticos uruguayos con sus parejas. Ese fue su primer acercamiento al trabajo con textos y fotografías.

    Hace unos tres años comenzaron a pensar juntos en el tema de la inmigración y presentaron a los Fondos Concursables un proyecto de libro artesanal y artístico, que finalmente ganaron. Por un lado, el proyecto incluye fotografías en blanco y negro que recrean la estética antigua. Son retratos que expresamente evitan lo espontáneo: en ellos, las mujeres adoptaron un gesto o una pose frente a la cámara, con una escenografía de fondo. A modo de postal, las fotos tienen en el lado opuesto un mensaje escrito a mano por las protagonistas, que simula los que se enviaban cuando no existía el correo electrónico ni los mensajes de chat.

    Por otro lado, está el libro artesanal, con sus costuras al aire, sin tapa y envuelto en un sobre. Necesariamente, ese sobre hay que romperlo, como se hacía cuando se recibía una carta. Todo evoca un ritual que se ha perdido con la velocidad de la tecnología. Este formato rústico, con diseño de Alejandro di Candia y Valentina Ibarlucea, reúne diez retratos escritos y fotográficos, pero en librerías también se encuentra una versión en formato convencional publicada por Banda Oriental y ampliada con dos historias más.

    “Nunca nos planteamos hacer una muestra de la inmigración a Uruguay y cuidamos no repetir nacionalidades. Como el país es pequeño, a muchas de estas mujeres las encontramos por entrevistas de la prensa, por referencias de amigos o porque nos pusimos a buscarlas, como en el caso de la cubana (Beatriz), a la que llegamos por alguien vinculado a la comunidad de cubanos en Santa Rosa. A la italiana (Carmela) yo la veía mucho en la feria y me llamaba la atención que a su edad siguiera estando allí”, explica Soler.

    Con experiencia en medios de prensa, los autores se abocaron a un trabajo cargado de subjetividad y que escapa a los parámetros habituales del periodismo. Por ejemplo, antes de ser publicado el libro, les mostraron a las entrevistadas los textos y las fotos, algo que nunca haría un periodista, salvo en caso excepcional. Soler lo justifica por la naturaleza de este trabajo. “A veces en algunas frases que se transcriben de las entrevistas la persona no se reconoce. Es difícil que coincida la imagen que cada uno tiene de sí mismo y la que capta el otro. Hubo generosidad en estas mujeres en aceptar algo que intuí y que no me dijeron. Para mí, lo importante fue jugar con la subjetividad: este es el retrato tal como lo vi yo, es fragmentario y es parcial”.

    Con una narración delicada y medida, Soler muestra a las mujeres en su entorno, selecciona alguna de sus expresiones y no evita la primera persona para hacer alguna reflexión. “Me parece bien tener cuidado con la primera persona para que la historia no termine siendo referencial, pero en este caso surgió para hacer comentarios al margen, como una reflexión sobre lo mismo que me estaba diciendo la entrevistada: sus dudas, lo que se negaba a decir y yo no quería volver a preguntar. De alguna forma me gusta romper las reglas, por ejemplo, no decir la edad del personaje porque se puede ubicar por contexto, a veces tampoco su nombre completo. El hecho de estar trabajando en un proyecto más artístico permite esa libertad”.

    En tiempos de selfies y de continua exposición en las redes sociales, La Rosa se permitió otras libertades. La primera: tomarse tiempo para hacer un retrato. “Quería recrear la vieja fotografía de estudio, en la que el fotógrafo hasta tenía ropa para darles a las personas y así representar lo que querían ser o lo que eran. Por eso quise que las mujeres fueran conscientes de la trascendencia de la foto y traté de que se prepararan con tiempo para eso”, explica.

    Un requisito fue que salieran serias, como lo hacía la gente en los retratos pintados y en las fotografías antiguas. En uno de los casos, tuvo que convencer a una de las fotografiadas para que no se riera. “Es que posar para la posteridad no es gracioso. Antiguamente, las fotografías se trabajaban con velocidades muy lentas y no se podía sostener la expresión de la risa. Entonces había un motivo técnico mezclado con algo de solemnidad. Curiosamente, cuando le pedí a Beatriz que no se riera, sus hijos tampoco lo hicieron”.

    Algunas de ellas están encantadas con Uruguay, como la brasilera Celme, cuyos hijos, ahora en el exterior, siguen buscando el “parquerodó” montevideano. Otras viven con enojo situaciones que no comprenden, como Natalia, que viene de la helada Rusia y no soporta las casas mal calefaccionadas, ni entiende por qué tiene que saludar con un beso a personas que apenas conoce. Sara, venezolana, se enamoró del tango, pero le cuesta comprender la cultura de la marihuana y la falta de “cortejo” de los hombres hacia las mujeres. La africana Cynthia se queja de lo caro que es el país y se pregunta: “¿Cómo vive la gente en Uruguay?”.

    Hay una cantante galesa dueña de un hostal en la Ciudad Vieja (Karen), una sueca (Siv) artesana del fieltro, una china (Lemei) que estudia español en Montevideo, una norteamericana (Susan) que vive en Cuchilla de Laureles donde arrea animales y los cura de la “bichera”, una argentina (Patricia) integrante del movimiento Tierra Regenerativa Uruguay y una francesa (Leo Arti) que pinta murales en la soledad de 25 de Agosto.

    Ellas, por algún motivo, eligieron Uruguay. A veces extrañan, se enojan o dudan, pero todas ellas se quedan.

    Vida Cultural
    2019-03-21T00:00:00

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