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    Ellos miran al cielo

    Los Cascos Blancos: documental corto ganador de un Oscar

    Khalid Farah era constructor y ahora trabaja entre los escombros de los edificios. Abu Omar era herrero y ahora vive esquivando hierros retorcidos. Mohammed Farah era sastre, luego dejó la aguja, el hilo y las telas para tomar las armas contra el gobierno sirio de Bashar al Asad, pero solo duró tres meses con los rebeldes. “Es mejor hacer trabajo humanitario que estar matando. Es mejor salvar una vida que quitarla”, dice frente a la cámara. Estos tres hombres son “ex algo” porque todos en Siria perdieron su anterior vida. Ellos integran Cascos Blancos, una organización de rescatistas.

    Siria lleva cinco años de guerra y se calcula que murieron 400.000 civiles. Cascos Blancos se creó en 2013, tiene cerca de 3.000 integrantes que trabajan en 120 centros distribuidos por todo el país. Desde su fundación han muerto 130 rescatistas, pero la organización salvó 58.000 vidas. Estos datos los brinda el documental Los Cascos Blancos (2016), dirigido por el británico Orlando von Einsiedel, quien ha hecho otros trabajos sobre la situación social en países asiáticos o africanos. Los Cascos Blancos, que dura 40 minutos y fue producido por Netflix, acaba de recibir un Oscar como mejor documental corto.

    La cámara de Einsiedel se mueve al ritmo de los rescatistas. Ellos miran al cielo y ven acercarse un avión. Enseguida dicen: “son los rusos” y corren hacia sus camionetas porque saben lo que sucederá. La cámara enfoca hacia el avión y se ve cómo caen unos paquetitos que en realidad son poderosos barriles bomba. El lente los sigue en su caída silenciosa, hasta que se produce la explosión y todo es humo, caos y polvo que permanece largo rato como una niebla espesa. Debajo de esa capa gris, los rescatistas llegan para buscar sobrevivientes o cadáveres.

    Un día cayeron dos barriles bomba en una aldea pequeña de 10 casas. Ahora ya no existen ni las casas ni la aldea. Ese día los rescatistas lo recuerdan muy bien porque trabajaron 16 horas seguidas. Pero también lo recuerdan porque cuando ya estaban por irse del lugar, sintieron el llanto débil de un bebé y siguieron sacando escombros para rescatarlo. El bebé tenía una semana de vida y su rescate fue milagroso, por eso lo llaman “el bebé del milagro”. La cámara muestra el rescate y los gritos de alegría de los rescatistas. Uno de ellos cuenta lo que sintió ese día: “Me imaginé que era mi hijo y no pude contenerme. Me puse a llorar. Todos mis colegas empezaron a llorar”.

    Alepo ya no es una ciudad, es la cáscara de lo que en otro tiempo fue una ciudad. Los edificios que quedaron en pie son estructuras agujereadas al borde del derrumbe y todo tiene color gris. Es la zona más golpeada de esta guerra. “Por tierra nos ataca el Estado Islámico. Por aire, los aviones rusos”, dice uno de los rescatistas. Es que en Alepo actúan contra el gobierno el Estado Islámico y el frente Al Nusra, afiliado a Al Qaeda. Por su parte, Rusia es un aliado del gobierno. En el medio está la población civil.

    Pero el documental nada explica sobre la situación política y los grupos enfrentados. Se apoya en los perfiles de los rescatistas y en algunas situaciones dolorosas o emotivas por las que atraviesan. En un momento la cámara los sigue hacia Turquía donde reciben cursos de entrenamiento, pero no hay una explicación de por qué Turquía los apoya.

    Los Cascos Blancos ha recibido varias críticas que apuntan no a su realización, sino a lo político. Basta con mirar la página de Netflix que habilita comentarios para tener un panorama del nivel de radicalización del conflicto. Los detractores dicen que la organización Cascos Blancos está financiada por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, y que es una pantalla de grupos extremistas para desestabilizar al gobierno. Por lo tanto, ven este documental como una herramienta de propaganda de islamistas radicales que apoyan los poderosos. Esto también lo piensa el propio gobierno sirio que canceló el pasaporte de los representantes de Cascos Blancos para que no pudieran asistir a la ceremonia de los Premios Oscar a la que estaban invitados.

    Entender la situación que vive Siria es una tarea ardua y sería absurdo tratar de sacar conclusiones a partir de un documental. Lo que queda claro en sus imágenes es que hay un grupo de hombres que trabajan con un propósito: “Salvar una vida es salvar a toda la humanidad”. Si son un grupo de impostores que “posan” para la cámara, habría que premiarlos como excelentes actores. Pero no son actores y su trabajo no debería dejar indiferente a nadie, por eso es recomendable este documental.

    “La situación es triste. Siria es triste”, dice Omar como sencilla síntesis de lo que se vive en su país. Y si hay algo que no miente es su rostro sin sonrisa y sus ojos agotados de tanta tristeza.

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