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    Elsinore sigue oliendo mal

    Obras maestras: Hamlet, de William Shakespeare

    Esta semana es el tema excluyente en las páginas culturales del mundo entero. Los 400 años de las muertes de William Shakespeare y Miguel de Cervantes (ver nota en página 41) imponen que se hable de ellos e incluso son el motor de novedades como el supuesto hallazgo de la supuesta primera edición de obras teatrales del dramaturgo inglés, de 1623. En pocos días la web se ha llenado de notas que unen vida y obra del Bardo de Avon y el Manco de Lepanto, y la agenda rebosa de actividades(ver recuadro). No faltan los puntillosos que recuerdan que el 23 de abril es la fecha de su muerte según el calendario juliano, que entonces regía el tiempo en la Inglaterra escindida del Vaticano, pero que según el almanaque gregoriano actual el aniversario es el 3 de mayo.

    En sus casi 52 años de vida, Shakespeare construyó una obra monumental compuesta de 11 tragedias, 16 comedias y ocho obras históricas dedicadas a los reyes británicos. En el grupo de gigantes de la literatura, desde Homero a Chéjov, Shakespeare ostenta la consideración del escritor más importante de la historia, por el consenso que ha ganado su reputación y por la vigencia inoxidable de sus obras. Por más que pasen los años, las décadas, los siglos, Shakespeare habla de la madera noble que nos sostiene o nos derrumba. Por más que escribamos en tinta, a máquina o en ceros y unos, el tipo describe hasta el agotamiento el alma humana, con sus mil y una contradicciones. Y no hay con qué darle: cuanto más contradictoria, más humana.

    Hamlet, Macbeth, Romeo y Julieta, Otelo, Falstaff, La tempestad, Mucho ruido y pocas nueces, Sueño de una noche de verano, Ricardo III, Rey Lear, El mercader de Venecia, Pericles, Enrique IV. En este firmamento literario se hace necesario elegir una estrella, y esa es Hamlet, para muchos la obra cumbre del Bardo, representada mil y una veces en todo el planeta, e inspiradora de múltiples versiones teatrales y cinematográficas.

    The Tragedy of Hamlet, Prince of Denmark es una tragedia en cinco actos poblada por una veintena de personajes, escrita en verso y prosa entre 1599 y 1601 y publicada en torno a 1603. Existe controversia entre los investigadores sobre estos datos, así como sobre cuál de las versiones originales es la que conocemos. También hay múltiples teorías sobre las leyendas escandinavas, latinas y hasta islandesas en las que se inspiró Shakespeare. Poco importan estos detalles. Lo que importa es esa madera noble con la que está construida: un ser humano puesto al límite por las circunstancias cruza la frontera de la cordura a la locura, primero fingida y luego real.

    La historia es archiconocida. Luego de la muerte del Rey Hamlet de Dinamarca a manos de su hermano Claudio, quien ha usurpado su corona y tomado a su viuda Gertrudis como reina, el príncipe Hamlet tiene la visión del fantasma de su padre muerto, quien le pide que lo vengue. Primero promete matar al rey, pero luego duda y difiere la decisión haciéndose pasar por demente. Para hacer creíble su delirio, desprecia a su enamorada Ofelia. Este maltrato ha sido resignificado por la dramaturgia contemporánea como un prototipo misógino. De hecho, en 2015 la uruguaya Mariana Percovich puso voz propia a la desdichada en Mucho de Ofelia, contando la historia desde el punto de vista femenino.

    Hamlet hace representar una pieza teatral ante el rey en la que reproduce los detalles del asesinato de su padre y deja en evidencia al rey usurpador, un recurso narrativo transformado en ícono del llamado “teatro dentro del teatro”, y recreado una y mil veces en múltiples títulos a lo largo de estos cuatro siglos. La confusión gana terreno cuando Hamlet mata por error a Polonio, padre de su amada, creyéndolo Claudio, lo que desata su destierro y posterior regreso, el suicidio de Ofelia, la ira de su cuñado Laertes y un aquelarre de venganza que derrama ríos de sangre en el castillo de Elsinore hasta el desenlace trágico.

    Inventor del ser humano.

    En Shakespeare, la invención de lo humano, el crítico y teórico literario Harold Bloom (Nueva York, 1930) estampa una tesis que tiene bastante de eslogan, pero que contiene un elocuente poder de síntesis: que Shakespeare inventó al ser humano moderno, es decir, logró un fresco del individuo y la constelación de fuerzas, conflictos y contradicciones que rigen su camino. “En esencia inventó la personalidad humana como la seguimos conociendo y valorando”, dice Bloom en este voluminoso tomo de 860 páginas publicado en 1998 y editado en castellano por Anagrama cuatro años después. Bloom ubica a Shakespeare como la más poderosa influencia de la literatura occidental, y menciona a próceres del pensamiento moderno como Nietzsche y Freud, y a arquitectos de la literatura contemporánea como Ibsen, Strindberg, Dostoievski, Chéjov y Beckett como nítidos herederos de su legado.

    La crítica coincidió en que la mirada de Bloom entrega un Shakespeare más oscuro y menos marmóreo, un artista que además de ponderar valores universales de justicia y altruismo alerta al mundo acerca de las limitaciones humanas, los confines de la cordura y del amor, y especialmente de la presencia cotidiana de la violencia y la maldad, con su inexorable consecuencia: la muerte. “En la radical alienación de Hamlet, en la voluntad maligna de Yago, en la confrontación de Lear con el abismo, en la percepción de Macbeth de que la vida es una historia que significa nada, Bloom sugiere que están contenidas las semillas del nihilismo del siglo XIX, el existencialismo incubado en Dostoievski y el malestar espiritual de Baudelaire”, reza un extracto del libro destacado en una extensa reseña por El País de Madrid en ocasión de su edición original en inglés.

    El director teatral Jaime Yavitz dirigió la versión más recordada de Hamlet por la Comedia Nacional, en 1979. La última gran puesta fue dirigida por Gabriela Iribarren en 2009 en el galpón del Espacio Palermo, con Álvaro Armand Ugón en la piel del príncipe atormentado. Entre las lecturas contemporáneas se destaca Máquina Hamlet (1977), del alemán Heiner Müller. Y en la gran pantalla brillan el filme guionado, producido, dirigido y protagonizado por Laurence Olivier en 1948 y la versión integral (cuatro horas) dirigida por Kenneth Branagh en 1996.

    Volviendo a Bloom, el neoyorquino adjudica a Hamlet el honor de instalar en el imaginario universal el descreimiento en la especie humana: “Antes de que Hamlet nos enseñara a no tener fe en el lenguaje ni en nosotros mismos, ser humano era mucho más simple para nosotros pero también bastante menos interesante”. Y desliza un concepto inquietante y desestabilizador, que ahuyenta toda noción de seguridad y se instala en quien lo recibe como el mismo virus de la insanía gana el cuerpo del protagonista de esta historia: “Shakespeare, a través de Hamlet, nos ha hecho escépticos en nuestras relaciones con los demás, porque hemos aprendido a dudar sobre la claridad en el dominio de los afectos”.