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De sus varias participaciones en el cine (36 en total) hay una que es clave: la de Esperando la carroza (Alejandro Doria, 1985). Quienes han visto el filme seguramente lo vieron más de una vez y pueden recitar algunas líneas de diálogo de memoria. En especial las de Elvira. No las dice, las escupe. Elvira Romero de Musicardi, ese ser que avanza con grotesca arrogancia por su casa (y su casa es el mundo) es alma y sinécdoque de esta comedia negra y ácida que se convirtió en un filme de culto y que muestra cómo un almuerzo de domingo se transforma en un velorio y, a su vez, como un domingo cualquiera adopta la forma de un delirante y estrafalario festival de hipocresía, egoísmo, ignorancia y doble moral. Elvira, dispensador de improperios y groserías sin filtro, con ese pañuelo en la cabeza y esa mirada cargada de soberbia, fue el personaje que la consagró en el cine y multiplicó su popularidad.
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Encasillado dentro del grotesco criollo, Esperando la carroza es un largometraje emblemático y, también, bastante rudimentario. Lo que lo convirtió en un éxito, lo ha salvado del olvido y lo ha mantenido en lo alto es la fuerza del texto original (la pieza teatral de Jacobo Langsner, estrenada por la Comedia Nacional en 1962), sus arquetípicos personajes (algunos, caricatura pura) y el vigor y el calor que le inyectaron los actores, que se reunieron en un momento justo y vibrante. Desmesurada y gritona, falluta y malhablada, Elvira se cree finísima (no prepara tragos sino “drinks”) e ilustrada (“Gracias a Dios que me educaron en una casa católica apostólica románica”), tiene en su poder un apabullante catálogo de insultos (“¡Minusválida mental!” le grita a Matilde) y es la dueña de algunos de los mejores momentos de la película. “No te quedés ahí, muda como una momia griega”, le dice con crueldad a su cuñada, la aturdida y alterada Susana (Mónica Villa). Ser Elvira no es fácil, tiene una vecina que la copia en todo lo que cocina (“La charlatana de al lado: yo hago puchero, ella hace puchero. Yo hago ravioles, ella hace ravioles”) y su esposo, interpretado por el uruguayo Juan Manuel Tenuta, los domingos no se digna a mover un dedo para ayudarla en la casa, mientras ella prepara los ravioles y el tuco para recibir a Nora (Betiana Blum) y Antonio (Luis Brandoni), sus cuñados, los nuevos ricos de la familia. “Pero, digo yo, ¿qué somos? ¿Negros, para ser tan salvajes? ¿O judíos, como para no tener ni siquiera creencias religiosas?”, se pregunta, indignada ante la situación de la “pobre Mama Cora” (Antonio Gasalla), la abuela supuestamente abandonada por Susana. “Tanta lágrima inútil, tanto dolor malgastado, ¡pero por qué no se quedarán en sus países, esos comunistas muertos de hambre!”, se queja, cuando se entera de que, bueno, quienes vieron la película ya saben. Quienes no, búsquenla. Elvira lo vale.