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Cuando el arte deja de ser lineal, narrativo, figurativo y se mueve hacia terrenos más áridos, abstractos, exigentes desde el plano interpretativo, se arma revuelo. Sucedió, sucede y sucederá siempre. En la pintura este asunto tiene al menos 150 años, cuando los impresionistas franceses patearon el tablero. La historia es archiconocida: de quedar afuera del salón pasaron a ser el non plus ultra. Ocurrió lo mismo, polémica más, polémica menos, en todas las vanguardias: expresionismo, cubismo, dadaísmo, surrealismo y muchos otros ismos. Y en todas las disciplinas: poesía, danza, música, cine, fotografía, diseño, arquitectura… y teatro.
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Existe un acuerdo no escrito pero que se revalida de forma constante entre creadores y público. Las expresiones artísticas populares deben ser medianamente comprensibles por la mayor parte de la audiencia. Sin embargo, existen múltiples convenciones que han sido doblegadas, superadas por los creadores. Licencias narrativas y representativas. Hasta algún momento las narraciones eran lineales, hasta que alguien contó una historia desde el final hacia el principio. Y alguien más fue y vino varias veces en el tiempo. El teatro debía respetar la unidad aristotélica: las historias debían transcurrir en el tiempo real que duraba la representación. Hasta que alguien inventó la elipsis. Cada ambiente debía tener su decorado correspondiente. Hasta que alguien pensó que un retablo o un fondo oscuro podía ser un marco genérico para representar cualquier espacio. Los textos tenían largas “didascalias” que explicaban al espectador toneladas de información complementaria hasta que alguien pensó que un intérprete alumbrado con la luz de una vela era suficiente para contar una historia.
Con El público, obra de Federico García Lorca estrenada por la Comedia Nacional en el Solís (en cartel de miércoles a domingo, hasta el domingo 20), se vuelven a agitar las aguas. Las mismas aguas que se agitaron cuando se estrenó, hace casi un siglo. Que no se entiende nada, se dice ahora y se dijo siempre. Que no es para el Solís. Que no es para la Comedia Nacional. Sin embargo, la puesta en escena en cartel en el principal escenario montevideano logra cautivar a una buena parte de los varios miles de espectadores que la ven cada semana desde que se estrenó, a mediados de marzo.
Por algo la obra integra la llamada “trilogía imposible” de Lorca, junto con Comedia sin título y Así que pasen cinco años. Y para llevar al escenario esta pieza impregnada de surrealismo y profundamente experimental, la Comedia convocó a la española Marta Pazos, una directora con vasta experiencia en teatro y ópera que además es escenógrafa y lleva una carrera en paralelo como artista visual. De hecho es licenciada en Bellas Artes, especializada en pintura, y sus montajes se destacan por la potencia del color. Como fundadora de las compañías Belmondo y Voadora, esta artista nacida hace 48 años en Galicia, donde sigue viviendo, es una de las protagonistas de la escena española.
Por un lado es cierto que en El público, cuya versión para esta puesta fue realizada por Gabriel Calderón,no hay historia lineal sino que lo que hay es un cúmulo de escenas que se suceden en forma aparentemente caótica. Sin embargo los personajes que atraviesan y acompañan la representación de algún modo se vinculan con el espectador. Además, como en un libro de cuentos, cada una de las escenas construye un cuadro unitario que con rapidez adquiere lógica interna. Y, lo fundamental, la puesta es lo suficientemente poderosa como para acaparar la atención del espectador. La Comedia no escatimó en recursos. Da la sensación de que la directora, que también diseñó la escenografía, tuvo a mano todo lo que pidió. Así, el despliegue visual es arrollador, de una fastuosidad propia de un ballet o una ópera.
Grandes telones que abarcan todo el escenario, una paleta cromática furiosa, plena de tonos ultrafuertes, calaveras gigantes, caballos humanos, un decorado con una vulva gigante por la que entran y salen los intérpretes de cada escena y una excepcional producción de vestuario (del español Agustín Petronio), para la cual se combinaron creaciones nuevas con prendas patrimoniales que integran el enorme acervo de vestimenta histórica que la Comedia tiene en la sala de almacenamiento situada en lo alto del teatro. Los trajes y las mallas que usan los 16 intérpretes de El público aportan mucho al surrealismo de la puesta. Talles gigantes, mallas enterizas llenas de apliques brillantes, esqueletos estampados sobre sacos y pantalones, vestidos que son sostenidos por pájaros que rodean al personaje, bufones que recuerdan a las criaturas mutantes de Stars Wars y un actor desnudo pintado de rojo en escena. Es igual de brillante la propuesta sonora del compositor español Hugo Torres, desbordante de creatividad y rica en efectos que distorsionan y cambian las reglas de juego en el plano de la expresión vocal.
Como en Macondo el año pasado, El público no es un trabajo que contenga grandes protagónicos sino que está destinado para un elenco numeroso. En el reparto se destacan Roxana Blanco, Gustavo Saffores, Fernando Vannet, Jimena Pérez (con luz, la mejor cantante de la Comedia Nacional) y la recientemente incorporada al elenco Sofía Lara, una actriz de fuerte personalidad con gran potencial para protagónicos.
“El Público es como tirarse por un tobogán y, en lugar de aterrizar pisando arena, hacerlo en todos esos mundos que hay debajo. Allí te puedes encontrar una ruina romana, un muro de arena, una universidad o el sepulcro de Julieta. Es un viaje de ida. Un abrazo al misterio. Un perderse para encontrarse”, sostiene Pazos en el programa de mano. Y agrega un concepto clave: “Esta obra es una road trip al interior de la cabeza de Lorca”. Es allí donde todo cobra sentido, donde se puede decodificar una lógica conceptual. El debate entre el teatro popular, el del verso enraizado en el Siglo de Oro, el que lo había consagrado en los años previos, y una nueva expresión escénica más arriesgada, vanguardista, que permitiera la posibilidad de deslizar discursos y posturas controversiales para su época, como sus opciones políticas y la homosexualidad, opciones que finalmente determinarían su asesinato. Para Pazos, El público “contiene la búsqueda implícita de revolucionar el teatro del futuro y obliga a tomar posición sobre lo que decimos ser y lo que somos, ejerciendo un poderoso paralelismo entre el arte y la vida”.