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Un cartelito pegado en una columna pedía no hablar con los artistas, pero nadie parecía haberlo leído porque el lugar se llenó de interrupciones, preguntas, abrazos y fotos. Ocurrió el viernes 25 en la sala Carlos Sáez del MTOP, cuando 15 dibujantes se reunieron para empezar y terminar en tres horas una obra de tema libre y con la técnica que prefirieran. Los dibujantes fueron elegidos por ser los más reconocidos del país. Así se lo explicó a Búsqueda María Yuguero, directora de la sala, además de curadora y creadora de este encuentro. “Decidí invitar a los mejores, y no hay ninguno menor de 40. Por eso el título de la muestra es Dibujantes: especie en peligro de extinción”. Las obras quedarán expuestas hasta marzo de 2017 y se pueden visitar en Rincón 561, de lunes a viernes entre las 9 y las 17 horas.
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Para la curadora, el dibujo viene siendo postergado y de allí su apuesta a este tipo de muestras. “Se ha sacrificado mucho los mal llamados lenguajes tradicionales —sea dibujos, pintura, escultura o grabado— en aras de las nuevas propuestas que tienen mucho valor en varios casos, pero en otros mucho de espectáculo”.
Al salvataje de esta “especie” acudieron Álvaro Amengual, Claudia Anselmi, Claudia Ganzo, Javier Gil, Pilar González, Horacio Guerriero (Hogue), Fermín Hontou (Ombú), Marcelo Legrand, Alinda Núñez, Inés Olmedo, Rogelio Osorio, Álvaro Pemper, Luis Prada (Tunda), Renzo Vayra y Martín Vergés. Entre ellos, estaba el nombre de otro gran dibujante al que se le rendía homenaje: Carlos Nine.
Fallecido el 16 de junio a los 72 años, Nine (Buenos Aires, 1944-2016) fue dibujante de cómics, guionista y realizador de cine de animación, además de pintor, escultor y escritor. Especialmente recordadas son sus ilustraciones para las revistas Fierro y Humor. En 2003, Nine fue invitado por Yuguero a exponer en la sala Sáenz en una muestra única e individual. “Cuando le escribí para invitarlo no pensé que me iba a responder enseguida. Pero quedó encantado. No solo expuso sino que hizo una visita guiada. Fue todo un privilegio. Esta muestra la vengo madurando desde hace tiempo y por una razón u otra no la pude concretar. Este año falleció Nine, y qué mejor homenaje que llamar a los mejores dibujantes. Por otro lado, quería darme un gusto: ver trabajar a los artistas”.
El paisaje creativo fue variado. Algunos de los dibujantes lograron aislarse del bullicio de la sala, como Marcelo Legrand, que trabajó concentrado con su cuerpo casi pegado a la pared. En algunos momentos usó una regla T para marcar puntos o líneas. Su obra es abstracta, una especie de tallado en papel con trazos finos en blanco y negro.
A su lado, Claudia Ganzo también optó por el negro, aunque mantenía abierta una valija con varios colores. “A partir de sombras voy construyendo elementos figurativos”, explicó. En su dibujo hay rostros superpuestos a medio terminar, y aún le faltaban otras tres obras que pensaba aportar a la muestra. Unos pasos más alejada, Claudia Anselmi estaba inclinada sobre una mesa y trabajaba sobre un dibujo que fue adoptando volumen, color, grandes dimensiones.
Por el retrato optaron algunos artistas. Inés Olmedo y Martín Vergés tenían varios de ellos en blanco y negro colgados de la pared. Algunos surgieron de modelos que posaron para ser retratados en vivo.
Javier Gil era el más movedizo de los dibujantes y casi una obra en sí mismo. Con pantalones de tiradores rojos a cuadritos negros iba y venía por el salón. Cada tanto, un perro salchicha se cruzaba en su camino. Él también optó por el retrato y eligió un solo modelo: su padre, de 87 años. Con él viajó desde Carmelo, donde ambos residen. “ ‘¿No querés ir a una aventura? Te voy a llevar a una performance’, le dije. ‘Vos solo tenés que quedarte sentado. Si sale todo bien vamos a tener un retrato, si sale mal, nos tomamos un vino’ ”.
El rostro del “doctor Gil”, como presenta el dibujante a su padre, fue apareciendo enorme y natural con sus grandes lentes cuadrados. Al dibujante no le molesta trabajar en vivo. “Estuve en varios países y he hecho estas cosas. Soy muy payaso, muy actor, tengo actores en la familia e inventamos cualquier cosa”, dice antes de moverse de nuevo.
Ombú elaboró una de sus famosas caricaturas con globitos. Los personajes son mujeres en blanco y negro, pero de grandes labios rojos. “¿Qué podés hacer por mí en cinco minutos?”, dice una de ellas en medio del humo de su cigarro. “A mí dejame con Basquiat”, le contesta la otra.
Otro caricaturista, Renzo Vayra, dibujó a un marciano en patineta, mientras que Hogue eligió la figura del cantante Leonard Cohen, recientemente fallecido. Lo dibujó con dos rostros, uno con sus ojos tapados, el otro está cantando, igual que el cuervo que lo acompaña, el lado oscuro del artista.
El patio de los diversos le llamó Tunda a su tríptico en el que se mezclan lo femenino y lo masculino. Lo hizo muy rápido, de hecho fue uno de los primeros en terminar de dibujar. “No estoy muy conforme con lo que hice, pero me gusta que quede en la muestra. Hay gente más meticulosa. A mí me desespera y quiero terminarlo rápido, tengo que aprender a estar más tranquilo”.
Antes de ir hacia la sala, Tunda había escrito algunos apuntes muy generales, pero la idea se le ocurrió un poco antes de empezar. Fue la primera vez que dibujó en vivo junto a tantos colegas. “Así, con tantos dibujantes al lado y de esta categoría, nunca. Me saco el sombrero con todos, sé bien dónde estoy”.
Los cuerpos, más o menos desnudos o más o menos naturalistas, aparecieron en las obras de Rogelio Osorio, Alina Núñez, Álvaro Pemper y Pilar González.
Hacia el humor optó Álvaro Amengual, con un dibujo de su esposa. La curadora no escucha, escribió como leyenda para su colorido dibujo en el que fue apareciendo una mujer de perfil de pelo rojo encendido. De a poco, a la figura se le sumaron algunos ornamentos: un extraño equipo de audio con audífonos y un micrófono por encima de la cabeza, y por último un gran martillo. “Son dibujos que salen de lo cotidiano. Ella está muy sorda”, comenta Amengual y se ríe. “Me pidió que viniera a dibujar y me dispuse a hacerla pedazos”. Es que su esposa es la curadora de la muestra.
“Esta sala es una especie de reducto para los dibujantes. Por mi experiencia, cuando se expone la obra de los más grandes, la aceptación es muy buena. Esa es la paradoja con esta especie en extinción”, dice Yuguero, mientras mira la obra de su marido y también se ríe.