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    En los acentos está la magia

    Obras maestras: Thelonious Monk en el Five Spot Café

    Un boliche ordinario, sin particular onda ni buen gusto, decorado con unos afiches viejos a punto de despegarse, como el empapelado de Barton Fink. Si la capacidad estaba colmada, entraban algo menos de cien personas. Los mozos trabajaban al mango, de la barra a las mesas y de las mesas a la barra con platos humeantes y bebidas, sorteando los obstáculos humanos, desde las 22 a las cuatro de la madrugada. El público estaba compuesto, en parte, por fanáticos del jazz, artistas y bohemios. Y en parte por bichos de la noche, de esos que deambulan sin rumbo fijo hasta detenerse en la primera barra con luz que les vende un trago. Allí, en la zona baja de Manhattan, cerca de la calle Bowery, estaba el Five Spot Café. Allí, por calidez y comodidad, prefería tocar Thelonious Sphere Monk. Y allí, el 7 de agosto de 1958, grabó sus primeros dos discos en vivo: Thelonious in Action y Misterioso.

    Monk ya era un músico de relevante importancia en el nuevo panorama jazzístico, un pianista y compositor que con sus propias manos y desde los primeros tiempos del Minton’s de Harlem, a principios de los 40, se había ganado el título de padrino del be bop. Pero había perdido a una pieza fundamental de su cuarteto: el saxofonista John Coltrane. Cualquiera que pierde a Coltrane se corta las venas. También le pasó a Miles Davis. Pero la vida sigue y a Monk le llegó como posible sustituto el nombre de un tal Johnny Griffin, un tipo bajito, casi de la misma altura que su saxo tenor y con una mancha de bigotito.

    Si exceptuamos cinco bonus tracks (en total son 18 temas), la sesión que originó los dos discos fue grabada en una sola jornada. Es decir que esa larga noche, la continuidad del pianista, de Griffin, del contrabajista Ahmed Abdul-Malik y del baterista Roy Haynes (92 años, el único que todavía vive) está plasmada en la lucidez y el swing con el que tocaron, y también en las posibles contrariedades (me aguanto un poco más las ganas de ir al baño, cómo morfan los de la mesa de allá, qué linda mujer en la mesa de acá).

    La grabación es impecable, hace honor a la música, y las salpicaduras en vivo dan esa atmósfera de momento único: en Blue Monk hay una cacatúa que no para de hablar mientras Griffin sopla y sopla su solo; en Misterioso ya se vislumbran los efectos alegres del alcohol; en ’Round Midnight, a poco de comenzado el tema, alguien tropieza con una mesa y tira una botella de Coca-Cola, de aquellas regordetas con vidrio bien grueso, de las que caían y rebotaban. En definitiva, la sensación de que los músicos, la gente, la cocina, los afiches que se despegaban un milímetro más de la pared, estaban por fuera del mundo, por fuera de las guerras frías y calientes, por fuera de las variables económicas, encapsulados en el Five Spot Café, donde la gente no necesariamente atendía de forma concentrada lo que ocurría en el escenario, pero tampoco molestaba y aplaudía moderadamente. Como si los sonidos fuesen una parte más de las tantas que integran la noche. Tal vez esa misma sensación de relax era la que sentía Monk y por eso se encontraba tan a sus anchas en el Five Spot, como lo estuvieron Kenny Burrell, Eric Dolphy, Pepper­ Adams, Randy Weston y Jimmy Giuffre, quienes también grabaron allí discos en vivo.

    La música del pianista más percusivo de todos y con un profundo sentido del humor no se parece tanto a la portada de Thelonious in Action como a la de Misterioso, con esa pintura de Giorgio de Chirico en la que un maniquí sin brazos ni rostro contempla las líneas de fuga en un pizarrón. Música con algo de metafísica burlona y mucho de ensoñación. Esas notas atonales que parecen ligeramente desajustadas pero que están perfectamente elegidas; esa acentuación única, imposible de imitar sin caer en el ridículo.

    Entre los dos discos tenemos una exhibición de clásicos del pianista, además de los citados más arriba: Light Blue, Coming on the Hudson, Nutty, Blues Five Spot, In Walked Bud, Evidence, Epistrophy, Rhythm-A-Ning. Una biblioteca musical para que los músicos investiguen. Como dijo alguien: no puede existir un recital de jazz sin un tema de Monk.

    Era un tipo alto, que irradiaba una presencia magnética. Siempre estaba ensimismado en sus pensamientos, y cuando no le interesaba una conversación —la mayoría de las veces— se teletransportaba a otra parte. Basta verlo en la famosa foto que originó el documental A Great Day in Harlem para entender quién era Monk: saco claro, sombrero, lentes de sol, flor de personaje.

    Y además era orgulloso, no daba el brazo a torcer. Podía no tener un peso en el bolsillo, pero siempre andaba impecablemente vestido. Para la foto que sería la carátula de su disco Monk’s Music, que ya es famosa, le sugirieron que posara con un vaso de whisky, o desde un púlpito haciendo un gesto así o asá. Pero Monk dijo no. Ni siquiera parado. “Voy a hacerlo en el vagón de juguete de mi hijo, que es donde me siento para componer música”. Y así salió la foto y la portada: con toda su humanidad encajado en el vagón rojo de su hijo, pobrecito el niño, que más adelante creció y se convirtió en T. S. Monk Jr., un estupendo baterista de jazz.

    El mayor de los elogios viene de un monstruo como Coltrane: “Haber trabajado con Monk fue igual que haber estado con un arquitecto del máximo nivel. Aprendí todos los días, a través de los sentidos, teórica y técnicamente. Hablaba con él de problemas musicales y él se sentaba al piano y me daba las respuestas tocando”.

    Monk apenas concedía reportajes. Te podía atender en la cama, como Onetti. Se acostaba muchas veces con la luz del día. La noche era para tocar, componer, pensar en música, viajar con melodías, soñar con sonidos. Una vez lo fueron a entrevistar a su pequeño departamento neoyorquino (primero el piano, luego los muebles que entraran) y no se movió de la cama: apenas acomodó la almohada para ver mejor al periodista. Y lo rodeaban su esposa Nellie (que se encargaba de “lo práctico”: comprar la comida, limpiar la casa, hacer la cama, lavar la ropa, el trámite del pasaporte y la reserva de los pasajes, es decir, todo menos la música), sus hijos, sus sobrinos y por supuesto el periodista, que procuraba apuntar con su micrófono hacia Monk, a la caza de algún monosílabo, de un susurro un poco más armado o del silencio liso y llano.

    —¿Hacia dónde va el jazz?

    —Yo qué sé.

    Nellie y los niños le reprochan que el jazz va siempre hacia alguna parte, le ruegan que conteste al periodista, que diga algo, aunque sea un chiste.

    Nada.

    —Ud. grabó con Charlie Parker y Dizzy Gillespie­...

    —Fue una sesión más.

    —¿Cómo conoció a su esposa?

    —Por telepatía.

    Existe un documental producido por Malpaso, Thelonious Monk: Straight, No Chaser (1988), de Charlotte Zwerin, que ilustra con cantidad de imágenes y testimonios la genialidad y también la oscuridad y la locura de este monumental pianista, que revolucionó el jazz, recorrió las mejores salas y teatros de Estados Unidos y Europa, fue tapa de la revista Time y un día decidió dejar de presentarse en público, dejar de hacer música, callar para siempre y dedicarse a tomar helados.

    Por una vez, el jazz fue hacia los helados.